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Los tesoros predilectos de Dolly Parton

Dolly y sus canciones favoritas de los sesenta y los setenta. Ilustración: ChatGPT

La reciente desaparición (25 de agosto) de la legendaria cantante ha provocado el cambio de la nueva entrega de los álbumes que este año cumplen los 30. Así que hoy le toca a Treasures, uno de los discos en los que abordó con solvencia versiones ajenas, y de paso contamos más detalles de la diva del country.

Más allá de su aspecto de barbie —ella se rio de eso en su disco Backwoods Barbie (2008)—, Dolly Parton (1946-2026) era una artista que sobrevivió al country-pop empalagoso de los setenta y los ochenta (del que fue una de sus máximas representantes, junto con otros como Kenny Rogers), y consiguió reorientar su carrera ya pasada la cincuentena.

Niña prodigio (grabó su primera canción a los 13), partenaire de consagrados (formó pareja artística con Porter Wagoner hasta 1974), compositora, instrumentista, actriz, productora de cine y televisión, propietaria de un parque temático (Dollywood) y filántropa, la “Mae West hillbilly”, como fue descrita en una ocasión, era toda una superestrella, con más de sesenta y cinco álbumes y fama internacional. 

Pero eso no le quitaba méritos a Treasures (1996), un álbum ambicioso donde rendía tributo a sus canciones favoritas. En él, Dolly parecía tener cierta predilección por los temas de los años sesenta y setenta: por ejemplo, el Peace Train de Cat Stevens (en una efectiva mezcla de country con los cantos africanos de Ladysmith Black Mambazo). 

También adaptaba el After the Goldrush de Neil Young (en una versión angelical con los coros de Alison Krauss y Suzanne Cox) y el Just When I Needed You Most de Randy Vanwarmer (junto a John Sebastian, ex-Lovin’ Spoonful), aunque también recurría a material más reciente, como el popular Walking on Sunshine de Katrina & The Waves.

Rebuscando entre los tesoros musicales

Sin embargo, su siempre dulce voz no olvidaba las canciones más próximas al género que le dio el éxito: el Today I Started Loving You Again de Merle Haggard (con John Popper, el cantante y armonicista de Blues Traveller) y el Before the Next Teardrop Falls de Freddy Fender (un gran temazo fronterizo con la voz y el acordeón tex-mex de David Hidalgo de Los Lobos). 

Y no eran las únicas: el For The Good Times de Kris Kristofferson (absolutamente delicioso, con su toque jazzístico), y otros clásicos como Behind Closed Doors de Charlie Rich (con el mítico pianista Hargus Pig Robbins) y Don’t Let Me Cross Over de Carl Butler and Pearl (con el fallecido Raul Malo, de los Mavericks).

Aunque parecía concebido como una especie de venganza después de que Whitney Houston triunfara en el filme El guardaespaldas (1992) con I Will Always Love You, una vieja canción que Dolly escribió y publicó en 1974 para despedirse de su mentor Porter Wagoner, Treasures merecía ser apreciado por muchos motivos.

Tras este disco, la —esta sí— ambición rubia iniciaría su retorno a las raíces y a la melancolía acústica de los Apalaches: primero con Hungry Again (1998), preámbulo de una trilogía bluegrass editada por el sello Sugar Hill e iniciada con el aclamado The Grass Is Blue (1999) —podéis leer la crítica aquí—.

Lo seguirían Little Sparrow (2001), con un puñado de apasionados virtuosos (Alison Krauss, Jerry Douglas, Stuart Duncan, Bryan Sutton…). Entre mandolinas, banjos y violines, su voz sonaba más cristalina que nunca en este álbum en el que incluso se atrevía a cantar a capela (The Beautiful Lie) y a reinventar a Cole Porter (I Get A Kick Out of You).

Halos & Horns (2002) cerraba la trilogía, esta vez con un acento en los temas espirituales con ecos góspel, sin renunciar a las baladas bucólicas ni a los desenfrenos de bluegrass acelerado, para lucimiento de su numerosa nueva banda, The Blueniques

Al virtuosismo instrumental y la riqueza de voces se sumaban dos sorpresas: las versiones de If (un hit de los setenta del grupo Bread) y, sobre todo, el inesperado Stairway to Heaven de Led Zeppelin en clave acústica, con base instrumental de dobro, banjo, mandolina, guitarra, violín y contrabajo.

Esta tríada alimentó parte del repertorio del DVD y CD doble en directo Live And Well (2004), grabado en 2002 durante Halos & Horns Tour, su primera gira nacional en más de diez años. Esa circunstancia, con el añadido de la banda que la acompañaba, The Blueniques (con banjo, mandolina, guitarras acústicas, contrabajo y violín), nos aseguraba a una Dolly pletórica. 

Ya desde la apertura —los dos clásicos del bluegrass Orange Blossom Special de Ervin T. Rouse y Train, Train de Shorty Medlocke — quedaba claro por dónde iban los tiros: arreglos acústicos y armonías vocales para una sucesión de bluegrass acelerado, valses, aires irlandeses (We Irish) y alguna versión (After the Gold Rush, If, Stairway to Heaven). 

Parton no solo demostró la calidad de su cancionero reciente, sino que recuperó canciones del old country más entrañable —Rocky Top (el hit de Felice & Boudleaux Bryant), My Tennessee Mountain Home, Coat of Many Colors—, actualizó éxitos reconvertidos al bluegrass (de Jolene a 9 to 5), y se permitió un set a capela antes de cerrar con, claro, I Will Always Love You.

Después de la etapa montañera, Dolly grabó muchos más discos: el patriótico For God and Country (2003), el —de nuevo— bluegrass Those Were the Days (2005, otra colección de covers), el antes citado Backwoods Barbie (su regreso al country-pop), el intencionadamente sencillo Pure & Simple (2016) y el literario Run, Rose, Run (2022), entre muchos otros.

Su última grabación en estudio fue la peor: Rockstar (2023), un doble de versiones de artistas muy dispares (la Credence, los Stones, Blondie, Lynyrd Skynyrd… incluso Prince). El problema no era el repertorio —aunque a veces era demasiado sobado—, sino que, en lugar de seguir el ejemplo de Johnny Cash con las crudas adaptaciones en su etapa final, jugó a ser estrella del rock mimético, y, siento decirlo, decepcionó.

Por suerte, en 2024 nos dejó otro disco doble, este sí magnífico, acreditado como “Dolly Parton & Family” y titulado Smoky Mountain DNA. Family, Faith and Fables, en el que cinco generaciones musicales de su dinastía aportaban su granito de arena a una especie de crónica familiar a lo largo de casi una cuarentena de temas. 

El ambicioso y espléndido proyecto incluía canciones escritas sobre la niñez de Dolly, sus padres, tíos, hermanos y hermanas y sobrinos, algunas compuestas por la cantante y otras por sus propios protagonistas, e incluso recuperaba las voces de archivo de parientes ya fallecidos.

Sin duda, este trabajo tan especial —y, sin embargo, me temo que tan absolutamente desconocido y poco divulgado en nuestro país— habría sido la última obra con la que Dolly Parton se sentiría más a gusto, por su carácter tan personal y familiar. 

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