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Johnny Winter, mejor desenchufado

Albino y tatuado, representaba lo mejor de la guitarra blues moderna de Texas, siguiendo el camino iniciado por T-Bone Walker y Clarence Gatemouth Brown, perpetuado después por Albert Collins y Freddie King, y a continuación por los hermanos Stevie Ray y Jimmie Vaughan. En el día de su nacimiento, explico mis sentimientos encontrados hacia su figura.

En general, los músicos que me gustan suelen convencerme al cien por cien; es decir, no encuentro fisuras en su estilo ni disonancias entre sus grabaciones y sus conciertos. Pero mi opinión sobre Johnny Winter –nacido como John Dawson Winter III el 23 de febrero de 1944 en Beaumont (Texas) y fallecido el 16 de julio de 2014– es totalmente contradictoria.

Me gustaban sus discos, sobre todo la trilogía que grabó en Alligator –Guitar Slinger (1984), Serious Business (1985) y, especialmente, 3rd Degree (1986), con Dr. John, que incluía, además, un par de temas acústicos interpretados con una National– y, aún más, sus dos álbumes para Pointblank –Let Me In (1991) y mi preferido, Hey, Where’s Your Brother? (1992), donde incidía en su faceta de bluesman acústico-.

Sin embargo, en directo –lo vi, al menos, en dos ocasiones: como telonero de Robben Ford en el Palau d’Esports de Barcelona el 18 de mayo de 1990, y en el Festival de Blues de Cerdanyola el 8 de mayo de 1993– no me parecía lo mismo.

Su tendencia al heavy-blues acababa por cansarme y echaba de menos esos brillantes remansos acústicos de los álbumes antes citados. Sinceramente, pienso que Winter pretendía satisfacer a sus fans, poco dados a las sutilezas, y quién sabe cómo estos habrían reaccionado si su guitar hero sacara al escenario, de pronto, una National.

Estos sentimientos encontrados sobre el desaparecido guitarrista los reafirmé con su álbum Live In NYC ‘97 (1998). Grabado durante dos noches en el club The Bottom Line, en él Winter mostraba su respeto y gratitud por sus héroes: Freddie King, Elmore James y Muddy Waters.

Live In NYC ‘97 era un fiel reflejo de los conciertos del texano, donde potenciaba el blues de “acoso y derribo” frente a las delicias acústicas con que nos solía sorprender en sus grabaciones en estudio. Dotado de una voz demasiado “blanca”, estaba claro que su fuerte era su digitación veloz.

En formación de trío, con Mark Epstein (bajo) y Tom Compton (batería), Winter pasaba revista a algunos de los temas que lo hicieron famoso: el poderoso instrumental de Freddie King Hideaway; una acerada fusión de Sen-sa-shun y Got My Mojo Working con base funk; el acelerado boogie de Frankie Lee Sims She Likes To Boogie Real Low, donde realmente hacía “cantar” a su instrumento; el slow de Ray Charles Black Jack, y el trepidante Johnny Guitar de Johnny Guitar Watson.

Cuando tocaba la slide, el albino no perdía efectividad, sino todo lo contrario: es lo que ocurría en The Sun Is Shining de Jimmy Reed y en The Sky Is Crying de Elmore James, un tema que hizo popular otro ilustre texano, Stevie Ray Vaughan. La comparación entre ambos es inevitable, y lo que puede decirse a favor de Johnny es que su versión no era ni mejor ni peor, solo diferente.

Winter también salía airoso en el rhythm’n’blues vacilón con influencias de Chuck Berry (el Just A Little Bit de Rosco Gordon), y en el funk de Nueva Orleans (Drop The Bomb, de Snooks Eaglin).

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