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La muerte de la (mala) crítica musical

¿Ha muerto la crítica musical? Eso es lo que muchos creen y lo que otros tantos desean que ocurra. En cualquier caso, habría que matizar: esa muerte, suicidio o llámalo como quieras se empezó a gestar a finales de los noventa. Basta ya de acusar a la globalización digital y a la pandemia, de utilizar conceptos pomposos como “tormenta perfecta” para justificar la crisis de la prensa cultural.

Acabo de leer el artículo de Víctor Lenore titulado El suicidio silencioso de la crítica musical en el periódico digital Vozpópuli y, como siempre me pasa con sus textos, hay aspectos en los que coincido y otros en los que no.

Para empezar, cita el ejemplo de la puesta al día y los “cambios de criterio” de la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos según Rolling Stone, para concluir que a la revista “no le importa lo que opinen sus críticos, sino que espera de estos que se adapten a lo que los oyentes consideran relevante, tanto en el plano musical como en el sociológico”.

Totalmente de acuerdo, pero eso solo responde a un intento de captar nuevos lectores a costa de traicionar a los antiguos, y es otra muestra del servilismo hacia lo políticamente correcto: hay que meter con calzador a artistas femeninas y a afroamericanos, y si hay transexuales, mucho mejor. Y si han grabado utilizando electricidad generada por energía eólica, fantástico. Y si son ecologistas y vegetarianos, de fábula.

Después, Lenore pregunta a dos periodistas de nuestro país. Primero, David Saavedra esgrime un argumento claro: “Si antes las críticas servían como guía para orientarte a la hora de comprar en la tienda, ahora basta que entres en una plataforma de streaming o una red social, escuches por ti mismo y, si quieres indagar más, pinches en los apartados de ‘artistas relacionados’ y similares”.

Si bien esto es cierto, los críticos también deberían hacer un ejercicio de autocrítica, valga la redundancia. Porque, seamos claros, la culpa de que las reseñas de un disco hayan dejado de ser ese faro que orientaba al lector es de los propios periodistas y de los medios en los que trabajan, y es una tendencia que empezó a mediados de los noventa para afianzarse en la primera década de este siglo.

En esa época surgió una nueva generación de jóvenes periodistas que decidieron convertir esas reseñas en ejercicios masturbatorios donde importaba más su ego personal que el contenido musical, las florituras verbales que el análisis fruto del conocimiento sobre la materia.

Dicho de otro modo, hasta ese momento podías leer la crítica de un disco y te enterabas de quién era el artista y, lo más importante, de cómo sonaba. Como lector, eso te podía dar una idea de por dónde iban los tiros –aunque había excepciones: siempre me acordaré del día que, leyendo una crítica de un álbum de Pat Metheny escrita por Albert Mallofré, lo definía como “funk”; cuando me lo compré me di cuenta de que no tenía nada de eso–.

Pero los nuevos críticos, más que orientarte, te confundían. En primer lugar, porque, más que describir las canciones, nos contaban su vida o las emociones que les provocaban, con metáforas sonrojantes del tipo “este tema evoca el sonido del viento al pasar entre los árboles” o “te hace revivir esos momentos cuando llegas a casa de resaca”.

Y, en segundo lugar, porque acuñaron una serie de palabros que repetían uno tras otro y solo entendían ellos, en un desesperado intento de demostrar su “dominio” del lenguaje y su inventiva. En muchos casos, utilizaban erróneamente términos de los que desconocían su significado o los traducían (mal) del inglés al “inspirarse” en medios como Pitchfork.

Por ejemplo, si hay un calificativo que odio especialmente y que suele aplicarse con frecuencia a la música es el de “pastoral”. ¿Alguien puede decirme qué demonios significa eso? ¿Cantar para las ovejas? ¿Escribir canciones mientras se guía al ganado? Ridículo.

De esta forma, y si tenías la suerte de entenderla, después de leer una crítica te quedabas igual, preguntándote: ¿El disco es bueno o malo?, ¿Es rock o es pop o qué?… Y, evidentemente, con esa incertidumbre, ni se te ocurría ir a la tienda a comprarlo.

La revista Rockdelux fue especialmente representativa de esa “nueva crítica” que ni informaba ni opinaba ni aclaraba nada. Antes de ese recambio, con los textos de veteranos como David S. Mordoh, Jordi Bianciotto, Quim Casas o Luis Lles y de más jóvenes como Ramon Súrio, Miguel Martínez, David Morán o un servidor, podías leer la sección de reseñas y descubrir una gran cantidad de discos que te llamaban la atención y despertaban tu curiosidad porque te contaban cosas interesantes. Con la generación posterior, tenías suerte si conseguías sentirte atraído por, a lo sumo, un par.

Saavedra también habla en el artículo del “amiguismo, forofismo, conservadurismo, autocomplacencia y pereza” que acompaña a la prensa musical. Ahí sí le doy la razón. Supongo que cada revista tenía (o tiene, si aún sobrevive) sus artistas de cabecera. En el caso de Rockdelux, es fácil adivinarlo: Nacho Vegas, Los Planetas, Hidrogenesse o Christina Rosenvinge, entre otros, y, más recientemente, Manel y Rosalía.

Eso significaba que a cada nuevo álbum que sacaban –además de merecer la posición de “disco del mes”, es decir, con una mayor extensión–, se le dedicaba, como mínimo, un artículo de dos a tres páginas o, directamente, una portada. Recibías una llamada y te decían: “Eh, que he publicado un nuevo trabajo. A ver qué me hacéis”. Naturalmente, esto llevaba a una repetición de cromos que los responsables de la revista intentaron subsanar con fórmulas del tipo “artista entrevista a otro artista” y similares.

En el artículo de Lenore, su otro interlocutor Nando Cruz se queja de que las críticas se han convertido en “piezas de extensión a menudo microscópica”. También estoy de acuerdo. A veces, la intención de ser exhaustivo y no selectivo te lleva a elaborar secciones de críticas de discos con más de cien reseñas, a razón de unos 1.400 caracteres cada una. De esos cien álbumes, al menos una tercera parte son irrelevantes y no pasarán a la historia. Pero, nuevamente, aparece el servilismo y el amiguismo para perder espacio con discos infumables que no merecerían ni dos líneas.

Por desgracia, eso se extiende al resto de la revista: un tema de portada no puede reducirse a tres páginas; al menos debería ocupar diez. En lugar de eso, multitud de artículos de una página porque hay que dar salida a todas las novedades etc. etc. Contenidos, por otra parte, siempre ligados a la publicación de un álbum, pero nunca a su proceso de grabación, por ejemplo.

Lenore acaba hablando del peliagudo tema de la publicidad: “Las revistas culturales son de quien las paga”. Las empresas utilizan técnicas cada vez más sibilinas para influir en los contenidos: desde críticas de conciertos patrocinadas –antes tienes que mandarles una lista de propuestas para que ellos elijan– hasta publirreportajes maquetados como si fueran artículos normales, con textos absurdos que mezclan las bondades de una marca con referencias musicales puestas con calzador.

Surgió una nueva generación de jóvenes periodistas que decidieron convertir esas reseñas en ejercicios masturbatorios donde importaba más su ego personal que el contenido musical, las florituras verbales que el análisis fruto del conocimiento sobre la materia

Cuando no es la publicidad, es la corrección política la que afecta los contenidos. Cuantos más artículos sobre artistas femeninas, transexuales, homosexuales y de etnias dispares, mejor. La consigna es: que nadie se ofenda y que todos se sientan representados. Un informe como Black Erotica, que escribí en 1998, hoy sería del todo inviable por las voces airadas que levantaría entre más de un sector.

Pero hay un tercer factor que condiciona a la prensa musical actual, eso que decía antes Lenore de que se adapte “a lo que los oyentes consideran relevante”. Y para hablar de él, pondré un ejemplo: estoy harto de ver anuncios de cualquier producto que utilizan la (penosa) estética y la (aún más penosa) música que supuestamente es lo que “se lleva” hoy: trap, reguetón y toda esa basura maloliente.

No sé qué piensan conseguir con eso los descerebrados creativos publicitarios y las empresas que los contratan: ¿acaso creen que por hacer anuncios con lo que oyen los jóvenes van a llamar su atención e incrementar las ventas con un nuevo target? Se equivocan del todo: no solo no van a lograrlo, sino que van a ahuyentar a sus compradores habituales.

Esto es lo mismo que están haciendo los medios musicales, dedicando tiempo y espacio a fenómenos que no van a ninguna parte y son una simple moda. Entiendo la actitud de los mandamases: “Tenemos que conectar con un nuevo público”, “Nuestros lectores son ya muy viejos” y esa sarta de idioteces.

En primer lugar, ese “nuevo público” no lee ni compra revistas, porque se mueve por otros escenarios, como YouTube; ni siquiera escucha discos, solo canciones en plataformas en streaming, y no aprecia la música como un elemento cultural, sino como una distracción más, como un videojuego o una partida de póquer online. Y, en segundo lugar, dar cancha a ese tipo de engendros aleja a los lectores de toda la vida, que dejan de comprar la publicación.

Este argumento no es una paja mental, es una realidad que acabó con Rockdelux –además del descenso de los ingresos publicitarios–. La progresiva introducción de contenidos relacionados con las músicas urbanas en detrimento de otros estilos a los que antes se dedicaba mayor atención como el country, el blues y otros sonidos de raíces –y no me sirve la excusa de que no se hablaba de ellos porque no aparecen buenos discos de los mencionados géneros– se saldó con la deserción de lectores habituales que, oh sorpresa, no fueron sustituidos por savia nueva.

Ese “nuevo público” no lee ni compra revistas, porque se mueve por otros escenarios, como YouTube; ni siquiera escucha discos, solo canciones en plataformas en streaming, y no aprecia la música como un elemento cultural, sino como una distracción más, como una partida de póquer online

Intento ponerme en la mente de los viejos críticos, aquellos que fueron testigos del nacimiento del punk, del tecno, del rap… En los últimos años de su carrera, necesitaban encontrar un nuevo fenómeno al que ensalzar, para erigirse en, si no descubridores, sí los primeros en hablar de él. “Nosotros fuimos los primeros en escribir sobre nuevo flamenco, sobre rap, y nos criticaron por ello. Ahora pasa lo mismo con el trap y el reguetón”. Ese es el argumento que repiten como un cansino mantra. Pero, si fueran honestos consigo mismos, con lo que han aprendido a lo largo del tiempo, reconocerían lo equivocados que están.

Porque, ¿cómo puedes tomarte en serio una publicación cuando lees en una crítica sobre Bad Bunny –disco del mes, por si fuera poco– que es “puro pop del siglo XXI y medalla de oro a un tsunami cultural que ha cambiado la percepción de la música global de hoy… Negar la evidencia es perder la batalla del presente” y en la que se destaca como ejemplo de su florida lírica la frase “si tu novio no te lame el culo / pa’ eso que no mame”?

La clave está aquí: “Negar la evidencia es perder la batalla del presente”. O, dicho de otro modo, los críticos –y lo que más duele es que algunos de ellos son realmente buenos– anteponen lo que pasa en el entorno a su criterio profesional, forjado a lo largo de años. ¿Y por qué lo hacen? Habría que preguntar a cada uno. Si niegas la evidencia ¿te conviertes en un outsider, en alguien que va a contracorriente? ¿Te arriesgas a ser tildado de retrógrado, de viejo rockero que vive del pasado? Tal vez, pero al menos eres honesto.

Hace poco tuve la oportunidad de participar en una rueda de prensa online con Susan Rogers, ingeniera de sonido de algunos de los mejores discos de Prince. Contó algo de él que me hizo admirar aún más al personaje: aunque sintió cierta frustración cuando se dio cuenta de que los gustos de la gente iban por otros derroteros, en lugar de apuntarse a las modas decidió seguir siendo él y hacer lo que le gustaba. Eso es honestidad.

Hoy en día, es más fácil venderse –por los ingresos publicitarios, por no querer alejarse del rebaño que consume basura– que ser honesto. Esa es la realidad. ¿Ha muerto, pues, la crítica musical? La que tiene los días contados es la mala crítica musical.

2 comentarios en “La muerte de la (mala) crítica musical”

  1. Buen texto. En todo caso Lenore se fija a las críticas de revistas como Rockdelux que precisamente perdieron el norte hace mucho tiempo. Popular 1 o Ruta 66 siguen a lo suyo y ahí no he visto nunca servilismo. Igualmente Lenore pasa por alto que los blogs y las revistas underground, que hacen las cosas por amor al arte, han sustituido en gran parte a las reseñas de las revistas como faro
    Un saludo.

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