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La muerte de la (buena) música

Hace muchos, muchísimos años, cuando era adolescente, escribí un cuento que describía una sociedad donde los discos de vinilo se habían convertido en un artículo ilegal y muy difícil de encontrar. Las (pocas) personas que querían conseguir uno debían recurrir a los dealers del mercado negro, a trapicheos no exentos de riesgos similares a los de los adictos en busca de su dosis diaria.

Varias décadas después, la situación no es tan exagerada en ese aspecto –aunque con los formatos digitales, si no ilegales, los discos sí son una rareza destinada a los coleccionistas y a los verdaderos melómanos–, pero, en cambio, en otros ámbitos relacionados la cosa pinta mal, muy mal.

Digámoslo claro: la pandemia ha sido la puntilla, la estocada mortal a un sector que hacía tiempo estaba gravemente enfermo. Y, en algunos casos, la coartada o justificación perfecta para cerrar empresas de todo tipo, desde automovilísticas hasta periodísticas.

Que la cultura no vende (o no atrae lo suficiente para ser rentable) es algo que se sabe desde hace tiempo. Solo hay que ver el tiempo y el espacio que se le dedica en los medios si lo comparamos con el deporte, el fútbol en concreto. En los quioscos encontramos un montón de prensa deportiva y del corazón… la presencia de la cultural es residual, por no decir ridícula.

Si a eso le añadimos condicionantes externos como el aumento de los alquileres por culpa de la especulación inmobiliaria, la dejadez de los ayuntamientos más preocupados en invertir en “utopías verdes” por aquello de ser políticamente correctos que en preocuparse por la salud del tejido cultural, el desprecio de los medios de comunicación hacia lo diferente y un sinfín de factores más, lo del coronavirus es una nimiedad.

¿Pero realmente la cultura no vende? Creo que hay que matizar: es la “buena” cultura la que no vende, porque la mala está por todas partes. Es decir, el problema es mucho más grave y tiene un trasfondo mucho más profundo.

Distinguir entre “buena” y “mala” cultura es algo muy subjetivo, pensarán algunos. Depende de los gustos de cada uno. Tal vez tienen razón. Pero, aun así, hay algunos factores más o menos objetivables que pueden ayudar a establecer mejor las diferencias.

Por ejemplo, para mí la cultura “buena” es la que te hace pensar, la que es crítica, la que es original –aunque actualice o deconstruya conceptos ya existentes–, la que no se mueve por las modas ni intenta crearlas, la que es duradera en el tiempo –“clásica”, si se me permite la expresión–, la que está hecha por gente con talento y/o una formación específica, la que te divierte sin perder su dignidad… ¿Y la “mala”? Pues todo lo contrario.

Y sí, ha llegado el momento de hablar de la música. El panorama actual en este sentido es desolador, al menos en este país. Aquí solo hay dos fenómenos que consiguen audiencia, presencia en los medios –de todo tipo, de los más convencionales a los digitales– e incluso en la publicidad, y que han sido fagocitados y asimilados por el sistema.

1 Los clónicos surgidos de concursos como La Voz, Operación Triunfo y similares. A un oyente como yo le resulta imposible distinguir a unos de otros: todos suenan igual, todos tienen una estética determinada que parece patrocinada por unos grandes almacenes (el elogio de la juventud, de las caras bonitas, de los cuerpos perfectos: ante todo, que no falte), todos pueden acceder a cualquier tipo de público porque ni su música (pop sin sangre y baladas sensibleras) ni sus letras ofenden. Son productos sin personalidad y sin futuro (en el sentido de tener un puesto reservado en la “historia” de la música), totalmente intercambiables y, por tanto, prescindibles. Y por mucho que desde determinados sectores se les quiera dar credibilidad –lo que hizo el Primavera Sound con la simplona Amaia–, no hay más cera de la que arde.

2 Los “artistas” (el entrecomillado es intencionado, porque de eso tienen muy poco) de músicas urbanas (trap, reguetón y demás aberraciones): personajes sin talento (no saben cantar y deben recurrir a herramientas como el Auto-Tune para disimular su ineptitud), preocupados únicamente por el hedonismo y la vida fácil –el dinero, las mujeres, los coches, las marcas de moda… materialismo en estado puro, y una consecuencia de realities como Gran Hermano que establecieron en la sociedad la idea de que cualquiera, aunque sea un zoquete, puede conseguir lo que quiera sin trabajar–. También en este caso, sectores cool intentan legitimarlos y tienen la desfachatez de compararlos con movimientos que sí fueron verdaderamente revolucionarios y reivindicativos, como el punk y el hip hop: de nuevo, el Primavera Sound con la incorporación en su programación de personajes de esta infamia.

Ante este escenario de pesadilla, lo mejor es refugiarse en la música que ha conseguido pasar a la posteridad con honores y apoyar a los artistas que luchan por sobrevivir con uñas y dientes sin renunciar a sus conceptos estilísticos, sin plegarse a las modas y a la mediocridad imperante

Entre estos dos extremos, encontramos también a los grupos de pachanga y fiesta mayor que han cogido lo peor de la herencia de Mano Negra y Manu Chao, a bandas supuestamente indies –pero con todo el apoyo de sellos y medios– que causarían de nuevo el deseo de suicidarse a Kurt Cobain, a “leyendas” acartonadas que viven de la nostalgia… En fin, el panorama es, como decía, desolador y, a pesar de las diferencias “estilísticas” entre todos ellos, tienen algo en común: hacen música desechable, de usar y tirar, para que la gente no piense en las cosas importantes (que no llega a fin de mes, que su trabajo es una mierda, etc. etc.). Así es, el pan y circo de toda la vida.

En esta situación, no hace falta decir que los estilos musicales que no cumplen con estas características están condenados al ostracismo, a no aparecer en los medios, a no ser programados en salas ni festivales… Bueno, tampoco es algo nuevo en este país, donde siempre se han ninguneado géneros con una personalidad muy marcada como el blues, el country, el rock’n’roll, el soul… incluso el hip hop.

Si a todo esto le sumamos, además, el efecto pandemia, que está cerrando locales –justamente los que sí programaban a los artistas fuera del mainstream; qué casualidad ¿no?–, afectando en especial a quienes no participan del circo de las modas y de los clónicos, uno empieza a preguntarse muy en serio si la “buena” música está en peligro de extinción. Nos dirigimos a un modelo de consumo en que solo se podrán ver conciertos –y de según qué grupos, ojo– en grandes festivales con patrocinadores potentes –parques temáticos donde la música es lo de menos; lo que importa es ir a dejarse ver, a echar unas risas con los amigotes y a atiborrarse de cerveza–.

Seamos claros: la cultura se degrada y empobrece más por el cierre de locales que apuestan por la diferencia, la exclusividad y el riesgo que por la desaparición de monstruos como el Primavera Sound –por cierto, desencadenante del último empujón que provocó el descalabro de Rockdelux, aunque esa ya es otra historia para no dormir–. Pero seamos realistas: por desgracia, esos locales seguirán cerrando y ese tipo de festivales-contenedor conseguirá sobrevivir.

Ante este escenario de pesadilla, lo mejor es refugiarse en la música que ha conseguido pasar a la posteridad con honores y apoyar a los artistas que luchan por sobrevivir con uñas y dientes sin renunciar a sus conceptos estilísticos, sin plegarse a las modas y a la mediocridad imperante.

Aun así, esto no garantiza que los amantes de la “buena” música no acabemos como en el cuento del principio, como yonquis en busca de nuestras dosis, agazapados y escondidos en la oscuridad.

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