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Norah Jones, o la amas o la odias

Norah Jones, no la llames diva. Foto: Diane Russo

Graba en un histórico sello de jazz, pero su creatividad la lleva a abrazar otros estilos como el country, la americana y el rock indie, no solo en sus discos, sino en sus múltiples proyectos paralelos. Y, aunque no presuma de ello, es hija de Ravi Shankar. Con semejante background, dista de ser una artista convencional. Celebramos su cumpleaños con un repaso a su carrera.

Sin duda, una de las sorpresas más agradables de la música surgida a principios de este siglo nos la dio Norah Jones, nacida el 30 de marzo de 1979 en Nueva York como Geethali Norah Jones Shankar. Logró lo que parece casi imposible: conciliar el beneplácito de los críticos con un éxito de ventas masivo. Podía parecer otro producto diseñado por las mentes calenturientas de la industria, pero el tiempo ha demostrado todo lo contrario.

Eso sí, también tuvo (tiene) sus detractores: el sector purista del jazz, que no digirió demasiado bien que contara con el respaldo de un sello tan mítico y sagrado como Blue Note. Los fundamentalistas se llevaban las manos a la cabeza al ver que esa advenediza a la que presentaban como una nueva diva tenía más bien poco de jazz… al menos como ellos lo entendían.

Esos integristas que no aceptaban que se mancillara el buen nombre de su género favorito harían bien en considerar que lo que hace Norah es lo mismo que han hecho Rickie Lee Jones, Joni Mitchell o Van Morrison: teñir de una pátina jazzística perfectas canciones pop para crear un híbrido que comparte lo mejor de ambos mundos.

Todo estalló con su debut Come Away With Me (2002). A sus 23 años, la vocalista, pianista y compositora neoyorquina representaba el triunfo de la contención y el susurro frente a los cantos hipohuracanados y la estridencia. Y todo eso, gracias a su característica voz cálida, sensual y envolvente.

A pesar de su pasado más o menos jazz –había colaborado con The Peter Malick Group y Charlie Hunter– y de estar acompañada por músicos de ese género (entre ellos, Brian Blade y Bill Frisell), Norah desarrolló un sonido propio de base acústica, apoyado en un cuarteto enriquecido con guitarra National, slide, violín, acordeón y otras texturas, que encajaría en el formato americana.

En Come Away With Me, producido por el legendario productor de soul Arif Mardin (responsable de trabajos de Aretha Franklin y Roberta Flack), predominaba esa amalgama de country, folk y pop teñido con la elegancia del jazz en deliciosas baladas como Don’t Know Why, Seven Years, Shoot The Moon y, sobre todo, Lonestar. A veces, incorporaba otros elementos, como en la cabaretera I’ve Got To See You Again y en la ensoñadora Painter Song.

Jones tampoco renunciaba a las versiones: la forma como se apropiaba del Cold Cold Heart de Hank Williams (convertido en swing de sensualidad exquisita), del Turn Me On de John D. Loudermilk (un magnífico slow blues soulero) y del The Nearness Of You de Hoagy Carmichael (solo con su voz y su piano) era sencillamente sorprendente.

A pesar de que no fue un producto premeditado para convertirse en bombazo, sino el modesto disco de una desconocida cantante, Come Away With Me acaparó premios Grammy y se convirtió en un millonario en ventas. ¿Cómo podía superarse eso? Difícil papeleta.

Feels Like Home (2004) no era un bis de Come Away With Me y dejó claro que a) Norah no era una artista –solo– de jazz, por mucho que Blue Note se empeñara; b) su talento no era flor de un día, mal que le pesara a sus detractores, y c) el supuesto estatus de “estrella” no le hizo caer en la tentación de producciones lujosas e invitados a golpe de talonario.

Y, aunque había colaboradores, eran los que le apetecía a Jones, como Dolly Parton (en el brillante hillbilly Creepin’ In), Garth Hudson y Levon Helm de The Band (en el bluesero What Am I To You?), el cantautor Jesse Harris y el batería Brian Blade (en el soul The Prettiest Thing).

Lo mismo ocurría con las versiones: el vals Be Here To Love Me de Townes Van Zandt, la épica wéstern The Long Way Home de Tom Waits y la deliciosa adaptación del Melancholia de Duke Ellington, reconvertido en Don’t Miss You At All.

El resto oscilaba entre las baladas agridulces (Carnival Town, como una k.d. lang más emotiva), la sensualidad funk (In The Morning) y las sensibilidades más cercanas al country que nunca (Humble Me). Canciones tan elegantes como poco estridentes, todo lo contrario a lo que las radiofórmulas carroñeras reclamaban (y siguen reclamando).

Con su tercer álbum, Not Too Late (2007), saltó el factor diferencial: era el primer trabajo donde escribió (o coescribió) todas las canciones, y el primero sin la producción de Arif Mardin.

Grabado en el estudio casero de su bajista y entonces productor Lee Alexander, subrayaba lo que todos ya sabíamos: que tenía una voz encantadora, idónea para esas baladas marca de la casa donde convergen el jazz, el pop, el country y el folk. Pero para eso no hacía falta grabar otro álbum.

En cambio, la ausencia de Mardin a los mandos abrió un nuevo mundo a Norah, con baladas desnudas en las que prescindía de su piano y lo sustituía por guitarras, chelos o simples silbidos, junto con amigos como M. Ward y Jeffrey Zeigler (Kronos Quartet).

Por otra parte, enfatizaba el sabor soul y country, y emocionaba con un desgarrador Until The End digno de Dayna Kurtz. Y, además, describía la pesadilla postelectoral en My Dear Country como en una opereta de Kurt Weill, y mostraba su faceta más arrabalera, herencia de Tom Waits, en Sinkin’ Soon.

Y llegó The Fall (2009). Jones no habría podido grabar un disco como este sin el éxito y el prestigio conseguido con sus tres anteriores trabajos. Porque en el proceso para llegar hasta aquí la neoyorquina no solo dio repetidas muestras de su carácter poliédrico –al frente del power trio indie El Madmo o del combo country de versiones The Little Willies–, sino que hizo todo lo posible para no repetir la fórmula que la encumbró y para quitarse de encima el sambenito de “nueva promesa del jazz vocal”.

The Fall, un título que podría interpretarse como “la caída” o “el otoño”, no tenía nada (o muy poco que ver) con su aclamado estreno y supuso un punto y aparte en su carrera. En primer lugar, surgía de una motivación personal, la ruptura (sentimental y musical) con Lee Alexander, responsable en gran parte del sonido que hasta ese momento conocíamos.

Ella mismo lo confesó: “Para este disco, quería hacer algo diferente. He estado con el mismo grupo de músicos durante mucho tiempo, y pensé que era un buen momento para mí para trabajar con gente distinta y experimentar un poco”.

Esto la llevó a prescindir de su equipo habitual y a buscar nuevos colaboradores, como el productor e ingeniero Jacquire King (quien ha trabajado con Kings Of Leon, Tom Waits y Modest Mouse), junto con músicos como los baterías Joey Waronker (Beck, R.E.M.) y James Gadson (Bill Withers), el teclista James Poyser (Erykah Badu, The Roots) y los guitarristas Marc Ribot (Tom Waits, Elvis Costello) y Smokey Hormel (Johnny Cash, Joe Strummer).

Para las letras, muchas de las cuales reflejaban el desencuentro amoroso, contó con colegas como Ryan Adams y Will Sheff (Okkervil River), junto a sus habituales Jesse Harris y Richard Julian.

Llegados a este punto, cabe preguntarse si este cuarto álbum era tan distinto de los anteriores. Y la respuesta es afirmativa. Pero, aunque la promoción lo vendiera como el “disco rock” o “guitarrero” de la Jones, hay que matizar. Si bien es cierto que la mayoría de canciones se apoyaban en guitarras (delicadas, eso sí) y la presencia del piano era cada vez más testimonial, tampoco significaba que, de repente, se hubiera convertido en una émula de Juliette Lewis.

Pero la pátina jazz ya quedaba muy lejos, sustituida por un pop-rock de estribillos perfectos (Chasing Pirates, It’s Gonna Be), americana urbana (Light As A Feather) y dejes blues (I Wouldn’t Need You). De todas formas, en la segunda mitad del álbum aparecía un póquer imbatible integrado por las irresistibles Back To Manhattan (con pedal steel fantasmal), December (con carácter de nana minimalista), Tell Yer Mama (con ritmo trotón country ralentizado) y el sensacional y seductor blues tabernario Man Of The Hour, que demostraba su valía como compositora.

La edición deluxe de The Fall incluía un EP de seis temas en directo con versiones de Wilco, Johnny Cash y The Kinks. Además, se publicó Chasing Pirates Remix EP (2009), con remezclas de Ad-Rock y Mike D de Beastie Boys, Santigold & Snotty y The Droogs. Eran dos muestras más de la evolución de Norah y de su definición como una cantautora sui generis: ni más, ni menos.

… Featuring (2010) fue el argumento definitivo que demostró el gran talento de la hija de Ravi Shankar, excelsa en cualquier estilo. Esta compilación reunía grabaciones de Norah del período 2001-2010, desde antes de su debut –su brillante relectura en clave bossa nova del More Than This de Roxy Music para el álbum de Charlie Hunter Quartet Songs From The Analog Playground (2001)– hasta Little Lou, Ugly Jack, Prophet John, su colaboración en Write About Love (2010) de Belle And Sebastian.

En medio, dúos con artistas que la habían teloneado –M. Ward en el Blue Bayou de Roy Orbison, Sasha Dobson en el Bull Rider de Rodney Crowell, y Gillian Welch & David Rawlings en el Loretta de Townes Van Zandt– o que participaron en sus discos (Dolly Parton) y muestras de sus proyectos paralelos El Madmo y The Little Willies.

Aunque el grueso de … Featuring eran los cameos de la Jones en las grabaciones de artistas de todo pelaje: desde leyendas del country (Willie Nelson), el jazz (Herbie Hancock) y el funk de Nueva Orleans (Dirty Dozen Brass Band) hasta héroes del pop y el rock indie (The Foo Fighters y Ryan Adams).

Las colaboraciones más sorprendentes eran las que unían a la cantante con estrellas del hip hop: OutKast, Talib Kweli y, sobre todo, Q-Tip (en Life Is Better, una genial mezcla de rapeado con su dulce voz sobre una base de funk orgánico).

Aunque esta colección no era exhaustiva (faltaban sus trabajos con Joel Harrison, Adam Levy, Jim Campilongo, Dayna Kurtz, Jesse Harris, Peeping Tom y Charlie Haden), sí evidenciaba la excelente química que conseguía con todos sus partenaires.

Después de su experimento con Danger Mouse… Little Broken Hearts (2012), más orientado al pop indie–, de sus proyectos paralelos y de sus colaboraciones con artistas de lo más variopinto, llegó Day Breaks (2016). Se puede afirmar sin ningún tipo de rubor que Norah grabó el disco más jazzístico de toda su carrera, que su sello se empeñó en vender como un regreso a sus raíces.

Vale, no solo bastaba con contar en la nómina de colaboradores con jazzmen de la talla de Wayne Shorter (saxo), Brian Blade (batería), John Patitucci (contrabajo) y Dr. Lonnie Smith (Hammond), sino con obtener resultados a la altura.

Y la cantautora lo lograba sobradamente en Burn (propulsado por la pulsión del contrabajo, sobre el que se mecía su cálida voz, envuelta por el planeador saxo soprano), It’s A Wonderful Time For Love (con ese arranque evocador del Moondance de Van Morrison), Sleeping Wild, el arrastrado y vodevilesco Once I Had A Laugh (a lo parade de Nueva Orleans, con metales coloristas) y la espléndida balada blues Carry On.

Eso, sin contar con las versiones del Peace de Horace Silver (con el protagonismo de Shorter), el Fleurette africaine (African Flower) de Duke Ellington y, algo fuera de contexto, el Don’t Be Denied de Neil Young.

En Day Breaks encontrábamos también, cómo no, a esa Norah que irrita a los puristas, con muestras de su personal jazz-pop como las exquisitas Tragedy, And Then There Was You, Day Breaks y, en especial, esa Flipside de tensión creciente que estallaba en un estribillo soul respaldado por el órgano de Smith y que se convertía en una bomba en su traslación al directo.

Después, únicamente ha publicado varios singles –en 2019, Take It Away y Playing Along, ambos con Tarriona “Tank” Ball, líder de Tank And The Bangas; I’ll Be Gone, con Mavis Staples, y I Forgot / Falling, con Rodrigo Amarante; y en 2020, Seventeen, con Sharon Van Etten– y un LP, Pick Me Up Off The Floor (2020), con la coproducción de Jeff Tweedy de Wilco.

El 16 de abril aparecerá el live … ‘Til We Meet Again (2021), grabado en vivo en varios países entre 2017 y 2019, con un repertorio que abarca toda su carrera. No deja de ser curioso, si tenemos en cuenta que ha sido la artista más seguida por sus streamings en directo desde su casa durante la pandemia en 2020, algunos de las cuales se recopilaron en la reedición deluxe de Pick Me Up Off The Floor.

Al margen de sus trabajos en solitario, Norah ha participado en varios álbumes colaborativos: New York City (2003) y The Chill Album (2005), con The Peter Malick Group; Rome (2001), con Danger Mouse, Daniele Luppi y Jack White; Here We Go Again. Celebrating The Genius Of Ray Charles (2011), con Willie Nelson y Wynton Marsalis; Foreverly (2013), con Billie Jo Armstrong –una reinterpretación del álbum de The Everly Brothers Songs Our Daddy Taught Us (1958)–, y Begin Again (2019), con Jeff Tweedy y Thomas Bartlett.

Además, ha iluminado con su talento discos de tributo o benéficos como Lonesome, On’ry And Mean. A Tribute To Waylon Jennings (2003), Remembering Patsy Cline (2003), Just Because I’m A Woman. Songs Of Dolly Parton (2003), Higher Ground Hurricane Relief Benefit Concert (2005), Goin’ Home. A Tribute To Fats Domino (2007), River. The Joni Letters (2007), The Lost Notebooks Of Hank Williams (2011) y Sing Me The Songs. Celebrating The Works Of Kate McGarrigle (2013).

Y para acabar de demostrar su versatilidad, solo hace falta echar una ojeada a sus featurings en discos de otros artistas y grupos tan variados –aparte de los ya citados– como su hermanastra Anoushka Shankar, Jools Holland, Bonnie Raitt, Jerry Lee Lewis, Irma Thomas, Tony Bennett, Kathleen Edwards, Vinicius Cantuária, Charles Lloyd & The Marvels y Mercury Rev, entre muchos otros.

Enamorada del country

Norah Jones nunca ha ocultado su pasión por el country, algo que ha demostrado en sus propios trabajos (con versiones de Hank Williams y Townes Van Zandt), en directo (con adaptaciones de Willie Nelson y Gram Parsons), en discos ajenos (de Jim Campilongo, Adam Levy y Joel Harrison, con covers de Patsy Cline y Johnny Cash) y en álbumes de tributo a Patsy Cline, Dolly Parton y Waylon Jennings.

Entre sus muchos grupos paralelos, el que mejor plasma su espíritu vaquero es The Little Willies, formado en 2003 como una excusa para que cinco amigos –Norah (voz y piano), Richard Julian (voz y guitarra acústica), Jim Campilongo (guitarra eléctrica), Lee Alexander (contrabajo) y Dan Rieser (batería)– tocaran en The Living Room de Nueva York.

Y lo que empezó como un divertimento fue a más, con un álbum homónimo en 2006, seguido por For The Good Times (2012), un título que, además de pertenecer a una canción de Kris Kristofferson, parecía ser un homenaje a esos “buenos tiempos” en los que se escribían excelentes canciones country.

Con respecto a su debut, pocas novedades: nos encontramos con una brillante colección de versiones a cargo de un grupo en el que Norah era una integrante más y cedía el protagonismo a sus compañeros.

La selección de canciones era impecable: Julian interpretaba cortes de Red Simpson (el camionero Diesel Smoke, Dangerous Curves), Willie Nelson (el baladón jazzístico Permanently Lonely) y Johnny Cash (el rockabilly Wide Open Road) y Norah llevaba la voz cantante adaptando a Loretta Lynn (el orgulloso Fist City), Kristofferson (For The Good Times: piel de gallina garantizada) y Dolly Parton (Jolene).

La pareja unía sus talentos vocales en el vals I Worship You (Ralph Stanley), en el cabaretero Foul Owl On The Prowl (de la banda sonora de En el calor de la noche), en el hillbilly If You’ve Got The Money I’ve Got The Time (Lefty Frizzell) y en el delicioso Lovesick Blues (Hank Williams). Solo se incluía un tema nuevo, el instrumental de Campilongo Tommy Rockwood, donde el genial guitarrista se lucía con su estilo twang mientras Norah le respondía con un piano tabernario.

Mucho más que un simple pasatiempo, The Little Willies era otra muestra de la rica personalidad artística de Norah Jones que, sin embargo, carecía de pretensiones para ofrecer, simple y llanamente, discos tan bellos como For The Good Times.

El talento incontenible

Además de su proyecto más interesante, The Little Willies, a lo largo de su carrera Norah ha estado involucrada en otras aventuras que evidencian la dificultad de etiquetarla en un solo estilo. Estas son las principales, por orden cronológico.

LASZLO: grupo creado a finales de los noventa por el guitarrista Jerome Covington, con Norah (voz), Aaron Crouch (teclados, vibráfono y samples), Marc Rogers (bajo) y Bill Campbell (batería). Su sonido era una mezcla de hip hop, jazz y rock. Publicaron un solo álbum homónimo en 1999.

WAX POETIC: banda de trip-hop fundada en 1997 por el teclista y saxo de origen turco İlhan Erşahin, concebida como una formación de músicos que improvisaban. Norah participó antes de su exitoso debut como solista, junto con otros artistas que después despuntarían, como Saul Williams y N’Dea Davenport. Colaboró en dos de sus siete álbumes: Wax Poetic (2000) y Nublu Sessions (2003).

EL MADMO: trío de indie pop-rock creado en 2008, integrado por Daru Oda (bajo y voz, aka El), Norah (voz y guitarra eléctrica, aka Maddie) y Andrew Borger (batería, aka Mo). Su puesta en escena incluía disfraces y estilismos imposibles (maquillaje glam, pelucas afro…). Publicaron un álbum homónimo en 2008.

PUSS N BOOTS: trío de country alternativo formado en 2008, con Norah (voz, guitarra eléctrica y violín), la vocalista de jazz Sasha Dobson (voz, batería, guitarra acústica y bajo) y Catherine Popper (voz, bajo y guitarra acústica), colaboradora de Ryan Adams & The Cardinals, Grace Potter And The Nocturnals y Jack White. Tienen dos álbumes: No Fools, No Fun (2014) y Sister (2020).

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