
Entre el batiburrillo de colaboraciones del iluminado disco de la diva de Sant Esteve Sesrovires encontramos a la vanguardista cantante que, me apuesto una mano, hasta ahora era una completa desconocida para los seguidores de la motomami. Por eso, es de rigor recuperar la crítica que escribí de Post, uno de los mejores discos de la islandesa que, por cierto, ha cumplido treinta años desde su publicación.
Hace poco me quejaba de que Rockdelux había recuperado dicha crítica en su web sin pedirme permiso alguno. Al parecer no conocen la cortesía profesional ni la decencia personal. Cuando se publicó en 1995, estaba firmada con el seudónimo que yo utilizaba en esa época, Elvira LaPinga, por razones que expliqué detalladamente aquí.
En su recuperación para su caótica web, RDL la ofrece firmada con mi nombre y, en el colmo de lo absurdo, solo puede leerse bajo suscripción, es decir, aflojando la mosca. Pues bien, para reivindicar mi autoría y la propiedad de mis artículos, aquí la tenéis, remixed & remastered, con bonus track… y encima gratis.
La evidencia del título era aplastante: no habría un Post (1995) sin un Debut (1993) previo, pero tampoco tendría razón de ser un Post si los coetáneos de Björk hubieran tenido en mente algo más que sus cuentas corrientes y su cegado afán por satisfacer los gustos monolíticos y chabacanos de esa inmensa mayoría que compra discos siguiendo los dictados de las radiofórmulas.

Y es que, con su segundo trabajo, la islandesa fue más allá de todo lo que podía escucharse en ese momento, ya fuera en el terreno del pop o del dance, en el de la electrónica o en el de las nuevas solistas femeninas, gracias a una brillante producción que parecía llegar a través de una brecha abierta desde el futuro.
Army of Me, el primer single —incluido en la banda sonora de Tank Girl (Rachel Talalay, 1995) y producido por Nellee Hooper, al igual que la mayoría de los temas— ya presagiaba lo azaroso del contenido, con su mecanismo envolvente e hipnótico, los toques industriales que sugerían colisiones de pedazos de metal y la voz enigmática de Björk.
Por su parte, Hyperballad era precisamente eso, una balada que se aceleraba hasta rozar el hi-energy de cuerdas y los territorios explorados por Madonna, mientras que The Modern Things explotaba las posibilidades de un exagerado acento islandés.
Y estallaba la sorpresa: la niña enfadada y ocasionalmente histérica se transformaba en una sensual vampiresa a lo Marilyn Monroe, al alternar la placidez de una especie de nana a lo Kurt Weill con la rotundidad de una big band en el cover It’s Oh So Quiet, una canción popularizada por Betty Hutton en 1951.

Luego, adornaba el ruido más bello, cortesía de Tricky (aquí también productor), en Enjoy, un loop reiterativo y acongojante con trompeta final que parecía escrito por y para un psychokiller.
La sinfónica You’ve Been Flirting Again enfrentaba a la exvocalista de Sugarcubes con una sección de cuerdas con arreglos y dirección de Eumir Deodato —sí, el de Also Sprach Zarathustra (2001)—, Isobel la situaba en escenarios épicos al casar electrónica con orquestas, y Possibly Maybe se recreaba en una enfermiza relación de amor-odio contada en forma de balada.
Lo más abiertamente bailable aparecía en I Miss You (coescrita y producida por Howie B), una orgía de percusiones latinas y metales (los de Gary Barnacle) para un carnaval de fin de siglo, y el tono apocalíptico —esta vez, en la época medieval— continuaba en Cover Me.
Post se cerraba con otra mutación de Tricky, Headphones, un juego desnudo de palabras y sonidos que colocaba a Björk muy por encima del mefistofélico creador de Bristol. La pregunta más inquietante era: ¿Qué nos depararía la islandesa después de este álbum?
El post- después de Post

Entre sus siguientes álbumes, Homogenic (1997) y Vespertine (2001), Björk lanzó el soundtrack de un filme que también protagonizó. Polémica como pocas, la película Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000) tiene tantos defensores como detractores. Pero todos ellos deberían coincidir en algo: la increíble calidad de su banda sonora.
El guionista, productor y director danés le encargó a la vocalista que compusiera todas las canciones de la cinta, y ella se involucró tanto en el proyecto que acabó por interpretar a la protagonista de la trama.
Dancer In The Dark (su título original) cuenta la historia de Selma, una emigrante checa, madre soltera, que trabaja día y noche en una fábrica para poder curar a su hija de la misma enfermedad que padece y que la dejará inevitablemente ciega. Para sobrellevar su dura existencia, se imagina que vive en un maravilloso musical.
Ese tema principal del filme, la fantasía en coexistencia con la inhóspita y sombría realidad urbana industrial, estaba representado en su banda sonora por dos elementos recurrentes: la fricción mecánica (expresada rítmicamente por los sonidos de trenes y máquinas) y el escapismo ensoñador (manifestado a través de las orquestaciones de cuerdas).

En SelmaSongs (2000), la banda sonora de Bailar en la oscuridad, Björk conseguía aunar de manera sorprendente el ruidismo y el sinfonismo: Cvalda (con Catherine Deneuve) contaba con una magistral utilización de sonidos industriales (la máquina de la fábrica) para crear un ritmo que, ayudado por una letra cacofónica, se fundía con metales y cuerdas, hasta conseguir un escenario mágico e irreal.
En I’ve Seen It All (nominada al Óscar a la mejor canción original), el traqueteo del tren era el que creaba el ritmo, mientras que la orquesta de cuerdas aportaba un dramatismo creciente a esta balada interpretada a dúo por Björk y Thom Yorke (de Radiohead).
En 107 Steps (con Siobhan Fallon), otra balada, el sonido de los pasos y la voz que iba contando creaban la estructura rítmica necesaria, e In The Musicals era otro prodigio de integración de ritmos, ruidos, electrónica y sinfonismo, con la mirada puesta en el glamur de los musicales.
Aunque Björk es una cantante con tendencia a la exageración, sus composiciones para Dancer In The Dark tenían el punto justo de componente melodramático, sin caer en las estridencias, y hacían del disco uno de los mejores trabajos de su carrera.
Y tras la experimentación…

Aceptamos de entrada que Björk no es una cantante convencional, y a tenor de la experimentación de sus discos Medúlla (2004) y la banda sonora Drawing Restraint 9 (2005), más de uno la podía dar por perdida como artista digamos accesible. Pero con el siguiente trabajo, Volta (2007), regresó a territorios algo más conocidos.
No es que fuera un álbum destinado a sonar en los40 o similares. Pero la anunciada implicación del productor Timbaland podía hacer prever un cierto nivel de riesgo calculado. Y es que de alguna forma debía notarse la participación del autor de éxitos para Missy Elliott, Jay-Z, Nas, Ludacris o Nelly Furtado, entre otros.
Earth Intruders, la canción que abría el disco, ya era una muestra de esa evolución, con la voz de Björk sobre el ritmo maquinal creado por Timbaland, quien repetía en Innocence (con un acento más dance pero sin perder complejidad).
Más ilustres colaboradores: Antony Hegarty (de Antony & The Johnsons) participaba en The Dull Flame Of Desire (con las percusiones obsesivas de Brian Chippendale, batería del grupo de noise experimental Lightning Bolt) y en My Juvenile, y el intérprete de kora Toumani Diabaté en Hope.

Si Medúlla supuso un ejercicio de experimentación con las voces, en Volta el énfasis se lo llevaba la combinación de las bases programadas con una orquesta, con la participación de una sección de metales islandesa integrada por catorce chicas.
El resultado era óptimo en temas como Wanderlust y Vertebræ by Vertebræ (con un atmósfera amenazadora y asfixiante). La única canción que salía de esos parámetros era Declare Independence, una suerte de punk electrónico ruidoso y contundente con una intérprete más salvaje.
Excéntrica, arriesgada, experimental… podemos describir a Björk como queramos, pero Volta nos devolvió la esperanza de una artista más que interesante.
Desgraciadamente, con sus trabajos posteriores hasta la fecha, marcados por las mamarrachadas estéticas y musicales, perdió todo interés para un servidor.
