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Ry Cooder, más allá del calentón cubano

A algunos su nombre les sonará por la banda sonora de Paris, Texas y a otros por el sobrevalorado Buena Vista Social Club, pero la personalidad artística de este multinstrumentista, compositor y productor va mucho más allá de esos dos hitos en su carrera. En el día de su cumpleaños echamos un vistazo a lo más destacado de su obra.

Además de rescatar del olvido a un grupo de vejetes cubanos que hasta que llegó él se pasaban la vida fumando puros y bebiendo ron, Ry Cooder (nacido el 15 de marzo de 1947 en Los Ángeles) tiene muchas facetas, más valiosas que la de simple productor: guitarrista virtuoso –maestro en la técnica del slide–, compositor de bandas sonoras y descubridor de talentos ocultos (como el acordeonista Flaco Jiménez), con un conocimiento enciclopédico de la música.

Aunque lo mejor de su corpus se encuentra en sus discos: en ellos ha redefinido las raíces norteamericanas –blues, country, folk, góspel, tex-mex, soul, jazz, bluegrass, cajun, rock’n’roll…– con la incorporación de otros sonidos –sudamericanos (del bolero al corrido), hawaianos, africanos, orientales– para dibujar unos paisajes entre la épica del wéstern y el colorido de la frontera, entre el latido de la gran ciudad y la soledad del desierto.

Con fama de tímido y algo huraño, sus apariciones en público no se prodigan demasiado. Por eso, cuando se fue a Cuba y volvió con el proyecto de Buena Vista Social Club (1997), le pasó como al solterón de mediana edad que viaja a la isla y queda embobado por una mulata de curvas poderosas: era incapaz de ver más allá de los placeres tropicales.

Por suerte, el guitarrista superó el calentón caribeño –pese al último coletazo de Mambo sinuendo (2003), con Manuel Galbán– y volvió dispuesto a profundizar en un acervo cultural que le quedaba mucho más cerca (California) y que se merecía más su reivindicación que un puñado de jubilados cubanos, con una trilogía de discos conceptuales con una fuerte base narrativa, con contenido social y político, y con excelentes libretos y espléndidas ediciones.

La trilogía californiana

La trilogía californiana

Chávez Ravine. A Record By Ry Cooder (2005), su primer trabajo en solitario desde Get Rhythm (1987), abrió el fuego. Inspirándose en un libro de fotografías en blanco y negro, diseñó un álbum sobre el desaparecido barrio angelino de Chávez Ravine, un distrito mexicano americano que luchó contra la especulación urbanística y que finalmente fue derribado para construir el estadio de béisbol de los Dodgers.

Para retratar la cultura chicana que floreció en los cuarenta y los cincuenta en la ciudad californiana, recurrió a veteranos que representaban mejor que nadie los sonidos que quería evocar: los patriarcas pachucos Don Tosti y Lalo Guerrero –ambos fallecidos poco después de grabar el disco–, junto con otros destacados músicos de origen mexicano como el vocalista de Thee Midniters Little Willie G., Flaco Jiménez, el guitarrista de Los Lobos David Hidalgo, y las hermanas Ersi y Rosella Arvizu del grupo The Sisters.

El elenco se completaba con su hijo Joachim Cooder, el batería Jim Keltner, el bajista Mike Elizondo, el veterano saxofonista Gil Bernal, el trompetista Jon Hassell, los guitarristas hawaianos Ledward Kaapana y Bla Pahinui, las cantantes Juliette & Carla Commagere y los pianistas Jacky Terrason y Chucho Valdés, entre otros.

A caballo entre las comunidades mexicana y norteamericana, las composiciones de Chávez Ravine –en castellano e inglés– recogían la riqueza de ambas culturas. Por el lado latino, destacaban Onda callejera (una canción folk de Little Willie G. y David Hidalgo sobre una pelea entre marineros y pachucos); el swing latino Muy fifí (una madre advertía a su hija sobre su novio indeseable, con Ersi Arvizu y Valdés), y el atmosférico El U.F.O. cayó (con Juliette Commagere y Tosti interpretando a un alien que avisaba a los vecinos sobre la demolición del barrio).

Las canciones en inglés tampoco escapaban del influjo latino: la rumba Poor Man’s Shangri-La; la balada con deje de bolero Don’t Call Me Red, con percusiones frenéticas, la trompeta de Hassell e insertos de grabaciones donde se habla del peligro comunista, y 3rd Base, Dodger Stadium, interpretada por Pahinui, un gran tema fronterizo en la línea de Across The Borderline.

En cambio, It’s Just Work For Me se acercaba al slow blues para contar cómo las excavadoras llegaban a Chávez Ravine y eran apedreadas, e In My Town era una balada jazzística que luego se aceleraba con el piano de Terrason.

Chávez Ravine incluía también un puñado de excelentes versiones, algunas en las voces de sus propios autores, como el tremendo Corrido de boxeo y Barrio Viejo (ambas con el acordeón de Flaco), y la rumba-danzón Los chucos suaves, interpretadas por su creador Lalo Guerrero.

También eran notables la divertida Chinito chinito de Don Tosti (con las voces de las Commagere), el corrido Ejército militar (con las hermanas Arvizu) y ese 3 Cool Cats de Leiber & Stoller popularizado por The Coasters y que, en la voz de Little Wille G., se convertía en un temazo al estilo de los clásicos de Mink DeVille, con un sonido seductor y un saxo tórrido.

Tras el ambicioso Chávez Ravine, Cooder completó la trilogía californiana con otros dos álbumes igualmente excelsos: el primero, My Name Is Buddy. Another Record By Ry Cooder (2007), donde reunió a Pete y Mike Seeger, Paddy Moloney y Van Dyke Parks en una colección de cuentos folk de la Gran Depresión, narrados por un gato vagabundo y sus colegas, en los que aparecen J. Edgar Hoover, Hank Williams, sindicatos y huelgas, trenes y hobos.

El segundo fue I, Flathead. The Songs Of Kash Buk And The Klowns (2008), acompañado, además, de una novelita escrita por el propio Ry, otro trabajo conceptual, en este caso sobre el cantante country y piloto de bólidos del subtítulo. Entre los colaboradores, su hijo Joachim, Flaco Jiménez, Jon Hassell, Jim Keltner, Gil Bernal y Juliette Commagere.

La aventura céltico-mexicana

A continuación, participó en el álbum San Patricio (2010) de The Chieftains. A pesar de lo que se leía en la portada, relegándolo a un simple featuring, era más un proyecto de Cooder que del grupo irlandés, por mucho que su líder, Paddy Moloney, confesara su obsesión con Los San Patricios, una banda de soldados inmigrantes irlandeses que desertaron del ejército norteamericano durante la guerra con México en 1846 para pasarse al otro bando, considerados como traidores por unos y como héroes por otros.

Grabado en México, España, Estados Unidos e Irlanda, San Patricio estaba mucho más cerca de la trilogía conceptual de Cooder que de las inmersiones de los irlandeses en otros folclores –el norteamericano en Another Country (1992) y Down The Old Plank Road. The Nashville Sessions (2002) o el gallego y vasco en Santiago (1996)–.

De la misma forma, tampoco era un Buena Vista Social Club a la mexicana. Por eso, quienes se quejaron de que los Chieftains aparecían como unos invitados más y no como los protagonistas tenían razón, si consideramos que Cooder era quien movía los hilos como coproductor junto con Moloney.

La mayoría del material de San Patricio estaba integrado por canciones y temas tradicionales mexicanos, en los que se mezclaban de forma brillante los instrumentos autóctonos con los celtas: era el caso de La iguana y El relámpago (con Lila Downs), El chivo (con Los Cenzontles), A la orilla de un palmar (con Linda Ronstadt y Ersi Arvizu), Danza de cocheros (con Los Folkloristas) y Persecución de Villa (con el Mariachi Santa Fé de Jesús Guzmán).

Una mención especial merecían el emotivo Luz de luna (con Chavela Vargas) y, de nuevo, otra prueba del carácter rycooderiano del proyecto, esa Canción mixteca tan querida para él –desde que la incluyó en la banda sonora de Paris, Texas (1989), interpretada por Harry Dean Stanton–, primero en una versión instrumental de belleza impresionante con Van Dyke Parks, después con Los Tigres del Norte.

El álbum también incluía temas propios de Moloney de marcado sonido celta –San Campio, con Carlos Núñez, y ese épico y marcial March To Battle (Across The Rio Grande), con la Banda de Gaita de Batallón San Patricio y el recitado del actor Liam Neeson– y el vals fronterizo de Cooder The Sands Of Mexico.

Política y canciones protesta

Cooder volvió en 2011 con otro álbum a su nombre, Pull Up Some Dust And Sit Down, de nuevo con contenido social, esta vez inspirado en la crisis económica de finales de la primera década de los dos mil y en las canciones de protesta del pasado, con un puñado de sospechosos habituales como Flaco Jiménez, Jim Keltner, Juliette Commagere y Terry Evans, y sonidos enraizados en la tradición norteamericana: country, blues, folk, ragtime, rock y norteño. Por el carácter reivindicativo de sus canciones, algunos lo compararon con Woody Guthrie.

Sin dejar la política, en 2012 lanzó Election Special, con el que intentaba dirigirse al público de cara a las elecciones presidenciales estadounidenses de ese año, otra vez con una colección de canciones protesta enmarcadas en el blues y el folk.

En esta ocasión, sacó a relucir su faceta de multinstrumentista y se encargó de la guitarra, el bajo y la mandolina, respaldado únicamente por la batería de su hijo y las armonías vocales de Arnold McCuller.

Y llegamos a su último disco hasta el momento, The Prodigal Son (2018), con un sonido más basado en el góspel, con versiones de Blind Willie Johnson, Blind Alfred Reed, Blind Roosevelt Graves, The Stanley Brothers y The Pilgrim Travelers.

Un grandes éxitos ¿definitivo?

A diferencia de otros recopilatorios anteriores –Why Don’t You Try Me Tonight? The Best Of Ry Cooder (1986), River Rescue. The Very Best Of Ry Cooder (1994) y Music By Ry Cooder (1995)–, The Ry Cooder Anthology. The UFO Has Landed (2008) era una colección marcada por la subjetividad que anteponía lo personal a lo exhaustivo.

Las treinta y cuatro canciones fueron escogidas por su hijo Joachim y comentadas por el homenajeado. Sin seguir un orden cronológico, alternaban temas de los treinta y ocho años que iban desde su debut homónimo de 1970, producido por Van Dyke Parks, hasta I, Flathead.

Aun con significativas ausencias –no había nada de Jazz (1978) ni de My Name Is Buddy, ni de sus colaboraciones con el hindú Vishwa Mohan Bhatt (A Meeting By The River, 1993) o el malí Ali Farka Touré (Talking Timbuktu, 1994), ni de los soundtracks de Gerónimo (1993), Last Man Standing (1996) y The End Of Violence (1997), entre otros–, nos mostraba la coherente evolución del angelino.

Aquí estaban sus recreaciones de Johnny Cash (el Get Rhythm de aires blues-soul, de Get Rhythm), Lead Belly (el country-blues On A Monday) y Wilson Pickett (la balada soul Teardrops Will Fall) –ambas de Into The Purple Valley (1972)–, Woody Guthrie (el Do Re Mi en potente clave country-rock, de su debut), Willie Dixon (el apocalíptico blues Which Came First, de The Slide Area, 1982), Skip James (Cherry Ball Blues) y James Carr (Dark End Of The Street) –ambas de Boomer’s Story (1972)– y Elvis Presley (Little Sister, de Bop Till You Drop, 1979).

También encontrábamos su reconstrucción de composiciones tradicionales –Jesus On The Mainline (de Paradise And Lunch, 1974), Billy The Kid (de Into The Purple Valley)– y sus intensos instrumentales para el cine, para filmes como The Long Riders (1980), Alamo Bay (1985), Crossroads (1986), Johnny Handsome (1989)… Y, cómo no, no podía faltar el tema principal de Paris, Texas.

Todas las canciones incluidas eran verdaderas joyas, pero, puestos a escoger, y aparte de las ya citadas, brillaban The Very Thing That Makes You Rich (Makes Me Poor) –escrita, según Cooder, por un taxista de Nashville– y Down In Hollywood –ambas de Bop Till You Drop–, I Got Mine (de Chicken Skin Music, 1976), Maria Elena (de Boomer’s Story), Tamp ‘Em Up Solid (de Paradise And Lunch), Crazy ‘Bout An Automobile (Every Woman I Know) (de Borderline, 1980) y Going Back To Okinawa (de Get Rhythm).

La antología incluía una canción inédita –una versión de Let’s Work Together con el acordeonista de Louisiana Buckwheat Zydeco; la reedición expandida de 2021 del álbum benéfico Our New Orleans (2005) la incluye entre sus cinco bonus tracks– y un texto del escritor Michael Ondaatje, autor de El paciente inglés. Ry Cooder se merecía mucho más que un doble CD, pero, pese a sus carencias, esta recopilación era ejemplar y no tenía ni rastro de su aventura bananera –perdón, cubana–.

Directos: pocos, pero brillantes

Ry Cooder es uno de esos artistas poco aficionados a salir de gira. Por eso, cuando lo hacen hay que aprovecharlo e inmortalizar el momento. A lo largo de su extensa carrera solo ha publicado tres discos oficiales en directo: Show Time (1977), el mini LP Live (1982) y Live In San Francisco (2013), acreditado a Ry Cooder And Corridos Famosos.

Casualidad o no, este último trabajo se grabó en 2011 en The Great American Music Hall de San Francisco, el mismo local que acogió Show Time. Y no era la única coincidencia: en ambos contó con la colaboración del cantante Terry Evans y del acordeonista Flaco Jiménez, e incluso se repetían cuatro temas.

En Live In San Francisco Cooder se acompañaba, además, de su hijo Joachim (batería), Robert Francis (bajo), Arnold McCuller y Juliette Commagere (voces) y la brass band mexicana de diez componentes La Banda Juvenil.

Con ellos, el virtuoso guitarrista repasaba algunos de los éxitos de su amplia discografía: el Do Re Mi en clave tex-mex con un Flaco en todo su esplendor, el country-blues Vigilante Man de Woody Guthrie (de Into The Purple Valley), la balada soul Dark End Of The Street y el country-folk tradicional Boomer’s Story (del álbum del mismo título).

También recreaba el vals Goodnight Irene de Lead Belly (de Chicken Skin Music), el Crazy’ Bout An Automobile (Every Woman I Know) de Billy “The Kid” Emerson, el Why Don’t You Try Me de Maurice & Mac (de Borderline) y el góspel-reggae Lord Tell Me Why y El corrido de Jesse James, ambas de Pull Up Some Dust And Sit Down.

Junto a ellos, covers que nunca había grabado, como el bullicioso Wooly Bully de Sam The Sham And The Pharaohs, o que solo aparecieron en Show Time, como el rock’n’roll School Is Out de Gary U.S. Bonds y el clásico mexicano Volver volver.

No hace falta decir que, con la sección de metales en todo su esplendor, los éxitos de Cooder adquirían una riqueza apabullante, sobre todo cuando coincidían con el acordeón de Flaco a partir de la segunda mitad del disco.

Poco (o nada) que ver con la gira española de Cooder de 2009 (acompañado de Nick Lowe, Joachim Cooder, Alex Lily y Juliette Commagere; Flaco cayó a última hora) –anteriormente, en 1992, el guitarrista estuvo en Barcelona con el supergrupo Little Village (con Lowe, John Hiatt y Jim Keltner)–.

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