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Johnny Cash, el rostro impenetrable

Desde sus inicios en los cincuenta en Sun Records junto a la flor y nata del rock’n’roll hasta su gloriosa resurrección en los noventa de la mano de Rick Rubin: una carrera plagada de éxitos y fracasos personales, de la fama a las adicciones, del descontrol al fervor religioso. Tal día como hoy, el “chico de granja de Arkansas”, como siempre se consideró, abandonó este mundo.

Johnny Cash es lo más parecido a un héroe popular: grabó más de mil canciones; actuó en todo el mundo, incluso en cárceles; protagonizó películas y presentó su propio show en televisión; publicó álbumes conceptuales sobre los cowboys y los nativos americanos (lo que le valió amenazas del KKK); defendió los derechos civiles y luchó contra la injusticia… En fin, todo lo que lo convirtió en una leyenda.

Conocido como The Man In Black desde su debut en el Grand Ole Opry en 1956 por ir vestido de esta guisa, fue uno de los cantantes de country más influyentes tras la Segunda Guerra Mundial.

Nacido en Arkansas el 26 de febrero de 1932 en el seno de una familia de granjeros, John R. Cash conoció la música a través de la radio. Más tarde, la trágica muerte de su hermano Jack después de sufrir un accidente lo acercó al góspel.

Tras servir en las fuerzas aéreas, se trasladó a Memphis y formó un trío, probando fortuna en los estudios Sun Records de Sam Phillips: en esa época desarrolló su estilo “boom chicka boom”, al aplicar su voz profunda y resonante de barítono, casi gutural, y su guitarra percusiva sobre un ritmo parecido al del trote de un caballo. No era honky tonk ni rock’n’roll: era su propio sonido, entre la honestidad emocional del folk y la rebeldía del rockabilly.

Jerry Lee, Carl, Johnny y Elvis: los buenos tiempos de Sun

Su primer single en 1955, Hey, Porter / Cry! Cry! Cry!, se convirtió en todo un éxito, al que seguirían Folsom Prison Blues, I Walk The Line y There You Go. Junto con sus compañeros de escudería (Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Carl Perkins y Roy Orbison; con los tres primeros formó el Million Dollar Quartet) participó en la revolución musical que daría lugar al rock’n’roll.

Una intensa vida –marcada por su adicción a las anfetaminas y al alcohol, sus problemas conyugales (se casó en segundas nupcias con June Carter, de la mítica Carter Family), sus arrestos por motivos variados (destrozar habitaciones de hotel, jugar con armas…) y su fervor religioso– no impidió que se convirtiese en una de las estrellas más grandes del country, con más de cien hits (Don’t Take Your Guns To Town, Ring Of Fire, Get Rhythm, A Boy Named Sue, Jackson y un largo etcétera).

Compañero de juergas de Willie Nelson, Waylon Jennings y Kris Kristofferson –con quienes formó The Highwaymen–, al imperturbable Hombre de Negro debe reconocérsele el mérito de haber despertado la vocación de Merle Haggard (encarcelado por robo en San Quintín cuando Cash actuó allí) y de ser el padre de una de las grandes voces femeninas de la americana contemporánea, Rosanne Cash.

Aunque en los años setenta y ochenta su estrella pareció apagarse, en los noventa regresó de forma triunfal de la mano de Rick Rubin, fundador del sello de rap Def Jam, productor de Beastie Boys, Run DMC, Red Hot Chili Peppers y Slayer, entre muchos otros, y propietario del sello American.

Rick Rubin y Johnny: work in progress

De esa fructífera colaboración –condicionada por la frágil salud del cantante–, surgió una serie de álbumes iniciada con American Recordings (1994), al que seguirían Unchained (1996), y, ya en los 2000, American III: Solitary Man (2000), American IV: The Man Comes Around (2002) y los póstumos American V: A Hundred Highways (2006) y American VI: Ain’t No Grave (2010), además del directo con Willie Nelson VH1 Storytellers (1998), la excelente y lujosa caja de cinco CDs Unearthed (2003), con material sobrante de las sesiones –con un libro de cien páginas y unas ochenta canciones–, y My Mother’s Hymn Book (2004), incluido originalmente en ese pack.

Gracias a Rubin, el Hombre de Negro consiguió revivir su prestigio y llegar a un nuevo público joven procedente del rock, con unas producciones descarnadas en las que primaba su voz y, sobre todo, un repertorio que incluía desde temas clásicos del country y el góspel hasta versiones de artistas aparentemente alejados de Cash –como Tom Waits, Nine Inch Nails, Depeche Mode, Leonard Cohen, Soundgarden, Will Oldham, Nick Cave…– que él hacía suyas.

Especialmente en España, los 2000 fueron la década de la eclosión de Johnny Cash para el gran público. A partir del estreno del biopic En la cuerda floja (James Mangold, 2005), se publicaron en castellano un montón de libros relacionados con su vida y su obra.

Por una parte, autobiografías como Man In Black (2006), traducida por Javier Lucini, y Cash. La autobiografía de Johnny Cash (2006), coescrita por el cantante y Patrick Carr y traducida por Ignacio Juliá. Más recientemente se ha publicado Johnny Cash (2018) de Robert Hilburn.

Por otra, cómics como Anillo de fuego (2006), con guion de Javier Lucini e ilustraciones de Joaquín Secall, y Cash. I see a darkness (2007), una novela gráfica de Reinhard Kleist. E incluso, ya en la década siguiente, Eternas palabras (2017), una selección de poemas y letras inéditas, que tuvo su traslación al disco con Forever Words (2018), donde intérpretes tan variados como Elvis Costello, John Mellencamp, T Bone Burnett, The Jayhawks o Robert Glasper ponían música a ese material.

El momento del encuentro entre June y Johnny en “Cash. I see a darkness” de Reinhard Kleist

Eso, sin contar con las ediciones remasterizadas y ampliadas de algunos de sus álbumes clásicos e infinidad de recopilatorios: unos, coordinados por el propio Cash, como el magnífico Love, God, Murder (2000); otros, para celebrar su 70º aniversario en 2002, como The Essential Johnny Cash; y los últimos, tras su muerte, como los dos volúmenes de The Legend Of Johnny Cash (publicados en 2005 y 2006) y Walking The Line: The Legendary Sun Recordings (2005).

También fue objeto de un montón de discos de homenaje de lo más variado, entre ellos Kindred Spirits. A Tribute To The Songs Of Johnny Cash (2002), con artistas populares como Bob Dylan, Little Richard y Bruce Springsteen, junto con figuras del country como Dwight Yoakam, Steve Earle, Marty Stuart, Hank Williams Jr. y Rosanne Cash; Dressed In Black. A Tribute To Johnny Cash (2002), con músicos country más alternativos como Hank III, Robbie Fulks, Dale Watson y Rosie Flores, y Dear Johnny… A Tribute To Cash (2004), con nombres procedentes de las escenas rockabilly, psicobilly y punk, como Supersuckers, Speedbuggy USA, Bastard Sons Of Johnny Cash, Eddie Spaghetti y Jesse Dayton.

Y aparecieron rarezas como Johnny’s Blues. A Tribute To Johnny Cash (2003), con bluesmen como Clarence “Gatemouth” Brown, Corey Harris, Chris Thomas King y Colin Linden, y We Walk The Line. Inside A Norwegian Prison (2004), grabado en directo en una cárcel de Oslo con varios artistas noruegos. Lástima que la fiebre Cash se cerrara con el execrable Johnny Cash Remixed (2009).

La resurrección artística de Johnny Cash fue un modelo a seguir. El proplo Rubin lo intentó con Donovan y Neil Diamond, sin obtener tan buenos resultados. Y otros productores aplicaron la idea: Joe Henry con Ramblin’ Jack Elliott, Bettye LaVettte y Allen Toussaint; Jack White con Loretta Lynn, y Mark Nevers (Lambchop) con Charlie Louvin.

El 12 de septiembre de 2003, pocos meses después de que lo hiciera su amada June (el 15 de mayo), Cash murió a los 71 años en Nahsville. Así se marchó quien, con toda humildad, siempre se había considerado “un chico de granja de Arkansas”.

Los clásicos de Sun

Walking The Line: The Legendary Sun Recordings (2005)
Una reedición centrada en los inicios de la carrera de Cash en el seminal sello de Memphis Sun Records. En los tres años (1955-1958) que pasó en los estudios del 706 de Union Avenue, se convirtió en su artista más prolífico y con mayores ventas.

Pero, sobre todo, fue en esa época cuando el cantante creó su inconfundible estilo, marcado por el acompañamiento del guitarrista Luther Perkins y el bajista Marshall Grant, los Tennessee Two.

A través de 54 temas y tres CDs, Walking The Line incluía la mayoría de las canciones que Cash grabó para Sun: desde su debut de 1955 Hey, Porter / Cry! Cry! Cry! hasta éxitos posteriores como Folsom Prison Blues, I Walk The Line, Get Rhythm, Big River, Home Of The Blues, Country Boy, Give My Love To Rose y Train Of Love.

Junto a sus excelentes composiciones, la colección también incorporaba las versiones que Cash hizo de clásicos de Leadbelly (Goodnight Irene, Rock Island Line), Don Gibson (Oh Lonesome Me), Gene Autry (Goodbye Little Darlin’, Goodbye) y Charlie Rich (Thanks A Lot), y de temas tradicionales (The Wreck Of The Old ‘97). Aunque tal vez sus mejores adaptaciones fueron las de Hank Williams (Cold Cold Heart, You Win Again, I Can’t Help It If I’m Still In Love With You, Hey Good Lookin’), impregnadas de su inconfundible sonido.

De todas formas, durante su estancia en Sun Records, Cash también grabó algunas canciones más orientadas al pop que lo alejaron un poco de su imagen de rebelde, con el añadido de coros y pianos de sabor honky tonk: eran los inútiles intentos de Sam Phillips por convertirlo en un crooner. Era el caso de Ballad Of A Teenage Queen, The Ways Of A Woman In Love, Sugartime y la mejor de todas, I Forgot To Remember To Forget.

Tres joyas de American

Unchained (1996) Un disco que reflejaba la riqueza musical de la carrera de Cash, desde sus influencias más tempranas hasta su acercamiento a las nuevas generaciones. Acompañado por Tom Petty, Marty Stuart, Flea y Mick Fleetwood, interpretaba un repertorio en su mayor parte ajeno, con la excepción de dos enérgicas muestras de rock’n’roll de la era Sun, Country Boy y Mean Eyed Cat, y la oda a su esposa Meet Me In Heaven. Entre las versiones, incluía temas de artistas contemporáneos, como Rowboat (Beck), Rusty Cage (Soundgarden), Spiritual (Spain) y Southern Accents (Petty), que llevaba perfectamente a su terreno. Lo mismo hacía con canciones más añejas, como la dramática Sea Of Heartbreak (Don Gibson), la retro The One Rose (Jimmie Rodgers), la blues Memories Are Made Of This (Dean Martin), la plegaria The Kneeling Drunkard’s Plea (Carter Family) y las trotonas I Never Picked Cotton (Roy Clark) y I’Ve Been Everywhere (Hank Snow).

American III: Solitary Man (2000) Uno de los mejores ejemplos de la última etapa de Cash: aunque seguía explorando sus temas característicos (la muerte, el amor y la fe), recurría a canciones del pop y del rock actual. “Antes de que pueda grabarlas, tengo que escucharlas, cantarlas y saber que puedo hacer sentirlas como mías, o no funcionarán”, decía. Lo cierto es que, en su voz, esas canciones ajenas cobraban una seriedad inusitada, una gravedad que sus autores no llegaron a imaginar. Los elegidos fueron Tom Petty (I Won’t Back Down), U2 (One), Will Oldham (I See A Darkness), Nick Cave (The Mercy Seat), Neil Diamond (Solitary Man) y David Allan Coe –Would You Lay with Me (In A Field Of Stone)–, aunque también escarbó en temas añejos de góspel, vodevil, two step y antiguas composiciones propias. El álbum alternaba los cortes desnudos de Cash con su guitarra, junto a otros donde lo acompañaban invitados como su mujer June, Sheryl Crow, Merle Haggard y los citados Petty y Oldham.

American V: A Hundred Highways (2006) Pocos meses antes de su muerte, Cash volvió a grabar con Rubin. El repertorio fue tan ecléctico como el de los discos anteriores de la serie American. Así, encontramos versiones de Hank Williams (On The Evening Train), Don Gibson (A Legend In My Time), Bruce Springsteen (Further On Up the Road), Gordon Lightfoot (If You Could Read My Mind) y el espiritual God’s Gonna Cut You Down. Además, se incluían dos originales de Cash, Like The 309 –la última canción que compuso, y que hablaba de uno de sus temas preferidos, los trenes– y I Came To Believe, que ya había grabado anteriormente. American V: A Hundred Highways esperó a editarse hasta que pasara todo el boom Cash. Lo que diferenciaba este disco de las reediciones, tributos y recopilaciones era, en palabras de Rubin, que “estas canciones son la declaración final de Johnny, el reflejo más auténtico de la música que era básica para su vida en ese momento: la música que quería que escucháramos”.

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