Jim White, locura sureña desde la distancia

“Prou pray proddey, pa pallassate pa pau pu pe, teli terattata taw, terrea te te-te-te-te, vole virte vum, elee lete lede luto, singe singe singe, imba, imba, imba”. Si Mike Pratt hubiera sido capaz de entonar misteriosas frases como esta, un ejemplo del fenómeno conocido como glosolalia, tal vez nunca habría salido de la iglesia fundamentalista, y hoy desconoceríamos su talento encarnado en su otro yo, Jim White. Hasta que el sello de David Byrne, Luaka Bop, lo descubrió y salió a la luz “Wrong-Eyed Jesus!” (1997) pasaron veinte años. A lo largo de esas dos largas décadas, White ejerció como camarero, taxista en Nueva York, predicador, boxeador, surfer, operario en una fábrica de muebles y hasta modelo en Milán.

Me gustaría que me contaras qué tipo de música escuchabas de niño y si había una tradición musical en tu familia… Mi padre fue como la oveja negra que dejó a su familia: él no escuchaba mucha música pero nos llevó hasta el sur, que tiene una tradición musical muy rica. De niño iba a casa de mis amigos y escuchaba country. Lo hacía como un extranjero, no como un niño que crece con esa música, sino que lo escuchaba con una cierta distancia, y eso era bueno, porque me dio una perspectiva diferente. Como crecí en una familia que no tenía que ver nada con el sur, no fui adoctrinado en la música sureña. Escuchaba la radio, y en mi ciudad había una emisora que emitía todo lo que era popular en los años sesenta y setenta, y mezclaba constantemente: los Temptations con “Ode To Billy Joe” de Bobbie Gentry, con los Beatles, con “La balada de los boinas verdes”. Así estabas expuesto a diferentes tipos de música. Hoy, con los formatos, sintonizas la emisora que te gusta y no escuchas más que ese tipo de música, y eso es un problema porque tu gusto se hace más y más cuadrado. Cuando era niño y me gustaba una canción, me pegaba el transistor al oído y me dormía esperando cantar esa canción en mis sueños. Me gustaba mucho “Ode To Billy Joe”: en el sur hay mucha tradición de canciones sobre la muerte, el crimen y el suicidio. Para mí, esa es la tradición más interesante de la música en América. Esa música está en mi corazón, es música sobre la locura sureña y el crimen… también la encuentras en el blues del Delta. No me gusta el blues de Chicago, pero sí el blues del sur, y el gospel blanco. Esa música me cautivó.


 
¿Y Hank Williams? Me gusta, sí, lo escuchaba en el tocadiscos de mis amigos o en la radio, pero no lo buscaba. La primera vez que empecé a indagar fue a los 20 años, cuando escuché a Tom Waits. Entonces me dije: “Esto es una clave importante para comprender quién soy, y le agradezco que ofrezca su música al mundo”. Entre una época y otra, escuchaba lo que sonaba en la radio y lo que oía en las iglesias. De hecho, no pensaba mucho en la música, para serte honesto.
¿Pero cuándo y cómo decidiste convertirte en cantante y compositor? Me rompí la pierna dos veces en un año, a los 18, y no pude andar durante mucho tiempo, así que un accidente me llevó a la música. Alguien me dejó una guitarra y como no tenía nada que hacer, y en esa época no me gustaba leer, lo único que hacía era estar sentado e intentar aprender a tocar la guitarra. Cuando los amigos venían e intentaban enseñarme una canción de James Taylor o Cat Stevens o cualquiera de los músicos populares del momento, no me imaginaba cómo podía hacerlo. Pero después de aprender la mitad de un par de canciones, decidí tocar mis propios temas. Hasta que una discográfica oyó esas canciones pasaron veinte años. Durante ese tiempo estuve componiendo como un hobby.
Veinte años son mucho tiempo, ¿no? Empiezas diciendo algo así como “lo haré durante tres años para demostrar que tengo talento”. Pero no sabía qué hacer con ese talento. Cuando llegó el momento de mostrar ese talento a otros músicos, estaba muy confundido sobre lo que hacía, porque no afinaba la guitarra, o no la afinaba en la forma estándar, porque aprendí a tocarla solo; era incapaz de tocar simples acordes estándares porque me inventé acordes muy complicados. Verme tocar la guitarra era como si tocara el jazz más abstracto y loco, pero, de hecho, tocaba acordes simples. Incluso si me ves ahora, parece que estoy haciendo algo mágico. Pero si estudias las notas, ves que son canciones muy simples.
Rick Miller, el líder del grupo Southern Culture On The Skids, habla de “mutaciones culturales”. ¿Crees que tu música es una de esas mutaciones culturales? No lo sé. Lo que hace él si lo es, porque toma el rockabilly sureño, le aplica sátira y lo mezcla. Pero yo no me centro en un sólo género, sino que tomo muchos estilos diferentes y digo: “Me gusta este, me gusta el otro”. Pero no es una mutación cultural: creo que es más bien como hacer una sopa loca, con una base country, con especias de música asiática, de psicodelia, blues del Delta… Y si ves los ingredientes, puedes decir “esta sopa no tendrá buen sabor”, y para algunos, no sabe bien. Me sorprende que pueda gustar a alguien.

Por ejemplo, utilizas instrumentos como el banjo y viejos sonidos, pero no eres un nostálgico, sino que tocas música contemporánea. ¿No es contradictorio? Nooo. Déjame decirte algo: si estuviera en una pelea, no dudaría en utilizar la guitarra y blandirla por encima de mi cabeza; no pensaría que es una guitarra, sino una herramienta. Cada nota es una herramienta. Con esas herramientas puedes construir una casa como en la que creciste, pero no quería construir una casa como en la que crecí, sino como la Alhambra, algo exótico. Y me dije: “Voy a coger este bonito material de construcción de la música sureña, y ese otro del griot africano, ese otro de fusión, ese otro de heavy metal… Y voy a construir una casa loca”. No veo limitaciones porque la tradición diga “esto tiene que ser así”. La tradición es para los tradicionalistas. Tuve una época con una banda bluegrass que tocaba canciones pop al estilo bluegrass, y a los tradicionalistas del bluegrass no les gustaba, porque pensaban que honraba la tradición, pero al mismo tiempo me cagaba en ella. Pero yo pienso que cualquier tradición que es demasiado honrada, acaba por morir; si la haces demasiado secreta, morirá.

¿De dónde sacas la inspiración para tus canciones? De muchas fuentes. No de libros, sino de cosas que la gente me cuenta o cosas que veo accidentalmente y que encuentro sorprendentes. Leo la prensa cada día, busco momentos en la condición humana que me parecen cómicos y, al mismo tiempo, profundos. Me gusta buscar contradicciones en el mundo real de las que poder aprender. Luego, cuando escribo una canción, tomo un puñado de esas ideas y me muevo por ellas, hago un mosaico con esas ideas; es un trabajo muy intensivo. Una canción de un álbum puede llevarme ocho horas al día durante tres meses, sólo para encontrar las últimas frases. Es una locura, sí, pero es la única forma en que hago las cosas. Así que cojo todas esas ideas que tengo para la letra y toco la guitarra, y no pienso en hacer una canción. Escucho extrañas relaciones entre las notas y empiezo a construir la canción, hasta que tengo una estructura y pienso: “¿Qué tipo de palabras encajarían con esas notas?”. Es como empezar una casa por el tejado e intentar mantenerla en el aire. Soy como un ingeniero a la inversa.
Creo que tu vida es un viaje constante, no sólo desde un punto de vista geográfico, sino también laboral. ¿Es tu música un reflejo de ese constante viaje, esa búsqueda de algo? Bueno, oí esa palabra hace unos quince años. Soy un buscador, busco algo, nunca supe lo que es. Supongo que puede ser amor, no el amor romántico hacia una mujer, sino hacia la vida. Si no lo encuentro en un sitio lo encontraré en otro, y si no lo encuentro en un trabajo lo encontraré en el siguiente. Fui concebido cuando mis padres viajaban: conducían de Nueva York a California y pararon en un hotel. Tenían cuatro hijas. Mi padre era muy estricto, y ellas tenían un comportamiento perfecto, porque estaban atemorizadas. Tres sacerdotes católicos vieron a esa familia de padres jóvenes y cuatro hijas bien educadas y creyeron que era una buena familia católica. Invitaron a beber a mi padre, brindaron por eso una y otra vez. Se emborrachó, y cuando volvió a la habitación del hotel, me concibieron.
Creciste en Pensacola, una ciudad muy religiosa. ¿Cuál fue la influencia de la religión en tu vida y en tu música? No me crié en una familia religiosa. Muchos cometen el error de decir que crecí en una familia pentecostal, fundamentalista. Mi familia era muy liberal, del norte. Pero veo ciertas conexiones con esos valores. Conocí a gente metida en ese ambiente religioso sudista, y aprendí muchas cosas de ellos: a estar quieto en un momento, y lleno de pasión al siguiente. Es lo que pasa en la iglesia. Y aprendí que estaba hambriento de Dios, pero también que cuando dices que hay Dios, sabes que no hay Dios. En ese momento, dejé la iglesia. Speaking in tongues es hablar un lenguaje secreto, muy misterioso: gente que no parece tener talento para los idiomas conoce sin embargo ese lenguaje. (se refiere a las ceremonias de curación en las iglesias)

En tu nuevo álbum, “No Such Place” (Luaka Bop, 2001), hay sonidos muy diferentes. ¿Era tu intención ofrecer un paisaje de la música americana con raíces? No tenía intenciones como esa. Cada canción tiene su propia fuerza vital. No diseño cosas. Sólo son las canciones tal como salen. Por ejemplo, decidí incluir un trombón al final de un tema: compré un trombón por cinco dólares, aunque no lo toco. Pero estaba cantando y vi el trombón a mis pies, y decidí tocarlo… así es como salen las cosas.

Creo que utilizas algunos  arquetipos del country como la carretera, la bebida… ¿intentas ser respetuoso con la tradición o crítico? No, no es algo intelectual. La manera más sencilla de decirlo es que mis pensamientos son abstractos y confusos, e intento recoger símbolos simples para cimentar mis ideas más complicadas. Durante mucho tiempo, cuando componía canciones que nadie escuchaba, todas eran abstractas, y no había ninguna forma de alcanzarlas. Si pones algo en lo que fundamentarte, como una casa, una carretera, un coche, le das un tiempo y un lugar, presentas un contexto en el cual puedes introducir ideas. El otro día le dije a un periodista que nunca me preguntara cosas complejas sobre metafísica o algo así. Si doy respuestas sencillas soy mucho más capaz de hablar sobre esos temas.
¿Por qué escogiste una versión de “King Of The Road” de Roger Miller? Primero, ya te he dicho que las cosas que permanecen demasiado secretas, acaban por morir. Y así ahora puedes escuchar la versión original con un sentimiento diferente y, en cierta forma, parece más humana. En 1994 estaba muy enfermo, y un amigo vino a casa a verme y organizó una fiesta con una banda. Nadie sabía que era músico, era un secreto en esa época. Empezaron a tocar y alguien me gritó: “¡Canta una canción!”. Fue muy extraño, fue como si estuviera poseído, y empecé a cantar “King Of The Road” como si fuera David Byrne, y me pregunto de dónde salió eso. Al ir a grabar el segundo LP, mi manager me dijo que debería grabar una versión, y le sugerí “King Of The Road”, porque en un momento extraño me dio fuerza.

¿Fue difícil trabajar con tantos productores, como los Morcheeba o Andrew Hale? No. No tengo esa idea de decir “ese es mi sonido, y tenéis que conformaros con él”. Soy muy flexible. De hecho, me gustó trabajar con varios productores porque aprendí algo de todos ellos. Me gusta la idea de que sea como un álbum recopilatorio.
¿Qué músicos tocan en el disco? En los temas que yo produje, fue mi banda en Pensacola. Tienen intereses muy eclécticos, y están muy excitados por estar involucrados en algo que se salga de lo que los Allman Brothers llamaban “southern shit circuit”. Es muy fácil estancarse en las bandas del sur que hacen versiones y no salir de eso. En las canciones de Morcheeba, estaban exclusivamente ellos. Andrew Hale conoce a todos los músicos en Londres, y cuando necesita algo sólo tiene que coger el teléfono. En Inglaterra me ofrecieron participar en un festival en beneficio de las víctimas de la tortura, y pensé que era una especie de justicia poética, porque a veces mis shows son una especie de tortura. El tipo que actuaba antes que yo era de Gales y tenía unos 60 años. Cogió un dobro de los años cuarenta y al instante se transformó en un bluesmen del Delta. Era tan extraño… tocaba también mandolina, banjo… así que dije a la compañía: “Tenemos que conseguir a ese tipo”. Toca en varios temas.

Cuando escucho tus canciones, pienso que serían la banda sonora perfecta para las películas de David Lynch. ¿Estás de acuerdo? Cuando estaba en la escuela de cine, muchos me decían que mis ideas recordaban a las de Lynch. Él es una persona muy alienada. Me gustaban sus viejas películas, no las nuevas. Lo que ha hecho a partir de “Terciopelo azul” ya no me gusta tanto. Un periodista me dijo que lo que hacía era country-blues surrealista: me dijo que tenía dos estilos, country-blues surrealista y mi estilo personal de country-pop. Describo un Tennessee surrealista, porque la mayor parte de mi vida he sido un alien, un outsider que ha visto las cosas desde la distancia, como hace David Lynch. Pero espero aportar algo más de dulzura que él, porque no hay mucha amabilidad en su trabajo. Jim Jarmusch sí tiene esa amabilidad, y al mismo tiempo esa extraña relación matemática de distancia. Es uno de mis favoritos.

Creo que grabaste una canción para la película “Todo queda en casa” (1998), una comedia negra escrita por Vince Gilligan, guionista de “Expediente X”. No la grabé expresamente, sino que contactaron conmigo para utilizarla. Me pagaron muy bien, y estoy muy agradecido al supervisor musical del filme y al equipo porque en esa época no podía ni comprar comida para mi hija que estaba en camino, a pesar de llevar tres años como músico y de haber grabado un buen disco, “Wrong-Eyed Jesus!”. No me importa si el arte y el comercio están juntos, mientras el músico obtenga beneficios.
¿Tienes alguna otra oferta para el cine? Sí, estoy escribiendo un filme basado en la historia del primer álbum. Les gustó mucho a unos realizadores ingleses y están haciendo un documental sobre la música en el sur y basado en  “Wrong-eyed Jesus” -se refiere a “Searching For The Wrong-Eyed Jesus” (Andrew Douglas, 2003)-. Me gusta el cine, pero sólo voy a escribir el argumento, no me veo capaz de producir o dirigir.

Con tu primer álbum fuiste incluido en la escena del country alternativo. ¿Qué piensas de ese movimiento? Recientemente han incluido alguna de mis canciones en algún recopilatorio, y no siento que encaje completamente. Pero me gusta lo que está pasando, porque están deconstruyendo algo que necesitaba desesperadamente ser deconstruido, la calcificada y oxidada máquina llamada country music. El country estaba muerto. Por eso me alegro y, por otra parte, creo que permitirá a los jóvenes sudistas que quieran expresarse pero que no les gusta el grunge o el hip hop, es otra manera… Lo bueno de la tradición country es la manera cómo trata las relaciones humanas, el diálogo sobre ciertas ironías de la vida. Con el country insurgente pueden escribir historias más oscuras que no pueden ser incluidas en el country comercial, y eso es maravilloso.
¿Te consideras una excepción en la escena norteamericana actual? Me considero afortunado de que la gente me escuche, porque hay muchos músicos ahí fuera intentando ser reconocidos. Yo nunca lo intenté; cuando fiché para una multinacional, nunca había actuado delante del público. Me considero muy afortunado de estar aquí. La música que hago es diferente. No intento hacer música como los otros porque no es bueno imitar. No me considero mejor ni peor, sólo diferente.
¿Cuáles son tus planes? Bueno, escribí setenta canciones para este álbum, algunas muy cercanas a mi corazón, pero la discográfica dijo que eran demasiado extrañas. Intentan mantenerme en el negocio de la música: esas canciones a lo mejor habrían gustado a cien personas intensamente, las habrían amado y me habrían amado a mí eternamente. Pero esto es un trabajo, tengo una familia que mantener, facturas que pagar. Así que mis planes futuros tal vez incluyen utilizar esas canciones en algún proyecto freak.


About Ciudad Criolla

Ciudad Criolla tiene como objetivo constituirse como un punto de referencia para todos los aficionados a la roots music elaborada en Estados Unidos; una roots music cuyo principal rasgo es, precisamente, su impureza construida sobre una mezcla de influencias.

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