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Dale Watson, a real country song

Se ha mantenido fiel a sus ideales, plasmados en un himno como Nashville Rash, su crítica a la mediocridad que azota la industria del country contemporáneo. Abanderado de la tradición pura lejos del contagio pop, ha construido una modélica y prolífica carrera, apoyado por una excelente voz que parece concebida para interpretar honky tonk. En el día de su nacimiento recordamos algunos hitos de su obra.

Cantante, guitarrista, compositor, actor y escritor, Dale Watson nació el 7 de octubre de 1962 en Birmingham, Alabama, aunque ha forjado su carrera en Texas, en la ciudad de Austin en concreto. Se le considera el máximo representante del ameripolitan, un estilo que abarca cuatro subcategorías –western swing, honky tonk, rockabilly y outlaw– y que fue establecido por artistas que, como él, defienden formatos influidos por las raíces tradicionales para diferenciarse del country-pop mainstream.

Watson empezó a componer sus canciones a los 12 años e hizo su primera grabación a los 14. Pronto se emancipó y de día iba al instituto y por la noche actuaba en el circuito de clubes de Houston.

Se trasladó a Los Ángeles en 1988, grabó dos singles para Curb Records –One Tear At A Time (1990) y You Pour It On And I Pour It Down (1991)– y en 1993 apareció en el tercer volumen del recopilatorio A Town South Of Bakersfield. Poco después se trasladó a Nashville, donde se dedicó a componer, pero pronto vio que no encajaba en ese ambiente.

Volvió a Austin, donde formó la banda The Lone Stars. En 1995 publicó su álbum de debut, Cheatin’ Heart Attack, “demasiado country para el country actual”, como reconocía en la canción Nashville Rash. En su voz portentosa se cruzaba la potencia de Tom Jones con la profundidad de Johnny Cash.

Por eso Watson se sentía especialmente cómodo con el western swing (Texas Boogie), las postales costumbristas (South Of Round Rock, Texas evocaba sus mujeres, su hospitalidad y su música), las raíces más austeras (Holes In The Wall), las penas ahogadas en bourbon (You Lie) y el honky tonk hardcore (Wine, Wine, Wine y Don’t Be Angry).

Blessed Or Damned (1996), su segunda entrega, lo consagró como una de las cabezas visibles de esa generación de neotradicionalistas de Texas que luchan por recuperar el alma del género, y que usan la munición más fuerte pero menos violenta: verdaderas canciones country, con la temática clásica y un sonido que recrea los estilos de los cincuenta sin parecer acartonado, sino sorprendentemente fresco.

Watson reincidía así en su cruzada particular: la reivindicación del country puro (A Real Country Song era una reflexión donde echaba de menos las emisoras que programaban a Bob Wills y George Jones), la sacralización de esos templos del placer llamados honky tonks (Honkiest Tonkiest Beer Joint), la mítica del camión y los espacios abiertos (Truckin’ Man y Truckstop In La Grange), la traición amorosa (Everyone Knew But Me) y las loas a Texas (That’s What I Like About Texas, junto con el veterano Johnny Bush).

Musicalmente, en Blessed Or Damned no había grandes sorpresas: honky tonk, western swing (Poor Baby), baladas que ya parecían clásicos (It’s Over Again), valses texanos y folk. Y como es costumbre, Dale cantaba con autoridad, evocando con su voz cálida y profunda a un joven Merle Haggard, y poniéndose a veces en la piel del Elvis más íntimo (Blessed Or Damned) o más espectacular (Fly Away).

El siguiente álbum, I Hate These Songs (1997), siguió la misma línea, mientras que The Truckin’ Sessions (1998) estaba dedicado íntegramente al subgénero del rig rock, las canciones sobre camiones y camioneros. Después vendría People I’ve Known, Places I’ve Been (1999).

Tras la muerte de su novia Terri Herbert en un accidente de coche en 2000, se sumió en la autodestrucción –con un intento de suicidio, las consultas a la ouija y los delirios que incluían la lucha contra Satán, algo que narró el documental Crazy Again (Zalman King, 2006)–, para acabar una temporadita en una institución mental.

Pero la tragedia lo llevó también a escribir una colección de canciones sobre la mujer que amó y que publicó en Every Song I Write Is For You (2001). Dale introdujo elementos que nunca había usado antes: metales, cuerdas, arreglos atmosféricos y un sonido que recordaba al swing melancólico y relajado de Merle Haggard.

Tras un período sin grabar, con One More Once More (2003) se desvió del country hardcore para rendir un homenaje a las influencias de Dean Martin, Frank Sinatra, Nat King Cole y Bob Wills. Por eso llevaba el subtítulo de “Dale Watson’s Honky Tonk Swing Album”.

En lugar de recurrir al sonido de big band del western swing creado por Wills, Watson utilizó una pequeña formación en la que brillaba el protagonismo del piano (Floyd Domino), el trombón (Jon Blondell) y, cómo no, la pedal steel (Ricky Davis), para arropar su excelente y apasionada voz profunda.

Lejos de imitar a sus influencias, creó un híbrido que se acercaba al swing y al blues, pero no perdía las raíces country. En Once More (con su diálogo con el camarero y su final apoteósico) y en el vacilón So Glad You’re Mine recuperaba el desparpajo y la ironía de Martin, mientras que baladas como 6 Days y Do You evocaban la elegancia de Sinatra, y el trepidante You’ve Got Me Now pisaba el terreno de Wills. Aunque, a veces, volvía al honky tonk puro y duro que tanto le gusta, como en Wagon y Deep In The Heart, a pesar del protagonismo de piano y trombón.

Dale aparecía acreditado como autor de todos los temas, pero eso es algo más que discutible: ahí estaban, por ejemplo, el You Win Again de Hank Williams (a pesar de su acento en el blues), el radiante Monterrey (It Happened In Monterey, popularizado por Sinatra), el Danced All Night (el célebre I Could Have Danced All Night) y el Cupid –originalmente Cupid Got Us Both (With One Arrow)– de April Barrows. ¿Despiste? ¿Cara dura? Da igual, el resultado era lo que contaba, y este fue uno de los mejores álbumes que Dale había grabado.

A continuación, publicó Dreamland (2004) –producido por Ray Benson, de Asleep At The Wheel–, Heeah!! (2005), Whiskey Or God (2006), The Little Darlin’ Sessions (2007), From The Cradle To The Grave (2007), el disco de góspel Help Your Lord (2008), The Truckin’ Sessions Vol. 2 (2009), Carryin’ On (2010) –con la colaboración de veteranos session men de Nashville como Lloyd Green (pedal steel), Pig Robbins (piano) y Pete Wade (guitarra)– y El rancho azul (2013).

Le seguirían Call Me Insane (2015) –producido por Lloyd Maines–, Truckin’ Sessions Vol. 3 (2015), Under The Influence (2016) –donde interpretaba versiones de sus héroes musicales, como Merle Haggard, Ronnie Milsap, Conway Twitty, Mel Tillis, Roy Head, Bob Wills, Chuck Berry y Doug Sahm–, Blackjack (2017) –una colección de sus grandes éxitos regrabados para la ocasión–, Dale & Ray (2017) –con Ray Benson– y Call Me Lucky (2019) .

Watson tiene, además, un montón de álbumes en directo, como el doble Preachin’ To The Choir (2001), Live In London… England! (2002), Live @ Newland.nl / Remixed (2006) y el doble Live Deluxe… Plus (2019), entre otros. También ha participado en álbumes de homenaje como Caught In The Webb. A Tribute To The Legendary Webb Pierce (2001), Dressed In Black. A Tribute To Johnny Cash (2002) y A Tribute To Billy Joe Shaver. Live (2005),

Mención aparte merece The Sun Sessions (2011), grabado en los legendarios estudios Sun Records de Memphis. Watson no interpretó ni una sola versión y recurrió a su propio material. Eso sí, con el escueto acompañamiento de The Texas TwoChris Crepps al contrabajo y Mike Bernal a la (mínima) percusión– en lugar de su banda The Lone Stars, para volver al sonido crudo de las grabaciones de los cincuenta.

El resultado fue escalofriante: parecía literalmente poseído por el espíritu de Johnny Cash, sin forzar la voz y sin caer en la imitación. Era como estar escuchando al Hombre de Negro de la edad de oro. ¿Pruebas? A puñados: Johnny At the Door (con su ritmo “boom-chicka-boom”), Drive, Drive, Drive (lo más parecido a una toma alternativa de Cry, Cry, Cry), Gothenburg Train o My Baby Makes Me Gravy. The Sun Sessions podría haberse titulado …Plays Johnny Cash, y todos hubiéramos tragado.

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