memorias

El círculo de confianza de Jack Byrnes

No es ningún secreto: la vida del periodista es dura. Y si te dedicas a la cultura, aún más. Y si estás especializado en música, ni te cuento. Y si te gustan los estilos fuera del mainstream, estás perdido. Y si no comulgas con las opiniones generalizadas, muy mal. Y si ya no eres joven, entonces ya tienes todas las papeletas para caer en el olvido y ser sustituido por gente sin talento… a no ser que pertenezcas al grupo de los elegidos.

En una entrevista en el programa Telemonegal, Eleuterio Sánchez El Lute explicaba que siempre que lo llaman para ir a la televisión es para hablar de delincuencia, como si lo hubieran encasillado en un rol que le impide dar su opinión sobre cualquier otro tema.

Esto demuestra que, en general, los medios de comunicación, las instituciones y los organizadores de cualquier evento cultural o lúdico siempre piensan en las mismas personas cuando buscan gente para hablar o para hacer algo. Evidentemente, me refiero en concreto al tema musical, pero también sería aplicable al cinematográfico y al teatral, por poner otros ejemplos.

No me gustaría hablar de mafia, porque la cosa no funciona exactamente así: evidentemente, no hay un capo o un “jefe de jefes” (en terminología del narcorrido de Los Tigres del Norte) que mueva los hilos, no hay una estructura de capitanes y todas las jerarquías habituales de la Cosa Nostra. No. Más bien hablaríamos de lo que yo denomino “el círculo de confianza de Jack Byrnes”.

Esta expresión está sacada de la divertida película Meet The Parents (Jay Roach, 2000), traducida aquí como Los padres de ella, donde Robert De Niro interpreta a Jack Byrnes, un antiguo agente de la CIA que no se fía del prometido de su hija (Ben Stiller). En un momento determinado, le habla de lo que llama “el círculo de confianza” y de la importancia que supone pertenecer a él.

La forma de funcionamiento de la prensa musical tiene alguna relación con este círculo de confianza. Círculo, porque es una comunidad a menudo cerrada y reacia a admitir a nuevos socios si no aceptas sus normas. Un ejemplo muy característico lo viví en muchas ocasiones en Zeleste, hoy Razzmatazz.

Esta sala disponía de lo que llamábamos “privado”, un espacio con bar donde antes, durante y después del concierto se reunían los periodistas a comentar la jugada. El resultado de ello era que, dos días después, cuando se publicaban las críticas en los periódicos, casi todas decían lo mismo, como si durante aquellas reuniones en el privado se hubieran acordado las líneas generales de lo que se tenía que explicar.

Naturalmente, aunque frecuentaba este ambiente, entre mi timidez y mi condición de pequeño salvaje poco habituado a la vida social no quise entrar nunca en este tipo de corrillo. Mis críticas raramente coincidían con lo que decían las demás, cuando no eran radicalmente opuestas. Por ello, nunca fui aceptado del todo en este círculo de confianza y se me veía (AÚN se me ve) como una rara avis.

El principal efecto de este funcionamiento de la prensa musical es que los componentes del círculo se reparten todo el pastel. Esto quiere decir que siempre ves las mismas caras y los mismos nombres en programas de televisión, conferencias, cursos y festivales. Los encuentras como jurados de concursos, expertos en cualquier tema musical de actualidad (o no), prologuistas, locutores de radio, ponentes en congresos, responsables de la programación artística de fiestas mayores, autores de libros e incluso como DJs.

Y lo peor: no hablamos únicamente de periodistas, sino incluso de cantantes y músicos que todos conocemos (no hace falta decir nombres) que ejercen como tales –a mí no se me ocurriría nunca hacer lo contrario–. A ver, no tengo nada en contra de ellos, pero no es lo mismo que lo haga Elvis Costello que, siento decirlo, Alaska, Miqui Puig o Lluís Gavaldà (vaya, ya lo he dicho).

Hay dos cosas que me molestan especialmente de estos personajes:

1 Normalmente tienen trabajo fijo en medios de comunicación importantes (periódicos, televisión) o viven de otra profesión totalmente distinta y cobran un buen sueldo y, como si no tuvieran bastante, los encuentras colaborando en mil lugares, desarrollando tareas que podrían hacer otros (entre los que me incluyo) que no tienen sus contactos, no pertenecen al círculo o, simplemente, no son tan “sociables”.

2 Estoy harto de cruzármelos y que me pregunten “¿cómo la vida?”, Para añadir a continuación que son “malos tiempos para la lírica” (ahora, más que nunca) y para hacerse las víctimas. Eso sí, siempre encogen los hombros y te dicen “la cosa está muy chunga”, pero ellos a cobrar de los mil lugares donde colaboran.

En 2007 me encontré con una situación ilustrativa de todo esto que explico. La Biblioteca Vapor Vell de Barcelona, ​​especializada en música, organiza hace tiempo un ciclo llamado Music Spy Club que consiste en lo siguiente: un día al mes, un crítico –o un músico– presenta las que para él son las diez mejores canciones de los últimos meses. Es pues una sesión de audición con comentarios de la persona que ha hecho la selección.

Siempre ves las mismas caras y los mismos nombres en programas de televisión, conferencias, cursos y festivales. Los encuentras como jurados de concursos, expertos en cualquier tema musical de actualidad (o no), prologuistas, locutores de radio, ponentes en congresos, responsables de la programación artística de fiestas mayores, autores de libros e incluso como DJs

Lo descubrí casualmente en un flyer en la tienda Disco 100, donde antes iba a comprar material. Como es habitual, los nombres de los que participaban eran los de siempre. Así que, ni corto ni perezoso, decidí enviar un mail a los organizadores donde, a estas alturas de la película, cuando ya llevaba más de veinte años dedicado a esto, me presentaba, resumía mi currículum y expresaba mi interés por participar en una futura edición del ciclo.

De forma inesperada, los responsables del Music Spy Club me respondieron con un amable mail donde, básicamente, agradecían mi interés por su iniciativa, y aseguraban que me leían en Rockdelux. Y nada más, porque un año después volvieron a organizar otra edición del ciclo y volvieron a caer en la trampa de los mismos nombres de siempre. Trece años después, todavía estoy esperando que me digan algo… Es más, a lo largo del tiempo que ha pasado he visto que han participado periodistas musicales que no llevaban ni dos años ejerciendo.

Una de las pocas veces que participé en uno de estos “bolos” de los que viven los cuatro acaparadores de siempre fue en FNAC. A través de Rockdelux, me llamaron de la tienda por si quería hacer la presentación del saxofonista Maceo Parker. La historia es que el músico norteamericano venía con motivo de la edición de su disco School’s In! (2005), y querían a alguien que lo presentara con una introducción y le hiciera una pequeña entrevista de cara al público del auditorio del FNAC Triangle.

Acepté, y preparar toda la historia me llevó unas diez horas: escuchar el disco, escribir la presentación, redactar las preguntas de la entrevista, etc. Creo que el resultado fue bastante bueno. Sólo una pega: no vi ni un euro. No es que sea un pesetero, pero aquellas diez horas de trabajo las habría podido aprovechar haciendo otras cosas remuneradas. Como mínimo, me esperaba un cheque regalo para comprar en FNAC, pero ni eso. Gracias y poco más.

Insisto, no se trata de un asunto de dinero, pero sí de dignidad profesional: preparé la entrevista tan rigurosamente como si me la fueran a publicar, escuché el disco con atención… Creo que, si todo esto no se valora, vamos mal. Pensé que tal vez el problema había sido mío, al no plantear el tema cuando me hicieron la propuesta. Pero lo daba por supuesto, y creí que se hablaría después. ¿Habría hecho la presentación si hubiera sabido que era por la cara? Posiblemente, no. Como ya he dicho, la vida del periodista es dura, y no puedes regalar tu talento y tu trabajo alegremente… y menos cuando llevas tantos años. Otra cosa es si eres un becario o acabas de empezar.

Después del cierre de Rockdelux me he encontrado con varias personas que me decían aquello tan manido de “con tu talento y tu experiencia no tendrás problemas en encontrar trabajo pronto”. Me imagino que se referían a lo que ocurriría en otros países. Porque han pasado casi cinco meses, y después de enviar bastantes currículums e incluso de presentar proyectos de varios programas de radio, sigo en el paro

Otra experiencia –en este caso más placentera– fue mi participación en una de las actividades paralelas de la exposición Black Is Beltza (en el Arts Santa Mònica de Barcelona) que Fermin Muguruza organizó en 2016. En este caso, no tengo ninguna queja, y me pareció de recibo que, para hablar de la música de Nueva Orleans, pensara en mí, y más si tenemos en cuenta que el artista irundarra ya me propuso escribir el texto promocional de su CD/DVD Irun Meets New Orleans/NOLA? (2015). Si hubiera llamado a otro de los “habituales” me habría molestado, sobre todo porque llevaba cierto tiempo con el proyecto de Ciudad Criolla.

Ya sé que muchos pensarán que todo este artículo es una pataleta, pero, sinceramente, es muy frustrante, cuando llevas trabajando en esto la friolera de treinta y cinco años, que se dice rápido –desde que empecé como crítico en el periódico Avui–, ver cómo otros que no tienen ni la mitad de tu talento –siento la inmodestia–, que no saben ni escribir correctamente –y de esto doy fe, después de editar (aunque mejor sería decir “arreglar de forma milagrosa”) textos durante casi doce años– y que tienen unos gustos musicales “discutibles”, colaboran en medios importantes, participan en espacios de radio y televisión, dirigen emisoras, programan festivales y son considerados “referentes”.

Después del cierre de Rockdelux me he encontrado con varias personas que me decían aquello tan manido –aunque me consta que lo hacían con buena intención– de “con tu talento y tu experiencia no tendrás problemas en encontrar trabajo pronto”. Me imagino que se referían a lo que ocurriría en otros países. Porque han pasado casi cinco meses, y después de enviar bastantes currículums e incluso de presentar proyectos de varios programas de radio, sigo en el paro.

Una lectura que podría hacerse –creo que bastante real– es que los contratadores prefieren a los jóvenes. Mirad, por ejemplo, el “excelso” plantel de Radio Primavera Sound, lleno de jovencilles inexpertes (la denominación neutra es intencionada, porque es como a ellos les gusta exhibir su ridícula política de géneros) y manipulables que no se sabe muy bien de dónde han salido, y cuya única razón de ser es el patético intento de una empresa por querer estar a la moda –uno de los motivos, entre otros, que llevó a Rockdelux al fracaso, al perder a parte de su público histórico al meter con calzador a “estrellas” del trap–.

Más o menos todo el mundo conoce o ha oído hablar de “la teoría de los seis grados de separación”, conocida popularmente como “la teoría de Kevin Bacon”, que establece vínculos entre personas muy diversas e incluso separadas por miles de kilómetros. Pero creo que la del círculo de confianza de Jack Byrnes explica mucho mejor cómo funciona este mundo profesional.

Y si alguien no está de acuerdo, que me lo rebata.

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