entrevistas, literatura

Dirty Works: alguien tenía que hacerlo

Nacho Reig y Javier Lucini, los Dirty brothers. Ilustración: “El Ciento”

Toman su nombre de Trabajo sucio, la primera novela de Larry Brown y la primera referencia de su excelente catálogo. Su lema: “Grit lit, gótico sureño, realismo sucio. Música alta, buenas series, cerveza fría y litros de bourbon”. Y si compras sus libros en preventa, suelen llegar con regalos como vasos para chupitos. No, esta no es la típica editorial.

Los hechos: el escritor y traductor Javier Lucini y el realizador de documentales y escritor Nacho Reig crean la editorial Dirty Works en 2014. Aunque, como el primero matiza, las cosas no están tan claras: “Lo hemos contado tantas veces y de tantas maneras distintas que ya ni sabemos cuál es la versión auténtica. En la última hasta salían faquires torpes y célebres danzarinas de vientre. En cualquier caso, hay algunos elementos que se repiten. Hay, por ejemplo, una fecha que casi podemos dar por segura, 2014, más que nada porque lo pone en nuestras camisetas. También en todas las versiones hay mucho alcohol de por medio. El alcohol respondería al cómo y al por qué. De haber estado serenos, probablemente habríamos acabado en algún programa de protección de testigos”.

Cuando en sus redes sociales lees declaraciones del tipo “más que como editores, nos vemos como una banda de atracadores de bancos o asaltantes de diligencias. Planeamos cada libro al detalle como si fuera un robo” o “nos identificamos plenamente con nuestros autores y sus personajes, hasta tal punto que estamos convencidos de que, si conociéramos tanto a unos como a otros, acabaríamos siendo colegas y compartiríamos más de una birra juntos”, es evidente que Dirty Works es un proyecto fuera de lo común.

Hasta el momento han publicado más de una veintena de referencias –veintitrés, para ser más precisos, entre novelas, colecciones de relatos, autobiografías y ensayos– de autores norteamericanos como Harry Crews, Larry Brown, Bonnie Jo Campbell, Mark Richard, Tom Franklin, William S. Burroughs Jr. y Óscar Zeta Acosta.

Bonnie Jo Campbell, Dirty girl. Foto: Fran Dwight

Los libros de Dirty Works llegaban a la redacción de esa revista en la que solía trabajar –donde, por cierto, creo que pocas veces (o nunca) salió una reseña de ellos–, y yo me sentía atraído por la negritud de sus portadas y las magníficas ilustraciones de Antonio Jesús Moreno “El Ciento”. Cuando vi que cogían polvo, enterrados bajo las montañas de otros volúmenes –literalmente–, decidí que merecían una vida mejor y “rescaté” unos pocos para mi colección. Ahora me arrepiento de no habérmelos llevado todos.

Pero lo que sí puedo hacer es satisfacer mi curiosidad sobre este interesante proyecto. Por eso le he enviado unas cuantas preguntas a Lucini.

¿Sería correcto decir que vuestra editorial está especializada en gótico sureño y relatos de la América profunda políticamente incorrectos, o es simplificarlo mucho? Sería correcto y también sería simplificarlo mucho. Las dos cosas. Al principio, por recomendación de los “sabios” del gremio, recurrimos a algunas de esas etiquetas. Un poco como el Casanova de Fellini, ese glorioso Donald Sutherland que, después de follarse acrobáticamente a la monja bajo la mirada libidinosa del embajador francés, se ve en la necesidad de subrayar que, aparte de su evidente pericia genital, posee otros muchos talentos. Pues así nosotros. Gótico sureño, sí, aunque tengamos un autor de IllinoisAlan Heathcocky una autora de Michigan –Bonnie Jo Campbell–. Realismo sucio, vale. Country Noir, tú mismo. Grit Lit, también. Literatura “blue collar”, pues venga… Pero también poseemos conocimientos de matemáticas y de astronomía, como el viejo Casanova. Hasta tenemos estudios, aunque de poco nos sirvieron (“Mama Tried”, como cantaría Merle Haggard). En realidad, al empezar no te queda otra. Como especie, somos, en general, así de ramplones. La gente necesita encasillar las cosas para entenderlas. Pero por mucho que uno se defina, las buenas intenciones pueden quedarse solo en eso y, al final, si persistes y aguantas, serán solo el tiempo y el catálogo los que hablen por sí mismos de quién eres y qué pretendes, para bien o para mal, sin necesidad de dar o forzar explicaciones. Nosotros tuvimos la suerte de que, desde el segundo libroMaldito desde la cuna (2015), de William S. Burroughs Jr.–, la gente supo de qué iba nuestro rollo. Supo detestarnos o querernos desde el principio. Si me preguntas por qué, no lo sé muy bien. Suerte, sugestión, hipnotismo, magia negra…

¿No es doblemente suicida tener una editorial en estos tiempos y, además, con una temática tan “particular”? Lo es, absolutamente. Pero también es el único modo de poder hacerlo sin interferencias, que es lo que quisimos evitar a toda costa desde el principio. Es algo que hemos hablado mucho con nuestro hermano Fernando Peña (probablemente el más suicida y extremo de todos nosotros), de Underwood, otra editorial kamikaze (o, mejor dicho, una editorial brulote). No contrates a un asesino a sueldo para que acabe contigo, no te pongas al servicio de otros. Evita préstamos y herencias. Haz lo que quieras y hazlo tú mismo. Mátate solo y del modo que prefieras. Búscate tu propia ruina. Una vez decidido a espachurrarte contra el suelo, no hay nada que temer. Nacimos con voluntad de volarnos los sesos, o de hacer mutis por la izquierda. Era un poco nuestra última bala en la recámara. Y si no salía, pues adiós muy buenas. Cada uno habría seguido por su lado y, de vez en cuando, al coincidir en alguna rueda de reconocimiento, nos contaríamos nuestras vidas y, luego, a no ser que el testigo identificase a uno de los dos, nos tomaríamos un café en el bar de al lado, como en la secuencia final de “Fat City”. No se me ocurre un desenlace más glorioso. Con música de Kris Kristofferson.

Malcolm Holcombe, Dirty soul. Foto: John Gellman

Si Dirty Works fuera un estilo musical o un artista, ¿cuál sería? Sin pensarlo mucho, me ha venido a la cabeza enseguida el nombre de uno de nuestros artistas favoritos, además de gran amigo: Malcolm Holcombe. En su música está todo lo que nos gusta. Su música es nuestra casa. Gente así. Historias así. Esas arrugas y esas cicatrices. Ese crisol de música tradicional de los Apalaches en el que confluyen toda clase de estilos y de historias. Pasa lo mismo que decía antes con las etiquetas: no es ni country, ni blues, ni folk, ni rock’n’roll ni heavy metal. Y a la vez es todo eso y mucho más. Sobre todo, heavy metal. Nadie más heavy metal ni más punk que el bueno de Malcolm con un taburete y una guitarra acústica, en directo.

¿De dónde os viene esta fascinación por lo norteamericano en general, y por eso que podríamos llamar “sur-ruralismo” (en palabras de Rick Miller, de Southern Culture On The Skids)? Quizá haría falta solicitar la presencia de un psicoanalista para responder a esta pregunta. Podríamos incluso hasta acabar diagnosticando uno de esos “daddy issues” que están ahora tan en boga como material literario, o algún otro trauma de igual o parecido prestigio. En cualquier caso, es solo una de nuestras muchas fascinaciones. Tenemos otras filias, más o menos confesables. Supongo que en la música podría señalarse una influencia bastante clara. Nos criamos con todo ese ruido. Y también la literatura estadounidense y el cine, el colonialismo cultural que a los tonticos presuntuosos tanto les gusta detestar para vender lo que consideran suyo, por nimio y esmirriado que sea. Del mismo modo, hemos viajado mucho por allí y tenemos buenos amigos que nos han mostrado el otro lado. Las cloacas y el basural de los grandes imperios (el gran “desguace americano”, en este caso), siempre han despertado fascinación. También somos muy yonquis del desmoronamiento europeo: por ahí, en el este, hay autores e historias muy sucias que podrían entrar perfectamente en nuestro catálogo, como también aquí, en la España profunda (que es España entera), pero de todo eso ya se encargan otros.

El blog de música de nuestra web creo que rompe con todos esos clichés que se han enquistado en torno a la música country

Por cierto, hablando de SCOTS, ellos definen la experiencia de sus directos de la siguiente manera: “Bébete un ‘pack’ de seis cervezas de camino al concierto, participa en el show y pásatelo bien. De vuelta a casa, recoge seis botellas de licor de malta, ve al motel más cercano y practica el sexo. SCOTS no hace conciertos. ¡Montamos fiestas!”. ¿Hasta qué punto se podría decir que leer vuestros libros tiene efectos secundarios de este tipo? Pues más bien eso tendrían que contestarlo los lectores. Desde luego, como punto de partida, lo suscribimos al cien por cien. Pasárselo bien como prioridad. Lo demás sería vanidad, pedantería y engreimiento. El pollo frito y la grasa casan mal con el papel, hay quien agasaja a los libreros con chocolate ecológico, pero lo mismo, siguiendo el ejemplo de los inmensos SCOTS, en el futuro podríamos plantearnos lanzar alitas de pollo promocionales contra los escaparates de las librerías cada vez que saquemos un nuevo libro…

Hace poco Nick Shoulders colgó unas ilustraciones sobre los digamos “malentendidos” en torno al country. ¿Crees que la gente en general tiene una percepción equivocada de la cultura sureña, que tiende a despreciarla? Sí. Más que equivocada, ignorante. Pero también pasa en nuestro propio territorio. Pregúntale a cualquiera de Jaén, por ejemplo, a mi padre sin ir más lejos. En “El Manifiesto Redneck Rojo” –su más reciente publicación, obra de Trae Crowder, Corey Ryan Forrester y Drew Morgan– hemos identificado muchas semejanzas con nuestro Sur en cuestiones como el acento, la religión, el sol, el sudor, el trabajo en el campo, la cervecita fresquita, las tabernas… los mismos prejuicios desde las posiciones de poder, ya sea político o intelectual. El blog de música de nuestra web creo que rompe con todos esos clichés que se han enquistado en torno a la música country. Pero no hay en ello militancia ni intención de aniquilar prejuicios. Por nuestra parte es más una cuestión de entusiasmo y de pasión, y si logramos contagiarlo, bien, y si no, pues también. Nos da un poco igual. No hemos venido a dar la brasa a nadie. Eso sí, que tampoco nos vaya a venir nadie con su monserga a convencernos a nosotros de nada, más que nada porque al lado de la puerta tenemos un bate de béisbol (de los Chicago Cubs, por cierto).

“Trabajo sucio” de Larry Brown, el origen Dirty

¿Cómo es el proceso de selección de vuestros autores? Dicho de otra manera: ¿qué tipo de investigación realizáis para rastrearlos y encontrarlos? El caos de mi puta cabeza. Mis fiebres y mis devaneos. No hay método ni proceso. Un poco a lo Dick Gently, “detective holístico”.

Habéis traído por aquí a Alan Heathcock, Mark Richard y Bonnie Jo Campbell. ¿Cómo ha sido conocerlos y qué opinan ellos de que se publiquen en España sus obras? ¿No se sorprenden? Conocerlos ha sido un regalo. De hecho, ha sido uno de los motivos por los que, en algún momento de iceberg a la vista, optamos por seguir adelante. Ahora son amigos. Y eso para nosotros es un privilegio. Con los tres nos hemos tambaleado mucho por hoteles y tabernas. Y compartimos momentos muy íntimos y familiares. Más que sorpresa, lo que sienten es alegría. Los tres ya habían sido publicados en Francia, por ejemplo, nada que ver con el paupérrimo panorama literario que vivimos por aquí abajo. Así que la sorpresa de cruzar el charco no fue tanta. Lo bueno es que la mayoría de ellos ya se conocían entre sí, se habían leído y se admiraban. No existe el elemento chacal y carroñero que suele darse en el gremio. Hay una red que enlaza a unos con otros. Y eso, por otra parte, lo vuelve todo más fácil. No solemos hacer caso de ninguna recomendación, a no ser que proceda directamente de alguno de ellos, vivo o muerto.

Pienso que el “sello” que habéis creado es tan potente que no necesita los habituales métodos de promoción –aunque creo que hacéis “giras” por librerías– y que vuestro fiel grupo de seguidores compra todo lo que sacáis con los ojos cerrados. ¿Es así? Como te decía antes, salió solo, sin forzarlo ni pretenderlo. Lo de las giras fue solo al principio, ya ni eso. También hemos quitado de la ecuación el formato cretácico de las presentaciones. Al final, el “sello” es una emisión directa de lo que somos y de lo que nos gusta, sin filtros solares ni maquillaje. Podría haber caído en saco roto, pero por suerte había más gente disfuncional por ahí fuera.

¿Hasta qué punto es básico para vosotros todo lo que envuelve a la edición del libro? ¿Es una forma de reivindicar la edición física de vuestros libros? Si existe (y te digo yo que existe) algún editor para el que eso no sea básico, apaga y vámonos. Nos gustan los libros (ser editor no es garantía de eso, ni mucho menos; basta darse un garbeo por cualquier librería), nos gusta el objeto. No pretendemos reivindicar nada. No vamos por la vida como salvadores de ballenas ni nada parecido. Que cada cual haga lo que crea conveniente. La verdad es que no leemos ebooks ni escuchamos audiolibros. No usamos de eso. Y esa es la razón por la que ni nos lo planteamos. Tampoco es que estemos en contra (¡adelante, muchachos!) y, probablemente, hasta estemos perdiendo dinero. Pero nos da una inmensa pereza. Y solemos hacer mucho caso a nuestra inmensa pereza. Pero lo poco que hacemos, tratamos de cuidarlo al máximo, en la medida de nuestras posibilidades. Es el único valor añadido que, creemos, puede aportar una editorial pequeña como la nuestra. Trabajamos muy mano a mano (lo que implica muchos litros de cerveza) con nuestro ilustrador, Antonio “El Ciento” –autor de las ilustraciones sobre este párrafo–, y con nuestra maquetadora y correctora, Marga, que son parte crucial de la familia. Mimamos el libro y le dedicamos el tiempo que sentimos que se merece y que necesita para sentirnos cómodos. Si sacáramos más de cinco o seis libros al año, ese mimo y ese cuidado, siendo como somos y con los medios de los que disponemos, seguramente se acabarían resintiendo. Además, no tenemos prisa por llegar a ningún sitio.

¿Qué importancia tiene la traducción en vuestras obras, si tenemos en cuenta la dificultad añadida de que muchas obras cuentan con personajes que no hablan precisamente un inglés “normativo”? Me remito a la respuesta anterior. Es otra de las cosas en las que creemos que merece la pena gastar munición. Cuidar ese tipo de cosas como posible señal de identidad, como un hipotético sello de calidad, aunque luego la gente tampoco lo valore mucho o lo valore raro, como si hubiesen leído el original y se hubiesen molestado en compararlo; en fin… Pero probablemente ahí está la batalla. Ganarse la confianza por esos medios y no a través de fajas con “blurbs” peregrinos (la gente es muy de hacerse fajas, de matarse a fajas; al final se quedarán ciegos, ya verás –o no, si también tú eres muy fajillero–), referencias a premios remotísimos o pegatinas de no sé cuantas ediciones, que lo mismo pueden ser de diez mil ejemplares que de cien o de veinte.

Entre los libros que habéis publicado, ¿cuál es el que ha recibido una mayor acogida? ¿Y cuál es vuestro autor más exitoso? Los dos manifiestos –se refiere al Manifiesto Redneck (2017) de Jim Goad y al antes citado El Manifiesto Redneck Rojo (2020)– y Bonnie Jo Campbell.

Hasta ahora habéis editado traducciones de obras yanquis. ¿Os habéis planteado publicar libros de autores españoles que trataran temas afines a vuestra filosofía? No. Y nos lo preguntan mucho. Ignoro si le preguntarán lo mismo a Nórdica o a Satori, si piensan publicar a autores españoles que escriban como noruegos o como japoneses. Siempre me da por pensar en el hijo de un conocido de Alcalá de Henares, que de pequeño quería ser director de cine francés.

Sois muy activos en las redes sociales, con propuestas musicales, literarias, cinematográficas y televisivas relacionadas con el universo estético de vuestro catálogo. ¿Lo tuvisteis claro desde el principio? No fue tampoco algo premeditado. Siempre decimos que nuestras redes sociales son una proyección de nuestros sofás. Nacho y yo, en su rancho o en el mío, hablando de nuestras movidas. Antes de la existencia de la editorial nuestras vidas se focalizaban en esos sofás. Yo hablándole a Nacho de músicos y libros que descubría y Nacho hablándome de pelis y series. Y muchas latas de cerveza acumulándose en la mesa y por el suelo. A veces comíamos, a veces no. De vez en cuando salíamos a la calle a que nos diese un poco el aire. Más o menos es eso. Solo que ahora hemos abierto las ventanas y en el sofá cabe más gente. Las redes, por otro lado, nos han dado la vida. Sin dinero para que te cedan un espacio en revistas o pagar para que te coloquen en escaparates, volcamos todo la promo en las redes. Es ahí donde hemos crecido. Más que en las librerías que, salvo en casos muy excepcionales (y gloriosos), te suelen pedir uno o ninguno, por cuestiones de espacio o de gustos personales, por lo que sea, sobre todo al principio. Y es ahí, en las redes, donde está el contacto directo y sin trabas con el lector. El lector de verdad, el que compra el libro. Nuestros autores son también muy de responder a todo el mundo. Al final se ha creado una especie de comunidad, pequeña, pero muy fiel. Y otra de las claves, creo, es que no solo vendemos nuestro mágico elixir crecepelo (que es lo que se limita a hacer la mayoría); en nuestras redes hay cabida para todo lo que nos gusta. Hay una cierta voluntad de baile de granero y de patio de recreo.

También tenéis en vuestra web la sección “Dirty Files”. ¿Qué podemos encontrar allí? Material adicional. Como en las ediciones de luxe de los DVD o los CD. Entrevistas, artículos, todo tipo de información sobre nuestros libros y nuestros autores.

Dirty merchandising

Otro aspecto importante es el merchandising –camisetas, gorras, tazas, láminas de las ilustraciones de las portadas… y, lo último, un delantal de cocina–, algo que también rompe con la imagen de una editorial tradicional… Nacho es el rey del mambo en ese aspecto. En realidad, hacemos las cosas que nos gustaría tener en casa o que nos gustaría ponernos, pensando que, con un poco de suerte, habrá más pillados como nosotros a los que les haga la misma gracia. Cuando vamos a un concierto y disfrutamos con la banda, nos gusta comprarles luego el disco, una camiseta o lo que sea que traigan, como recuerdo de la experiencia; también como señal de identidad o de pertenencia a un estilo de vida que amamos y disfrutamos. Las camisetas vuelan, las diseñamos básicamente para nosotros, ya digo, pero en vez de hacernos una para cada uno, hacemos unas cuantas más, por si suena la flauta. Y la verdad es que suena (para disgusto de Nacho, que se pasa horas yendo y viniendo a Correos; eso no está pagado). El caso es que el textil funciona, esto es así. Hasta ahora hemos ido agotando todos los modelos. Y no repetimos diseño. Las que hacemos son las que hay. Luego a otra cosa. En eso nos gusta funcionar como una banda de rock o como un viejo show de medicina.

Congregáis a vuestro alrededor a un apasionado grupo de fans al que llamáis “la familia Dirty”, que incluye a famosos como la actriz Natalia Verbeke, la guitarrista de blues Susan Santos o el cómico Ignatius Farray, tres personajes muy distintos. ¿Cuál sería el perfil tipo de vuestros lectores? Los tres que citas son, antes que nada, buenos amigos. Gente a la que admiramos y queremos mucho, en el caso de Natalia y de Ignatius desde hace ya casi treinta años. A Susan la conocimos a través de la editorial. Se puso en contacto con nosotros porque le gustó uno de nuestros libros. Para nosotros fue un honor. Y de ahí ha surgido una fuerte amistad. Compartimos filias y fobias. Nos reímos de lo mismo y de los mismos. Son, en efecto, familia. Y, en cuanto al perfil de nuestros lectores, de verdad, no sé qué decirte. Hay de todo. Desde rockeros y moteros hasta simples amantes de la literatura. Gente más o menos cuerda y algún que otro psicópata. Lo cierto es que no nos dirigimos a nadie en particular. Son más ellos los que vienen a nuestro encuentro. El boca a boca ha sido crucial. Es básicamente el único medio del que disponemos. Encendemos la fogata, ponemos a asar lo que sea que hayamos atropellado en la carretera y esperamos a que la gente venga.

¿Os preocupa cuidar a vuestros lectores, hacerlos partícipes de vuestro proyecto, verlos como algo más que simples compradores? Sí, pero de un modo muy básico. Haciendo nuestro trabajo lo mejor que podemos. Esa es la mayor muestra de respeto que se puede dar al lector, la mejor forma de “cuidarlo”, de ganarse su fidelidad: ofrecerle algo hecho con mucha pasión y mucho mimo, lograr transmitir eso, y, al mismo tiempo, crear una suerte de adicción que trascienda el mero placer de la lectura. La ficción de entrar a formar parte de algo especial, de algo en lo que uno se sienta identificado y comprendido. La confianza de que la cerveza va a saber a cerveza y no a miel o a cilantro. De que en nuestra coca no va a haber ni tiza, ni talco, ni cafeína, ni laxante.

El elitismo es un erial, yermo e indigente, sin nada explosivo ni conmovedor. Aristocracia inmunda por un lado y analfabetismo presuntuoso por el otro

Pienso que tratáis la literatura como un elemento complementario a la música, a las series de televisión y a otras muestras de cultura digamos “popular” (de pop), lo que en cierto modo le quita ese carácter elitista que algunos le atribuyen. Personalmente, nunca hemos vivido la cultura como una experiencia elitista, partiendo de la base de que nos da lo mismo lo que piensen los demás. En mi hambre mando yo, como decía Isabel Oyarzábal Smith en aquel hermoso libro que editó Jabo hace ya muchos años en la extinta editorial Mono Azul. Habrá quien pretenda que sea una cosa elitista y alejada del vulgo. Pero nosotros seguimos leyendo a Stephen King y a Bukowski sin necesidad de ocultarlo ni de excusarlo como placer culpable, como hacen ahora los modernos. Y los leemos con la misma fruición y disfrute con que leemos a Cărtărescu, a Gombrowicz o a Krasznahorkai, por citar a tres de mis favoritos. Pero, tanto en unos como en otros, prima siempre lo lúdico. Porque la inteligencia también reside en lo lúdico, y viceversa, aunque muchos se nieguen a reconocerlo. Con el cine y la música nos pasa lo mismo. Que estallen coches o que estallen sentimientos, pero que algo estalle, por amor de Dios. El elitismo es un erial, yermo e indigente, sin nada explosivo ni conmovedor. Aristocracia inmunda por un lado y analfabetismo presuntuoso por el otro.

Recientemente ha aparecido la editorial Muddy Waters, con un planteamiento temático similar, aunque también han publicado un libro sobre deportistas. ¿Os consideráis pioneros en este tipo de obras? Para nada. Ya estaba ahí Dani, de nuestra querida y admiradísima Sajalín, el puto “Master of Puppets” haciéndolo exquisitamente desde hacía años. Y tanto en Anagrama como en Mondadori hubo momentos gloriosos en los que nos dieron a conocer a muchísimos autores a los que nos habría encantado editar (lo siguen haciendo, de vez en cuando). Siruela, en su colección de novela negra, está editando a gente que encajaría perfectamente en nuestro catálogo; pienso en Wiley Cash, en Tawni O’Dell o en Brian Panowich. Libros del Silencio descubrió en su día a Donald Ray Pollock. El primer libro de Larry Brown se editó hace años en Bartleby y a Harry Crews lo empezamos a editar en Acuarela antes de que se creara Dirty Works. Por otro lado, los grandes escritores sureños, Faulkner, Flannery O’Connor, Eudora Welty, Carson McCullers… ya estaban maravillosamente editados en las grandes. En realidad, es una literatura que siempre ha estado ahí, y el que la quisiera encontrar, la encontraba. Los pioneros hace tiempo que perdieron la vida en el Yukón. Nosotros somos, si acaso, sus hijos bastardos. Los hijos de las putas a las que preñaron en los prostíbulos de la frontera.

¿Qué es lo próximo que vais a publicar? Una novela y un libro de relatos. Los dos de color negro. Back to Black.

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