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Jimmie Dale Gilmore, el cantautor zen

Jimmie Dale Gilmore
Etéreo. Foto: Valerie Fremin

La metafísica y la meditación lo alejaron del mundo del espectáculo, pero, por suerte, volvió a lo suyo, la canción. Considerado un icono musical norteamericano y un poeta intérprete, el mundo no podía permitirse perder un talento semejante. En el día de su cumpleaños, recordamos uno de sus discos en solitario y otro del supergrupo que creó con otras dos leyendas de Texas.

Nacido en Amarillo el 6 de mayo de 1945 y criado en Lubbock, Texas (la ciudad de Buddy Holly, Waylon Jennings, Terry Allen, Delbert McClinton y Lloyd Maines), Jimmie Dale Gilmore lleva la música en la sangre, ya que su padre era un guitarrista de honky tonk.

En los años cincuenta, se sintió especialmente afín al emergente rock’n’roll de otros texanos como Buddy Holly y Roy Orbison y a los revivals del folk y del blues, y en los sesenta sucumbió al influjo de Bob Dylan y The Beatles.

Junto con Joe Ely y Butch Hancock (ambos de Lubbock) formó The Flatlanders a principios de los setenta; luego, sus intereses espirituales lo apartaron de la música, recluido en un ashram en Denver para estudiar metafísica con un gurú.

Después de sus años de retiro, se instaló en Austin en 1980 y reanudó su carrera: en 1988 grabó su debut como solista, Fair & Square, seguido por Jimmie Dale Gilmore (1989), After Awhile (1991), Spinning Around The Sun (1993) y Braver Newer World (1996).

One Endless Night (2000), su sexto álbum, apareció tras cuatro años de silencio, en su propio sello Windcharger Music, y fue descrito por el cantante como “un autorretrato musical, un mosaico artístico de las influencias que han forjado mi estilo”.

Portada del CD "One Endless Night"

Y es que la mayoría de temas que integraban el disco estaban compuestos por algunos de sus amigos. Con todo, con su voz única y peculiar y su timbre etéreo que parece desafiar la gravedad, Gilmore conseguía apropiarse de las canciones como si fueran suyas.

Con la coproducción de Buddy Miller, estaba acompañado, además, por un relevante elenco de colaboradores que incluía a la violinista Tammy Rogers y a los cantantes Jim Lauderdale, Julie Miller, Victoria Williams y Emmylou Harris.

Como hizo Lyle Lovett en Step Inside This House (1998), en One Endless Night Gilmore recurría a grandes compositores de la escena texana: Townes Van Zandt (No Lonesome Tune, con brillantes solos de dobro y violín), Willis Alan Ramsey (el vals Goodbye Old Missoula), Walter Hyatt (el honky tonk Georgia Rose) y, cómo no, su colega Butch Hancock (Banks Of The Guadalupe y el vigoroso honky tonk-rock’n’roll Ramblin’ Man).

En el disco también podíamos encontrar versiones de otros autores como Jesse Winchester (el fronterizo Defying Gravity) y Steve Gillette (Darcy Farrow, con un mayor tratamiento percusivo y guitarras atmosféricas).

Pero las más sorprendentes eran las recreaciones de canciones de otros estilos: el épico Your Love Is My Rest de John Hiatt, el Ripple de Grateful Dead en clave honky tonk y, en especial, el célebre Mack The Knife de Kurt Weill, con un curioso tratamiento, austero y etéreo, alejado del triunfalismo swing de otras versiones.

El texano se reservaba solo tres canciones de su propia cosecha: One Endless Night, Blue Shadows (coescrita por Hal Ketchum y con una cadencia a lo Roy Orbison) y el inesperado tema final no acreditado, DFW, un trepidante honky tonk rayano en el rock’n’roll.

Alguna vez se ha destacado la capacidad de Gilmore de transformar la tristeza en belleza. One Endless Night no era un disco especialmente triste, pero sí denotaba la sensibilidad de su autor; no en vano él mismo lo consideró su trabajo “más cercano a mi corazón”.

Más bien parco en cuanto a discos se refiere, después publicó Come On Back (2005) –una colección de las canciones favoritas de su padre–, Heirloom Music (2011, con The Wronglers) y Downey To Lubbock (2018, con Dave Alvin).

Sus composiciones han sido interpretadas por Joe Ely, Nanci Griffith, Rosie Flores, Jack Ingram, M. Ward, Dave Alvin e incluso el grupo de indie rock Mudhoney –con quienes llegó a grabar un EP–, y ha colaborado en álbumes de Butch Hancock, The Hackberry Ramblers, Tom Russell, The Pine Valley Cosmonauts y John Wesley Harding.

Y no hay que olvidar su esporádica carrera como actor, interpretándose a sí mismo en Esa cosa llamada amor (Peter Bodganovich, 1993) y, sobre todo, en el filme de culto El gran Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998), en el papel de un jugador de bolos amenazado por Walter Sobchak –el mejor amigo de El Nota– con una pistola (podéis ver la escena arriba).

En la prehistoria de The Flatlanders

Portada del CD de The Flatlanders

Como la arqueología, la música a veces ofrece hallazgos sorprendentes. En 2003, los recién reunificados The Flatlanders (Joe Ely, Jimmie Dale Gilmore y Butch Hancock) descubrieron una vieja grabación de junio de 1972 que recogía un concierto de la primera etapa del grupo en un bar de Austin, ante un público de poco más de veinte personas, poco después de su formación.

Live At The One Knite. June 8th 1972 (2004) constituía un documento excepcional para descubrir la personalidad y el carácter poco común y avanzado a su tiempo de los Flatlanders. Con un sonido acústico en el que Gilmore (voz y guitarra), Ely (voz, guitarra, dobro y armónica) y Hancock (coros, guitarra, armónica y banjo) se acompañaban de Steve Wesson (sierra y coros) y Tony Pearson (bajo y coros), la banda ofrecía una muestra de su heterodoxo repertorio.

La lista incluía versiones de artistas clásicos de country como Hank Williams (el hillbilly de Honky Tonk Blues y Settin’ The Woods On Fire), Tex Ritter (Long Time Gone) y Bill Monroe (Love, Please Come Home), y de colegas contemporáneos como Townes Van Zandt (el folk poderoso de Waitin’ Around To Die y Tecumseh Valley) y Bob Dylan (Walkin’ Down The Line).

Pero no solo de country se nutrían los Flatlanders, y de ahí la presencia del San Francisco Bay Blues de Jesse Fuller, de los tradicionales Long Snake Moan y Hesitation Blues, del himno cajun Jole Blon y de la balada soul de Sam Cooke Bring It On Home To Me.

Y, entre tanta versión, un par de muestras del excelente talento de Hancock, las grandes baladas country The Stars In My Life y You’ve Never Seen Me Cry.

Raramente uno tendría la oportunidad de contemplar un concierto de los Flatlanders en el salón de su casa. Gracias a este disco, al menos se tenía la sensación de escucharlos en esas íntimas circunstancias.

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