cine y TV

¿Ficción? en tiempos de pandemia

La COVID-19, presente en “S.W.A.T. Los hombres de Harrelson”

Es obvio que la COVID-19 ha alterado todos los ámbitos de la vida, para entrar en eso que eufemísticamente han denominado como “nueva normalidad” y que tiene trazas de haber llegado para quedarse una larga temporada. Pero ¿hasta qué punto debe influir en obras de ficción de la televisión y del cine?

De la misma forma que ahora una serie o una película ambientadas, por ejemplo, en una época –o incluso en una fecha– determinada como la década de los sesenta intentan recrear con todo lujo de detalles –vestuario, vehículos, música, etcétera: pensemos, por ejemplo, en la modélica Gambito de dama (2020)– ese momento temporal concreto, cuando en el futuro se planteen producciones cuya acción transcurra en 2020 será inevitable que la pandemia aparezca.

Aparte de las más que seguras historias tipo Chernóbil que intentarán explicar lo que ha pasado –ya sea de manera más seria y rigurosa, en plan telefilme llorica de tarde de Antena 3 o como un blockbuster de Michael Bay– , estoy convencido de que, por ejemplo, el día que Cuéntame cómo pasó llegue a este fatídico año, veremos a los Alcántara luciendo mascarillas y al páter familias Antonio intentando sacar tajada para aprovechar la coyuntura con alguno de sus negocios.

Pero ¿y las series y películas actuales, las que se ruedan en 2020 y 2021 (año en el que con toda seguridad estaremos igual o peor)? ¿También debemos acostumbrarnos a ver a sus personajes con mascarillas, distancia, jabón y todo lo demás? Es discutible, y depende del caso.

“Gambito de dama”: perfecta reconstrucción de época

Ya he dicho por aquí en alguna ocasión –o, si no, lo he pensado– que, como consumidor de series televisivas, además de las que tienen una calidad por encima del estándar –la antes citada Gambito de dama, Ratched, Antidisturbios y muchas más–, me gusta ver otras que yo denomino guilty pleasures, porque me sirven para divertirme y pasar el rato, sin más.

Entre estos placeres culpables se encuentra S.W.A.T. Los hombres de Harrelson (desde 2017), una actualización políticamente correcta de la serie de los años setenta y que tiene su punto de partida en la adaptación cinematográfica dirigida en 2003 por Clark Johnson. Para resumir, ahora Harrelson es afroamericano, su superior es una mujer, en el equipo hay una chica bisexual y hay una especial sensibilización por temas candentes como los disturbios raciales.

La semana pasada AXN estrenó la cuarta temporada, y en el resumen del segundo capítulo, por ejemplo, se leía lo siguiente: “A medida que el COVID-19 cambia su vida personal y profesional, el equipo trabaja para localizar a un líder checheno que puede estar escondido en Los Ángeles”.

Esto se traduce en el uso de mascarillas por parte de los agentes, la referencia a las pruebas para saber si estás contagiado, la persecución de “delincuentes” que trafican con papel higiénico, el confinamiento y las videoconferencias en el trabajo o en la vida personal. Por no hablar del elemento más evidente: la distancia. Así, abundan los planos generales en los que se constata la separación de más de un metro entre los personajes.

En una serie con pretensiones realistas como S.W.A.T., que también ha integrado en su trama las protestas del Black Lives Matter, la presencia de la pandemia es aceptable –aunque no deja de resultar chocante e incluso irritante–, de la misma forma que lo es en las nuevas temporadas de producciones de temática médica como Anatomía de Grey y The Good Doctor.

“La valla”: demasiadas coincidencias

Pero volvamos al titular de este artículo, ¿Ficción? en tiempos de pandemia. La Real Academia Española define ficción como “clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios”.

No lo olvidemos, la ficción debe preservar su rasgo primordial: crear mundos (realísticos o no) que nos abran la imaginación y, sobre todo, nos hagan olvidar la triste existencia que nos ha tocado vivir. Es decir, hay que reivindicar ante todo su carácter evasivo y lúdico.

Por eso, en estos momentos no me apetece ver ni series ni películas sobre pandemias –sigo a regañadientes La valla (2020), porque me parece interesante, pese a ser sospechosamente visionaria: allí la enfermedad se denomina noravirus, la pobreza está arraigada entre la población, el poder es cada vez más autoritario con toques de queda y controles policiales… ¿os suena?–, sino cosas con las que pueda evadirme.

Así que, en las próximas temporadas de The Umbrella Academy, The Boys, Cobra Kai, La monja guerrera y muchas más que estoy siguiendo, espero no ver ninguna mención a la jodida COVID-19… entre otras cosas porque plantean realidades alternativas en las que no existe el coronavirus. Y, de la misma forma, tampoco me imagino ver una hipotética nueva temporada de Fleabag con el expresivo rostro de Phoebe Waller-Bridge cubierto por un tapabocas mientras habla con nosotros.

El que quiera ver la realidad, que recurra a los documentales o a los noticiarios –aunque, en más de una ocasión, la veracidad de estos es discutible–. Dejadnos a los demás huir de ella sumergiéndonos en los mundos de ficción.

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