conciertos, memorias

El día que me tomaron por Steve Earle

¿Me parezco realmente a él?

Cantautor polémico, activista anti pena de muerte, ex adicto a la heroína, exconvicto, actor y escritor, y profundamente crítico con la política norteamericana, es un artista al que hay que ver en directo, aunque sea una vez en la vida. Pero que tengas que firmar un autógrafo a su nombre, esa es otra historia… y me pasó a mí.

Steve Earle ha actuado en nuestras tierras en varias ocasiones y en formatos diferentes, solo o con banda, acústico o eléctrico, más orientado al folk o al rock. Tuve la suerte de verlo en su primera gira por el estado español en agosto de 2003, que solo pasaba por dos lugares: Sos del Rey Católico (día 14), y Bilbao (el 16).

Aunque estoy enamorado de la capital vizcaína, cuando me enteré de que el cantautor texano venía, decidí ir a Sos, un pequeño pueblo aragonés (no llega a los seiscientos habitantes) que los cinéfilos recordarán porque Luis García Berlanga rodó allí su película La vaquilla (1985).

Pensé que sería mejor (y más autentico) contemplarlo en un lugar tan pintoresco como ese que en una sala de conciertos normal. Además, Steve actuaba en el marco del desaparecido festival Luna Lunera, que reunía a cantautores de todo tipo.

Entrada del inolvidable concierto

Y no me equivoqué. La actuación se celebró a horas razonables, a las once en punto. Y, además, el lugar era una maravilla: al aire libre, con el escenario en un edificio histórico (la Lonja Medieval), gradas para ver el concierto sentado (como se merece un show de estas características), sonido perfecto y una agradable brisa veraniega nocturna.

Earle escogió el camino difícil del cantautor a pelo, con la única compañía de guitarras acústicas, armónica y mandolina. Sorpresa 1: su aspecto físico, con menos kilos, menos pelo, sin barba y con gafas. Sorpresa 2: una excelente forma artística, con una fuerza que convirtió su actuación en la más intensa, honesta y reivindicativa del año.

Abrió con I Feel Alright, una declaración de principios por si alguien aún lo dudaba. Durante esa noche memorable también interpretó Christmas In Washington, Ft Worth Blues (fundida con el Rex’s Blues de Townes Van Zandt), Hometown Blues, Goodbye, Valentine’s Day, John Walker’s Blues, Guitar Town, The Devil’s Right Hand, Copperhead Road y muchas más.

En definitiva, una generosa y representativa muestra de toda su obra, con un brillante despliegue de country, rock, folk y bluegrass como nunca se había visto por estos lares. Y un público entusiasmado (coreando con toda su alma I Ain’t Never Satisfied, suplicando Billy Austin) ante un Steve sorprendido por el fervor de los espectadores.

Su voz de trovador airado resultó más oportuna que nunca. Y, aunque no se prodigó con los discursos, nos bastó su magistral cancionero, su talante comprometido a lo Woody Guthrie del siglo XXI, con el poderío de un Neil Young y el carisma de un Bruce Springsteen.

A los dos días y con idéntico formato, el cantante repetiría en la sala Azkena de Bilbao. En septiembre de ese mismo año, regresó para actuar en el Azkena Rock Festival de Vitoria, esta vez junto con su grupo The Dukes. Como escribió Nando Cruz, “demoledor con el apoyo de sus músicos y escalofriante en formato semiacústico”.

Pero, a parte de poder asistir al inolvidable concierto de Earle, la excursión a Sos del Rey Católico estuvo plagada de jugosas anécdotas. Aquí paso a contaros unas cuantas:

1 El día después de su actuación, al mediodía, Steve paseaba por la plaza del Ayuntamiento de Sos, como perdido, mientras observaba a los niños que jugaban y sonreía. Si no fuera porque sabía quién era, parecía el típico tonto del pueblo.

La casualidad hizo que me encontrara allí con un grupo de amigos, en una mesa del bar de la plaza. Como no quedaba ninguna libre y Earle miraba a la espera de que alguna se vaciara, lo invitamos a sentarnos con nosotros y a tomar algo. Aceptó y pidió un café con leche y agua con gas.

Just An American Boy, el álbum que Earle publicó en 2003

Pudimos conversar con él cerca de una hora, y fue muy interesante. Nos habló de su nuevo CD/DVD –Just An American Boy (2003)–, en el cual se incluía una canción de su hijo, Justin Townes Earle, junto a monólogos sobre política, el bonus que merecía la pena del disco, porque era una especie de grandes éxitos en directo complementario al documental de mismo título de Amos Poe.

Asimismo, nos avanzó la próxima edición de su libro de relatos en castellano –Rosas de redención, publicado por la bilbaína Gamuza Azul en 2005–, momento que aprovechó para quejarse de lo lenta que es en ocasiones la industria editorial.

Se le iluminaron los ojos al mencionar a sus hijos y, en especial, la incipiente –en ese momento: su primer EP, Yuma, no llegaría hasta 2007– carrera musical de Justin Townes, según él, “una maravilla”. “Toca la guitarra mejor que yo, y además es más atractivo”, añadió.

Evidentemente, en esos momentos no podía prever la prematura muerte de su hijo en 2020 a los 38 años. De la tragedia y el dolor surgió un buen álbum, J.T. (2021), en el que Steve recreaba canciones de su vástago.

Momentos felices de Steve con Justin Townes en 1999. Foto: Sara Sharpe

Volviendo a su faceta literaria, nos contó que preparaba una novela –I’ll Never Get Out of This World Alive, publicada en España como No saldré vivo de este mundo (2012), que dio título a un álbum de 2011–, sobre un supuesto médico que acompañaba a Hank Williams (de hecho, confesó que aprovecharía sus días en España para escribir).

No pudo obviar su cambio de aspecto físico: había adelgazado, tenía menos pelo, lucía gafas de diseño moderno y se había afeitado su enorme barba. “Lo hago cada año –confesó–. Pero prometo volver a dejármela crecer”. Y puntualizó que durante esa gira debía actuar en Badalona, aunque finalmente se canceló, mientras recordaba su paso fugaz por Barcelona años atrás, cuando iba camino de Mallorca para ser entrevistado por la BBC.

También evocó su infancia en una ciudad donde la mayoría de la población hablaba castellano, San Antonio, una experiencia de la que le había quedado alguna palabra. Y sus raíces irlandesas, explicando historias de pescadores y la teoría de que un marinero irlandés llegó a América antes que Colón. Según él, encontró el testimonio de este viaje en un diario o un documento similar que se conserva en un museo en Irlanda.

Earle mostró interés por el pueblo de Sos y su arquitectura, y se quejó de tener que actuar al día siguiente a la una de la madrugada en Bilbao (“Me aburro. Además, ya no bebo”). Y claro, no podían faltar sus ideas políticas. Le preguntamos por qué en el concierto dijo que “tuviéramos cuidado con los sindicatos”. Esto dio lugar a una larga explicación en la que destacó la importancia de las asociaciones de consumidores.

En cualquier caso, demostró tener la cabeza muy bien amueblada. Algunos tics nerviosos, como el hecho de encender el mechero de forma compulsiva, eran quizá los últimos rastros de sus adicciones, además de su incontinencia verbal, que me recordó a la de Willy DeVille.

2 El momento freak de la estancia en el pueblo aragonés lo protagonicé yo mismo de forma involuntaria. Tras la actuación, y cuando estaba en un bar reponiendo fuerzas, un individuo un poco bebido me confundió con Earle.

A ver, en esa época yo ya llevaba barba, pero aún no tan larga como cuando pertenecí a los Bearded Villains. Lo más sorprendente era que, aunque la entrada reproducía una foto antigua de un Earle barbudo, si el borracho fue al concierto vería que salió afeitado…

A pesar de que le juré y perjuré que no era él, me hizo firmar el programa como si fuera Steve, porque, según me dijo, estaba en juego su ligue de esa noche. Así que estampé un autógrafo como imaginaba que podría hacerlo el texano. Más tarde, vi al tipo ebrio acompañado de una rubia. Al menos mi pequeña mentira le sirvió de algo.

Insisto: ¿me pueden confundir con Steve?

3 Más momentos freak: la mañana del día del concierto, cerca de la Lonja Medieval, deambulaba un tipo de aspecto muy parecido al Earle de las últimas fotos de esa época (barbudo, barrigudo…), tambaleándose como si estuviera tocado por algún tipo de sustancia. Naturalmente, no era él, sino otro doble involuntario, quien, por cierto, acudió a la actuación como espectador.

4 Loquillo vio el concierto de Earle en el backstage y después se hizo las fotos de rigor junto al norteamericano. Que nadie piense mal: el Loco estaba en Sos para participar en el festival Luna Lunera. Y, por otra parte, decía mucho a su favor verlo como espectador.

Años después, se lo comenté en una entrevista y me enteré de que lo organizó su oficina. “Era una apuesta por un festival diferente. Antes de que todos estos artistas tipo Quique González lo descubrieran, yo lo conocí en Nashville en 1993. Traerlo, verlo tocar él solo… y ya fue brutal cuando le pedí el autógrafo para el chapter de Hell’s Angels de aquí”, contó el del Clot.

5 Y, para terminar, una anécdota digna de película de Berlanga: Earle y su equipo se alojaban en el Parador Nacional de Sos (donde, por cierto, también pernocté yo). En la recepción, un guardia civil (¿el único del pueblo?) se quejaba de que el coche del “grupo de rock” (sic) obstaculizaba el paso, y que tenían que avisarlos para que lo retiraran. España profunda forever.

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