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Daniel Lanois, ambient con raíces

Daniel Lanois, más que un productor. Foto: David Leyes

Su nombre puede sonar incluso a los oyentes de mainstream, ya que ha trabajado con nombres conocidos por el gran público como Bob Dylan, U2 y Peter Gabriel. Pero también tiene una interesante –y dispar– carrera propia. Recuperamos uno de sus discos en solitario y una de sus mejores producciones para celebrar su nacimiento un día como hoy.

Para entender un álbum como Belladonna (2005) hay que retroceder a los orígenes de Daniel Lanois, cuando empezó su aprendizaje con Brian Eno a principios de los ochenta, y participó en obras como Ambient 4. On Land (1982) y Apollo. Atmospheres & Soundtracks (1983), entre otros. El músico y productor quebequés mezcló en Belladona esa experiencia junto al maestro del ambient con su propia pasión por las texturas del blues, el folk, el country y el góspel.

Tras discos de cantautor –algunos de ellos con influencias del cajun– como su debut Acadie (1989), For The Beauty Of Wynona (1993) y Shine (2003), Lanois nos entregó una obra íntegramente instrumental. Su intención era clara: permitir al oyente usar su imaginación y construir su propio escenario, “hacer su propia película”. Y es que Belladonna era precisamente eso: una banda sonora de un filme inexistente, un viaje por la inquietante serenidad de los paisajes del sudoeste norteamericano en el que los temas cobraban sentido en su conjunto.

Acostumbrados a sus producciones para gente tan diversa como U2, The Neville Brothers, Willie Nelson, Robbie Robertson y Emmylou Harris, el sonido etéreo de Lanois es fácilmente reconocible, y aquí fue llevado a sus últimas consecuencias con una serie de composiciones lánguidas construidas en torno a la fantasmal pedal steel protagonista. En palabras del músico, “me gusta el misterio de la oscuridad y luego la belleza representada por la steel. Te da un rayo de esperanza”.

Aunque a la primera escucha podría parecer una colección de relajante americana ambient o americana chill out, el disco ocultaba densas texturas a veces oscurecidas con ruidos y notas discordantes, con sutiles turbulencias (como en Telco, con efectos que sonaban como armas automáticas y ambulancias).

Otras veces, esas texturas evolucionaban hasta delicadas melodías mexicanas (la fronteriza Agave, de sabor mariachi con metales, como unos Calexico con Trankimazín), bellezas folk (Desert Rose) y latidos dub-reggae (Frozen).

Aunque Lanois era el rey de la función con su pedal steel, se acompañó de un grupo de colaboradores habituales, como el teclista y guitarrista Malcolm Burn, el batería Brian Blade, el cantante y bajista Daryl Johnson, el pianista de jazz Brad Mehldau y el trompetista Gilbert Castellanos.

La belladona es una planta narcótica utilizada en medicina que, en dosis altas, puede resultar nociva. Y no es casual que Daniel Lanois titulara así su trabajo: a ratos podía resultar relajante, pero a larga podía crear una peligrosa adicción.

Deconstruyendo a Willie Nelson

A los 65 años, Willie Nelson se reinventó en Teatro (1998) gracias a Daniel Lanois, el productor que reanimó las carreras de Emmylou Harris y Bob Dylan.

Grabado en un antiguo cine, el álbum se zambullía en sonidos atmosféricos, sobre una base de percusiones dobladas (con Tony Mangurian y Victor Indrizzo), armónica (Mickey Raphael), piano y vibráfono (el jazzman Brad Mehldau), órgano (Malcolm Burn), congas (Cyril Neville), la quebrada guitarra del propio Nelson y el respaldo de la angelical voz de Emmylou Harris.

Sin perder un ápice de su característica voz, Nelson reconstruía piezas propias escritas en los sesenta, una época en la que parió algunas de las letras más brillantes del country, tremendistas canciones de amor desgarrado. Lanois sometía estos viejos temas a un tratamiento de choque, marcado por ritmos latinos (I Never Cared For You) y criollos (ese Three Days se diría que firmado por Professor Longhair), y no renunciaba al lamento western swing (I’ve Just Destroyed The World), al jazz de crooner decadente (Home Motel) ni a los ambientes fantasmales (I Just Can’t Let You Say Good-Bye).

Aunque en sus nuevas composiciones potenciaba el ramalazo latino (Annie, Everywhere I Go) y mantenía su maestría con las baladas (Somebody Pick Up My Pieces), Willie se atrevía también a homenajear a Django Reinhardt (Ou es-tu, mon amour?) y, cómo no, al mismo Lanois (The Maker, un tema de su debut como solista Acadie, de 1989).

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