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Mark Eitzel, el elogio del perdedor

Entre copa y copa. Ilustración: ChatGPT

Una nueva entrega de la sección dedicada a los álbumes que este año cumplen los treinta. En esta ocasión le toca al cantautor norteamericano exlíder de American Music Club, con el disco que lo encumbró como crooner de los bares llenos de humo y alcohol.

El paraíso de los perdedores tenía un nuevo inquilino. Después de remover conciencias al frente de American Music Club, Mark Eitzel ya podía ostentar con propiedad su título de crooner crepuscular. Songs of Love Live (1991) fue el primer aviso de este descenso hacia la más soberbia de las melancolías.

Con 60 Watt Silver Lining (1996) encontró un terreno abonado para sus susurros llenos de confidencias. Así, no le caían los anillos al reconocer que “nunca podría escribir una canción mejor” al referirse al No Easy Way Down de Carole King, la única versión del álbum, que hacía totalmente suya cuando recitaba “no es nada fácil cuando cada camino que tomas es un error más”. 

Luego, nos engañaba en Sacred Heart, escrita en una gira de American Music Club “en una noche estúpida, buscando algo sin encontrarlo”: nos distraía con un ritmo más alegre a lo Prefab Sprout para concluir con un desesperado “siempre estoy solo y no quiero estarlo siempre”. Y volvía a la sinceridad con Always Turn Away, un tema que “Abba podría haber hecho mucho mejor”.

Eitzel contaba con el elegante colchón instrumental proporcionado por un versátil cuarteto, integrado por Danny Pearson (contrabajo, mandolina), Simone White (batería), Bruce Kaphan (piano, pedal steel, bajo y órgano) y, sobre todo, Mark Isham (trompeta).

Portada del álbum que cumple tres décadas

Este llenaba de sensibilidad jazzística canciones como Cleopatra Jones (“un tributo a un par de filmes y a una mujer que conocí en un bar”) y Saved (“un homenaje a Burt Bacharach que quiero que interprete Barbra Streisand”, con frases lapidarias: “Un corazón vacío es como una casa vacía llena de viejos fantasmas”).

Una atmósfera llena de humo y alcohol, que encontraba su razón de ser en los tugurios, como los descritos en Mission Rock Resort (“un bar de San Francisco que los yuppies se cargaron”, con el sonido de unos Blue Nile acústicos), o en Some Bartenders Have the Gift of Pardon (“un tributo a los diez años gastando tiempo y dinero en un bar”). 

Nos referimos a esos bares ideales, donde el camarero es un confidente al que puedes contar tus secretos más inconfesables e íntimos, que el director Alan Rudolph retrataba en películas como Elígeme (Choose Me, 1984) e Inquietudes (Trouble in Mind, 1985), esta última, por cierto, con banda sonora de Isham.

Eitzel tenía más razón que un santo cuando contaba que “un bar tiene una historia más larga que un país”, para encarnar a ese típico bebedor solitario que observa a la clientela sin perder la compostura, mientras espera a que el local cierre tras horas y horas de barullo.

Pero el cantautor afincado en California no era un observador distante, sino que teñía su voz de languidez y sentimiento propios de un soulman (Southend on Sea), para convertir así sus palabras en plegarias murmuradas.

Ser un perdedor también tiene su encanto, y más aún cuando te acompañan los lamentos de Mark Eitzel, entre copa y copa, entre sollozo y sollozo. 

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