yo fui Mulder antes que Mulder

Hace un par de domingos, zapeando por los canales de la TDT, me tropecé con ‘Cuarto milenio’ en Cuatro, un programa que seguiría más a menudo si no fuera porque, cuando hablan de ciertos temas (fantasmas, casas encantadas…), confieso que, en la soledad y oscuridad de mi casa, me producen cierto acojono. Por eso, únicamente puedo verlo en compañía de mi novia (aunque ella, sobre todo si hablan de casos como el de “la vieja de la curva”, me pide que después la acompañe si tiene que ir a la cocina o el baño). Dicho esto, en ese momento aparecía un tal doctor Miguel Botella, catedrático de Antropología de la Universidad de Granada. Tenía el aspecto típico de un científico: esto es, barba larga y bata blanca.

Ver a un tocayo (ya tiene huevos que se llame igual que yo) en ese programa despertó en mí un recuerdo que permanecía algo enterrado: mi pasión por los temas paranormales. Retrocedamos a esa edad entre la infancia y la adolescencia, en la que los niños “normales” hacen colecciones de jugadores de fútbol o memeces similares. Mis aficiones iban por otros derroteros: solía recortar todas las noticias aparecidas en periódicos y revistas relacionadas con “fenómenos extraños”, y las guardaba en una carpeta.

Mi tocayo Miguel Botella, el antropólogo.

Pero por encima de todo, mi tema favorito era el de los ovnis. Eso me llevó a devorar libros de investigadores clásicos como el fallecido Antonio Ribera (1920-2001; un hombre que, en los últimos años de su vida, insinuaba que había descubierto algo grande, pero siempre me quedé con la duda de saber lo que era; eso sí, fue premiado con la Creu de Sant Jordi de la Generalitat), el primer Juan José Benítez, el norteamericano Charles Berlitz(especialista en la Atlántida y el Triángulo de las Bermudas) o, el mejor de todos, Erich von Däniken.
Este escritor suizo –sus detractores decían que era un estafador con delirios de grandeza que se creía científico, un detalle que, de ser cierto, me importaba poco- se especializó, a lo largo de varios libros –“Recuerdos del futuro” (1968), “Regreso a las estrellas” (1971), “El oro de los dioses” (1974) y muchos más- y documentales –“Recuerdos del futuro y regreso a las estrellas”(Harald Reinl, 1970)-, a demostrar que los extraterrestres nos habían visitado desde tiempos ancestrales y habían intervenido en la creación o evolución del ser humano.

Erich von Däniken: ¿cuentista o visionario?

En ese momento sus teorías parecían disparatadas, pero él aportaba pruebas arqueológicas, pinturas rupestres, interpretaciones sui generis de la Biblia y todo tipo de explicaciones. Hoy en día, muchos científicos hablan de la teoría conocida como panspermia, que establece que el origen de la vida en la Tierra pudo venir a través de bacterias incrustadas en un meteorito procedente del espacio. Y películas recientes como la denostada “Prometheus” (Ridley Scott, 2012) –no hace falta decir que me encantó- beben directamente de los delirios de Von Däniken, como reconoció el mismo director. Para los interesados, aquí podéis ver en su totalidad el documental “Recuerdos del futuro y regreso a las estrellas”:
 Por otro lado, la televisión de esa época (la única, es decir, los dos canales de Televisión Española) emitía un programa que me fascinaba y que acabó por introducirme en lo paranormal: ‘Más allá’ (1976-1982), con el doctor (en psiquiatría) Fernando Jiménez del Oso (1941-2005), un personaje siniestro, de voz profunda, barba larga y grandes bolsas bajo los ojos, que lucía aparatosos anillos –parecidos a los de plástico que solían regalar en las bolsas de patatas de una conocida marca-.
 
El dr. Jiménez del Oso: pesadilla en la consulta.

Allí fue donde oí hablar por primera vez de psicofonías –aunque nunca me atreví a intentar grabarlas por temor a encontrarme algún mensaje inquietante- y de casos como el célebre de las caras de Bélmez. Punto y aparte para las caras: se convirtió en una de mis pesadillas de infancia, hasta el punto de que no podía ver una imagen de esos rostros –me acuerdo que mi hermana, para putearme, me escondía fotos de las caras en la cama, y cuando abría las sábanas para meterme me daba un sobresalto-.


Otro hito de la televisión fue la aparición de Uri Geller en el programa ‘Directísimo’ (1975) de José María Iñigo. Mi fascinación por el mentalista israelí fue tal que no solo probé a doblar cucharas y a poner relojes parados en marcha, sino que hice una larga cola para que me firmara su autobiografía.
 

La modesta autobiografía del doblador de cucharas, y su firma estampada.

Volviendo al tema de los ovnis, se convirtió para mí en una especie de obsesión. Me fascinaban, sobre todo, los casos de lo que después descubrí que se conocía, gracias a la película de Steven Spielberg, como “encuentros en la tercera fase”, es decir, que iban más allá del simple avistamiento e incluían contacto con seres de otro mundo. Una de las historias que más morbo me daban (será por la edad) era la de Antonio Villas-Boas, un agricultor brasileño que fue abducido y se folló a una extraterrestre. Sobre todo cuando leía fragmentos como este: “A solas con aquella mujer que tan claramente expresaba lo que quería de mí, me sentí muy excitado. Lo cierto es que yo no podía dominar el deseo. Nunca me había ocurrido. Finalmente, olvidándome de todo, abracé a la mujer y empecé a devolverle sus caricias. El acto fue normal y ella se comportó como cualquier mujer, incluso después de repetidos abrazos. Hasta que el cansancio la hizo jadear. Yo seguía excitado, pero ella se me negó. Esto me serenó bruscamente. Con que para eso me querían, para semental que mejorara su raza”. Sin comentarios…

Antonio Villas-Boas, poco antes de forjar su leyenda de semental galáctico.

Supongo que la pregunta de más de uno será: ¿pero tú has tenido alguna experiencia paranormal? Y la respuesta es: sí. Veamos: si nos ceñimos a la definición de ovni (esto es, objeto volador no identificado), en mi juventud vi tres. El primero, desde la ventana de la casa de mis padres en Barcelona, por la noche: unas luces que permanecían inmóviles en el cielo y que iban cambiando de posición a lo largo de un período de tiempo de una media hora (eso descarta una estrella o un avión); con unos prismáticos infantiles llegué a vislumbrar una especie de bola con luces de varios colores. El segundo, en una excursión escolar nocturna en el campo, mientras descansábamos vimos cómo se acercaba hacia nosotros una luz (después pensé que debía ser un helicóptero). Y el tercero, de nuevo en Barcelona, pero a plena luz del día, un objeto que atravesó el cielo… y no era ni un pájaro, ni un avión… ni Superman, por supuesto. Podría ser un cometa, un meteorito o algo parecido, pero lo más sorprendente del caso es que, al día siguiente, un periódico se hizo eco del avistamiento de un objeto parecido en otro punto de Cataluña, no recuerdo si Girona o dónde.

Muchos podrían decir que todo esto era sugestión. Reconozco que la década de los setenta (al menos en España) fue muy proclive a los avistamientos de ovnis y similares, tal vez para desviar la atención informativa hacia otros temas para olvidar que vivíamos en una dictadura. También coincidió con la emisión de grandes series como “OVNI” (1970-1973), una excelente (para la época) producción británica sobre una empresa cinematográfica que era una tapadera de un organismo militar dedicado a investigar el fenómeno ufológico durante ¡los años ochenta! Recuerdo a su protagonista, llamado Ed Straker, y también el erotismo setentero de sus actrices, con atuendos que hoy nos parecerían aberrantes.
 
Los estilismos imposibles de “Ovni”, o cómo debían haber sido los años ochenta.

Durante unos años, mi afición decreció hasta llegar a los noventa, con el fenómeno “Expediente X”, serie de la que me convertí en un fan devoto –creo que debo poseer una de las mayores colecciones en este país de merchandising, bibliografía y todo tipo de objetos, además de haber escrito varios fan fictions sobre la producción de Chris Carter-. Por suerte, esta fiebre remitió… siendo substituida después por “Alias”, “Perdidos” y un sinfín de otras series.
Pero volviendo al hecho que ha motivado este artículo, ‘Cuarto milenio’, lo cierto es que la nave del misterio me hizo plantear que tal vez había equivocado mi vocación. En estos momentos en que todos hablan de crisis del periodismo, habría que matizar: hay crisis en el periodismo cultural, porque hay crisis en la cultura o, mejor dicho, en el consumo cultural. Pero no hay crisis en el periodismo deportivo, ni en el de la “prensa del corazón”… ni el de los fenómenos paranormales, como refrenda el éxito de programas como el de Iker Jiménez a quien, por cierto, admiro por la pasión y el entusiasmo que consigue transmitir a todos los que lo vemos.
Por eso, pienso que, en lugar de haberme dedicado al periodismo musical, debía haber hecho caso a mis aficiones infantiles y haber orientado mi carrera hacia la investigación de temas ufológicos y similares. Y podría haberlo hecho: un pariente de mi madre, Josep Maria Armengou (1934-2005) era el fundador y director de una de las mejores revistas de temática paranormal de España, ‘Karma 7’. Seguro que no me habría costado meterme en ese mundo… y quién sabe si ahora, en lugar de aburrirme escribiendo críticas de discos, me recorrería el mundo investigando avistamientos de ovnis o apariciones fantasmales. Aunque de todo eso también hay mucho, tal vez demasiado, en el negocio musical. Pero ese ya es otro tema…

About Ciudad Criolla

Ciudad Criolla tiene como objetivo constituirse como un punto de referencia para todos los aficionados a la roots music elaborada en Estados Unidos; una roots music cuyo principal rasgo es, precisamente, su impureza construida sobre una mezcla de influencias.

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