discos, entrevistas

Sílvia Pérez Cruz, fuera de control

Sílvia en 2014. Foto: Clara Bellés

Sílvia Pérez Cruz acaba de publicar MA. Live In Tokyo, un álbum junto con el pianista Marco Mezquida, grabado en directo en el Blue Note de la capital japonesa en octubre de 2019. Por eso es un buen momento para recordar la entrevista que le hice a la cantante catalana en 2012, precisamente cuando lanzó 11 de novembre, su disco de debut como solista.

El superpoder más conocido de Dinah Laurel Lance, alias Black Canary, es el llamado “grito del canario”, un chillido ultrasónico con el que aturde a sus enemigos y destruye objetos. Y con las vibraciones de sus cuerdas vocales Theresa Maeve Rourke Cassidy, la mutante Siryn, puede desviar proyectiles, volar a la velocidad del sonido, causar dolor a sus contrincantes y controlarlos mentalmente para que obedezcan sus deseos, como las sirenas de la mitología griega que atraían con sus cantos a los marineros.

Sin llegar a los extremos de esas superheroínas, Sílvia Pérez Cruz pertenece a la estirpe de mujeres cuya voz llega al alma de quienes la escuchan. “Su voz arranca el llanto”, opinan algunos. Y ella es plenamente consciente: “La gente me lo ha dicho siempre. Tengo esa capacidad de emocionar. Pero lo que más me gusta es que está fuera de mi control. Esto sí que es bastante innato. Hay trucos que te pueden ayudar a explicar mejor una historia, pero cuando emocionas de verdad es algo sobre lo que no tienes el más mínimo control”. Sería comparable al síndrome de Stendhal, el efecto que provoca en una persona una obra de arte. “Cuando esto me pasa con algún artista me encanta, porque estamos muy acostumbrados a controlar nuestros sentimientos. Y de pronto dices: ‘Me ha ganado’. La piel va sola“.

Con la portada de “11 de novembre”. Foto: Igor Cortadellas

Y es que a Sílvia, hasta ahora, la hemos conocido por su maravillosa voz, exhibida en infinidad de proyectos. Pero en el primer álbum a su nombre, 11 de novembre (Universal, 2012), nos revela muchas más facetas: compositora, arreglista, coproductora (junto con Raül Fernandez Refree) y multinstrumentista (guitarra, piano, acordeón, saxo, clarinete…).

A lo largo de tu carrera, has participado en diversas aventuras: Las Migas, Llama, Coetus, Immigrasons (con Refree), Camarón: la leyenda del tiempo (con Duquende)… ¿Por qué has tardado tanto en grabar tu álbum de debut como solista? Porque no era el momento. Han coincidido varios factores: tenía algo por presentar y la energía para hacerlo. Hasta ahora había estado en muchos proyectos, aprendiendo diferentes lenguajes y colaborando con artistas diversos. En este disco quería hacer las composiciones, los arreglos y que todas las canciones fueran mías. No es una presentación como cantante, sino como artista.

Hasta ahora se te conocía por un único valor, tu voz. Ahora nos descubres muchas más facetas. ¿Es este álbum una manera de reivindicarte? Para mí no es una reivindicación ni una demostración de nada. Supongo que explica más cómo soy. Lo he hecho ahora porque me apetecía: contaba con unas canciones que tenía ganas de ver desde diferentes ángulos. Es verdad que durante los últimos siete años he estado cantando y estudiando música. En el fondo creo que siempre he intentado demostrar que era una música, y por eso he conseguido unas conexiones tan fuertes con los instrumentistas.

Foto: Igor Cortadellas

Por eso sorprende que aparezcas tocando tantos instrumentos… Primero empezamos grabando las guitarras y la voz. La guitarra quizá es para mí lo más extraño, porque no tenía pensado hacerlo. Había compuesto todas las canciones con ella, pero había imaginado que la tocaría otro. Pero Raül me dijo: “Sílvia, tienes que tocarla porque quedará más personal”. Y la intención era, precisamente, hacer un disco muy personal. Después, una vez habíamos grabado las guitarras y las voces, pensamos en la primera capa, los arreglos más clásicos: los de cuerdas, vientos… Pero los sonidos de ukeleles, pianos y saxos los hicimos entre los dos.

¿Este es el disco de debut que planeabas o la muerte de tu padre –Càstor Pérez, músico y divulgador de las habaneras– ha cambiado algo, en cuanto al repertorio, por ejemplo? Hay trece canciones, y cinco están influidas por mi padre, pero hay otras ocho que no. Y de esas cinco, algunas ya tenían hecha la música anteriormente y no sabía de qué hablarían. Cuando pasó lo de mi padre tuve ganas de escribir. No me considero una persona triste, pero en este disco tenía unos pensamientos muy profundos. Me decía: “Esto es inamovible, me da igual si tiene belleza o no. No me da vergüenza: es muy íntimo, pero necesito escribirlo”. También es cierto que el álbum es un repaso de mis últimos cinco o seis años. Pero no de estilos, porque no quiero que sea un disco de pegotes. Mi intención era que tuviera un hilo conductor, yo con la guitarra, y canciones que sonaran a mí, porque soy todo un conjunto de cosas.

Foto: Lurdes R. Basolí

En cierto modo, ha salido como una especie de álbum conceptual, algo que a lo mejor no era tu intención… Creo que no es un buen disco de debut, es muy arriesgado. Me gusta que haya un concepto general, que todo esté muy ligado. Para mí es como una película. Creo que para un debut habría sido mejor una colección de versiones, por lo que esperaba la gente que me venía escuchando hasta ahora. Pero pensaba que era más fácil, no en el sentido de que el hacerlo no tenga dificultad, sino porque sé que siempre puedo hacer un álbum de covers. Y, en cambio, un disco como este… es muy de artista. Quiero tener una carrera coherente conmigo, quiero ser sincera; si no, lo dejo. Me juego mucho: no por el trabajo, sino por mí, necesito creérmelo. Y sé que pasaré por muchos más caminos, como en la vida..

¿Abre una nueva etapa? En el último año he dejado muchísimos proyectos, porque tenía demasiados. Aunque sé que hacer solo una cosa en la música me aburre… Hay personas a las que me va bien ver porque me refrescan y me rompen los esquemas. Por ejemplo, si hago un concierto con Refree en solitario o con Javier Colina o con Toti Soler o con quien sea, eso me gusta. Es como decir: “¿Quedamos para tomar un café?”. Pues va, quedemos para hacer música, para dejarme llevar como intérprete.

Cuando alguien te dice que eres la mejor voz femenina actual del estado, ¿cómo te lo tomas? Le respondo que muchas gracias. Conozco tantas voces, tanta gente que lo hace bien… No es cierto. Tampoco sé qué es mejor o peor: depende de qué parámetro de la voz consideremos seguramente habrá alguien mejor o peor.

Sílvia en 2010 con su padre, Càstor Pérez. Foto: Lurdes R. Basolí

Creo que debes haber tenido una educación musical muy especial, forjada en las músicas tradicionales de raíces, diferente a la habitual en una persona de tu edad. Siempre he vivido la música en directo. Para mí la música son personas; no he sido nada fanática. Sí, en casa mi padre cantaba habaneras. También se escuchaban cantautores, y mi hermana, cosas más punk… Es verdad, tampoco escuchaba música como la gente de mi edad… porque siempre estaba interpretándola. Al tocar hacíamos intercambios: uno te hablaba del funk, otro del rock, otro de música clásica. Pero no soy melómana en el sentido de escuchar discos. En compañía sí, cuando me los ponen, aunque en casa, en general, necesito silencio. Para “11 de novembre” sí que he escuchado mucho un álbum de Nick Drake, “Five Leaves Left” (1969), porque me daba mucha calma y me relajaba.

Cuando entrevisté a Alela Diane, le comenté que tenía la impresión de que para ella la música era un proceso tan natural como respirar, y me respondió que sí, que era algo que siempre había formado parte de su vida. ¿Te ocurre lo mismo? Sí. Siempre he estado con la música. En mi casa, aparte de escucharla, la hacíamos. Era una manera de expresarse. Cuando vine a Barcelona, quería estudiar una carrera: Filosofía, Antropología… Pensé que la música estaría toda la vida conmigo, y me sabía mal dedicarme a ella de lleno… ¡y ahora no me la puedo quitar de encima! Sé que, sí o sí, estará conmigo. Entonces vi que existía la carrera del ESMUC y pensé: “Me apunto. Tengo 18 años y es perfecta”. En cuanto a necesidad, toda. Hay una necesidad fisiológica, casi. Físicamente lo necesitas, te limpias mucho cantando y tocando. Es inconcebible una vida sin música. Creo que sería menos persona y peor persona, porque cuando hago música conecto con una parte mía muy sincera.

Caetano Veloso, uno de los artistas admirados por Sílvia

Has comentado que no tenías ídolos, pero ¿hay algún cantante que admires especialmente? Caetano Veloso me gusta mucho. Joni Mitchell, Björk… Y Carme Canela, que fue profesora mía. Casi con todos los artistas flipo con algo. Sé que es un mundo muy complicado, pero siempre hay alguien muy sincero y me gusta descubrirlo. Aunque, repito: para mí, mis influencias máximas son las personas que me he encontrado y, sobre todo, las que he visto evolucionar. Me vienen mil recuerdos, y sería un pecado nombrar solo a una. Pero conecto mucho con la forma de hacer de Caetano, a punto de romperse: mucha emoción con muy poco sonido; para mí eso es muy importante, llegar a la esencia. Y combinarlo con la fuerza y ser superanimal. Me encanta ser muy animal, arriesgarme mucho, compartir cosas nuevas con los que están conmigo en el escenario.

Algunos piensan que en disco estás más “comedida” y que es en el directo donde despliegas todo tu potencial… Soy muy de directo, en todos los sentidos. No me gusta hablar por teléfono, por ejemplo. Pero a veces hay que ser consciente de que no funciona lo mismo en un disco. Es muy difícil conseguir esta fuerza y esta presencia en un estudio. Y cuando canto fuerte, no me siento muy cómoda de cómo ha quedado grabado. Y entonces pienso: “Lo hacemos a otro nivel”. Ya tengo los directos para volverme loca. En un concierto puedo justificar un grito, explicarlo con un gesto; pero en disco, si la gente no me ve…

Tienes una virtud, la versatilidad. ¿Crees que es una ventaja o un hándicap en un mundo donde siempre se intenta categorizar a los artistas? Yo lo veo tan natural… forma parte del aprendizaje. En este disco, por ejemplo, no me apetecía que hablaran de estilos. Son mis canciones: quería hacer un disco de Sílvia, y Sílvia es todo lo que es, que ni yo misma lo sé. A nivel de prensa sí que todos necesitamos etiquetar para referirnos a alguna cosa y limitarla. Ha habido momentos en que ha sido más fácil, porque yo estaba haciendo algo determinado. Estaba investigando y me lo he pasado pipa. Considero que he vuelto a cantar un poco como cuando era pequeña, pero es muy necesario haber pasado por estos años de descuadrarme, de sentir que no controlaba nada, que no sabía nada, e ir cogiendo y aprendiendo de estilos diferentes. Para mí, al fin y al cabo, es música, es superetiquetable.

Foto: César Lucadamo

Pero si tuvieras que definirte, ¿como lo harías? ¿Cantautora, intérprete? Música. Una música a quien le gusta mucho cantar. (Se ríe)

Dices que 11 de novembre es un disco para escuchar por la noche, en viajes por carretera y mejor aún si llueve. ¿Por qué? De noche hay menos ruido, menos cosas para mirar porque hay menos luz; en la carretera estás más concentrado porque nadie te dice nada, puedes escuchar… Lo de la lluvia es más la sensación de recogimiento y de pena que creo que tiene. Ahora, con los meses de distancia, puedo decir que por la tarde también me gusta mucho. Y tiene mucha luz, porque he puesto en él gran parte de mi energía, y también tengo una faceta muy luminosa. Pero en realidad creo que lo que sí conserva, sea de día o de noche, es que es un trabajo que necesita más de una escucha. Tienes que introducirte en él, te invita. Primero hay mucha información: es una combinación de crudeza y barroquismo. Pero, finalmente, para disfrutarlo te has de meter: hay muchas capas… No es un disco para que te haga compañía. Hay algunos álbumes buenísimos que te acompañan, aunque a este es mejor dedicarlo un ratito.

No se nota una sobreproducción, pero hay muchos detalles… Sí, hay mucha información. La base soy yo con la guitarra. Lo grabamos en un estudio en Borredà, en medio de la montaña. En la producción hay cosas muy arriesgadas y otras muy de la vida, imperfecciones para que notes el espacio. Por una parte, hay una especie de crudeza: la voz y la guitarra. Pero después tiene muchos arreglos, trocitos de música que quería poner. Hay cuerdas, corno inglés, trompa, mi familia cantando… Y entonces está la parte de la producción que he compartido con Refree, que era como decir: “Esta canción, a nivel de concepto y aparte de la producción, de los arreglos y de los instrumentos, ¿qué necesita?”. Desde el principio, todo se ha hecho a merced de las canciones: plantearse qué necesitan, qué explican. Hay mucho trabajo, está cosido a mano. Es artesanía, casi, más que arte. Puede gustar o no, pero la gente detecta que es de verdad. Está hecho con mucho amor.

Incluyes letras con poemas de Feliu Formosa, Maria Cabrera y Maria Mercè Marçal. Es curioso, porque consigues que parezca que los hayas escrito tú. ¿Cómo los escogiste? ¿Porque te identificabas con lo que decían? No. La historia no tiene nada que ver, es el sentimiento que me provocaban, si me lo creía. Y estos poemas me los creí. “Pare meu” la vi en un acto en directo, con Maria Cabrera recitando, y acabé llorando. Le dije: “Me ha encantado y tengo la necesidad de pedirte si me dejas que le ponga música”. Tenía una melodía medio empezada y vi que podía encajar y la fui adaptando. La gente se cree que lo he escrito yo, y les respondo: “Esta no, no es mía, no es sobre mi padre”. Cada poeta tiene su música dentro. Me ha gustado descubrir que el arte es de todo el mundo, no es de quien lo hace, y el sentido no es el que ha querido darle el autor, sino el que le da cada persona. Y esto es fantástico: cómo se te escapa de las manos, tiene vida propia y a uno le hace vivir unas cosas y a otro, otras. Y al final es relativo: no puedes decir que la verdad la tiene quien lo ha escrito; no, la verdad la tiene cada uno cuando siente lo que le provoca la canción, el poema, la película o el libro.

En la imagen de la portada me recuerdas a Frida Kahlo… No era mi intención… Bueno, al principio mi idea era una portada en azul oscuro con un punto en medio, pensando en los haikus. Pero creí que, como primer disco para una discográfica, les hacía un favor si ponía mi cara. Me dije: “Quiero que sea muy limpia, que no se vea el cabello, que es muy representativo mío. Ahora quiero revelar otra faceta. Os enseño mi cara, intentando mostrar la profundidad. Os invito a viajar más adentro”. Entonces busqué retratos en blanco y negro para darle alguna idea a la fotógrafa. En este caso, la referencia fue una imagen de Frida, aunque por casualidad, porque no sé si es que busco muy mal en Google, pero iba mirando y las que más me atraían eran las suyas. También me gusta mucho, y es verdad que varias veces me han dicho que tengo rasgos de Frida, que hay un punto de conexión entre las dos. Al final les di la foto como marco, diciendo: “Me gustaría que fuera profunda, una fotografía fuerte, pero que sea yo”. De hecho, es un peinado que siempre me hago en los conciertos. Hicimos muchos retratos diferentes, con camisas muy distintas, y ganó este donde me parezco más a ella. No pensaba que fuera tan evidente. Yo quería mi cara, no estoy imitando a Frida. Pero quería que tuviera fuerza, y Frida tiene mucha. En todo caso, no me molesta porque me encanta Frida .

¿Y las ilustraciones? Son de Tano Pisano, un pintor italiano muy bueno que vive en Palafrugell. Lo conozco de toda la vida, es fantástico. Le dije que me gustaría que hiciera lo que quisiera a partir de este disco, una imagen. Me contestó que haría como historias que me salen del cabello, y me hizo todas las canciones enredadas en el pelo. Estoy supercontenta con la discográfica en este sentido, porque tenían muy claro que yo voy a la mía y que tengo mucha personalidad. He participado en todos los procesos de creación con un equipo fantástico y gigante de personas superartistas y supergenerosas, tanto músicos, como fotógrafa, pintor, autores de los textos...

Presentaste el disco en el Liceu. ¿Te gustan los escenarios tan grandes? Porque de pequeña cantabas en tabernas… Eso me encanta, pero me pone mucho más nerviosa, porque ves los ojos y las caras de las personas. Depende del repertorio que hagas. Creo que el tamaño ideal es un pequeño teatro con un buen sonido para unos quinientos o seiscientos espectadores. Me gusta que se oigan bien las cosas y que la gente se siente cerca. Cuando los locales son muy grandes, has de intentar que el público venga hacia ti, hacer pequeño el espacio, imaginarte que estás en una taberna para llegar a cada espectador.

Sílvia y Refree en 2o14. Foto: Antoine Passerat

Raül Fernandez ha asegurado que, de todas las personas con las que ha colaborado, tú eres con quien mantiene un entendimiento más especial. Pero creo que al principio no fue así… Sí, hubo conflicto por los prejuicios de uno y otro. Él me veía como “la académica de manual de escuela”, y yo lo consideraba “el personaje”. Veníamos de mundos y estilos muy diferentes; en mi caso, jazz, música popular, había estudiado muchos años; y él venía del pop, del indie, había sido heavy… Él sí que es supermelómano y tiene mucha cultura musical. Lo que nos pasó es que no nos creíamos; también tenemos mucha personalidad y era casi molesto encima del escenario. Pero poco a poco fuimos descubriendo… Primero la parte más intelectual, de estructura musical, de entender el discurso, sea un estilo u otro… Es como cuando haces una foto. Equilibras las luces, los colores, y dices: “Tenemos todo esto. ¿Qué crees que le falta?”. Y aquí coincidimos, dentro de un discurso: es demasiado corto, demasiado largo, demasiado denso… Y aparte, a nivel interpretativo, es al revés: olvidar la faceta más conceptual, y hacer algo supersalvaje. Por eso conectamos mucho, tanto en el escenario como a la hora de pensar, aunque escuchemos músicas distintas… Creo que sumamos, no restamos.

Hasta ahora te has movido con instrumentaciones acústicas. ¿Te has planteado usar la electrónica? Ahora mismo, no. A mí me gusta mucho la madera.

¿Pero el sello no te puede decir que tienes que grabar esto o lo otro? No, por el tipo de artista que soy, de largo recorrido; no de éxito largo, sino que estaré toda la vida haciendo cositas, tanto si me escuchan como si no. Sería una pena si me quieren “apretar las tuercas”. Si me dejan grabar un disco como este, está claro que me dan libertad. Pero espero cambiar muchas veces: creo que no hay techo, no hay final. Lo importante es creerse lo que uno hace, y cuando se cansa, porque no todo es válido para siempre, tener la capacidad de renacer. Ahora mismo no tengo ninguna idea, pero igual hago algo electrónico. Sí que me gustaría producir, y visto desde fuera se pueden utilizar más cosas. Es como una cocina.

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