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El ciclo de la vida con Lila Downs

Lila Downs: ella es el mestizaje

Quienes la hayan escuchado alguna vez, sabrán que no es una intérprete de canciones mexicanas convencional. Al contrario, es una investigadora del folclore indígena que bucea en la tradición para restaurarla con ritmos contemporáneos y crítica social sin renunciar a las lenguas ancestrales.

“Ni iin, ni iin-yo ma kuu tin. Suni ni kantii nastéy yuyó, kuu-yo kuu-yo nu ma kana nikantii”. Traducción para profanos del mixteco, una de las dieciséis lenguas del estado de Oaxaca: “Nadie puede tocarte, sol, descompones la vida y haces nueva vida, muere mi mundo sin usted, señor”. Elogio de la poesía: mientras en nuestro mundo te mueres y eres pasto de los gusanos, para los indígenas oaxaqueños la tierra traga la sangre cuando fallecemos y después da frutos. Es el ciclo de la vida.

Desde que debutó en 1994 con el casete Ofrenda, la carrera de Lila Downs parece haber formado parte de ese ciclo de la vida, de descomposición y transformación, en una evolución que tiene tanto de artístico como de personal. “Una va con la otra. Espero que haya evolucionado artísticamente, porque escucho mi voz en las grabaciones más recientes y me parece distinta. Para mí fue bastante difícil salir del encasillamiento, porque sentía que me limitaba, y fui hacia el otro extremo, hasta que terminé casi acabándome la voz por tratarla muy mal”, reconoce la cantante.

“Ojo de culebra”: en busca del balance

En 2009, en plena polémica por la gripe porcina mexicana, Lila visitó varias ciudades del estado español para presentar su disco Ojo de culebra (2008). Personalmente, esta era una de les entrevistas que más deseaba hacer, porque he seguido la carrera de la intérprete de Oaxaca desde sus inicios y la he visto actuar en diversas ocasiones.

El encuentro fue en un hotel de Barcelona el Cinco de mayo, el día que tuvo lugar la batalla de Puebla en 1862, que marcó la victoria del ejército mexicano contra la invasión francesa. Y, siento confesarlo, quedé algo decepcionado. Tal vez porque tenía las expectativas muy altas o porque Lila estaba cansada del largo viaje. Aun así, creo que la entrevista resultó bastante bien. Juzgad vosotros mismos.

Al ver tus conciertos (con elementos visuales como proyecciones), me da la impresión de que tus intereses van más allá de la música. Sin embargo, ¿por qué decidiste dedicarte a ella y no a la pintura u otra disciplina? Llegó el momento en que me tocaba escoger: o me dedicaba a la música o a la antropología –estudió esa carrera en la Universidad de Minnesota–. Opté por la primera porque recordé que, de pequeña, la gente me decía que lo hacía muy bien, y se emocionaban mucho cuando cantaba. Eso me hizo reflexionar. Cuando escuché a Mercedes Sosa volví a la música, porque la había dejado un rato, y pensaba que podía ayudar más al mundo conociendo más sobre mi cultura, mis raíces y la importancia del grupo indígena del cual provengo. Pensé: “Bueno, ¿qué es lo que yo hago que tenga la misma fuerza que, por ejemplo, la voz de Mercedes Sosa, alguien que cuando la oyes lo sueltas todo?”. Eso quise y todavía aspiro hacer, mover a las personas con mi voz.

Mercedes Sosa, decisiva

En tu álbum anterior –La cantina. Entre copa y copa… (2006)– fueron las cantinas; en Ojo de culebra, las curanderas. Parece como si con tus discos persiguieras algo: una curación, una catarsis, una huida de la realidad… Más bien es enfrentarse a la realidad que he tenido. En “La cantina” era necesario tirarme a la perdición de esa música, porque sentía mucha melancolía y mucha tristeza, así que fue necesario pasar un año o dos girando con ese material. Además, creo que es el disco que más le ha gustado a la gente. Porque es muy fácil decir “vamos a empinar la botella”, ¿no? Pero, al mismo tiempo, me afectó en la voz, en lo personal, porque también empiezas a engendrar una energía que no es necesariamente buena, hay más oscuridad. Con “Ojo de culebra” he podido enfrentarme a la disciplina de nuevo, a la necesidad de un balance en la vida. Pero sí, claro, son catarsis. Porque la música me ha ayudado mucho a salir de esos sentimientos por los que he pasado.

¿Intentas ser respetuosa con la tradición o pretendes destruir los clichés asociados a la música mexicana? Es decir, cuando abordas versiones de temas tan conocidos como La cucaracha, ¿cómo te lo planteas para no caer en el tópico? Siendo crítica y utilizando las herramientas que te da tu generación. En mi caso, un poco de hip hop y de crítica social, porque en ese tema en concreto es típico componer versos que critiquen a los políticos, se improvisan desde hace tiempo. Y creo también que hay una necesidad en mi generación de oír esas canciones, pero en otro contexto.

Después de un rato, cargar con ese peso, de ser siempre comparada con Frida Kahlo, llegó a ser mucho para mí

Juan Carlos Cáceres, un renovador del tango, afirma que “la modernidad está en los orígenes”. ¿Estás de acuerdo? Lo digo porque en tu obra hay una labor de investigación, de “arqueología”, una faceta que evoca tu pasado como antropóloga. Muchas veces buscas la influencia africana, por ejemplo, o utilizas lenguas indígenas. Tiene que ver con el instinto y la naturaleza humana: creo que por eso la música popular nos acompaña tanto. Necesitamos conectarnos con ella porque expresa los temores más grandes, simplemente para olvidar los problemas que vivimos a diario. Es importante desconectarse y cantar un tema de amor, por ejemplo.

Me sorprende que no hayas caído en la tentación de la fusión con la electrónica como Nortec Collective o Instituto Mexicano del Sonido. ¿Es por alguna razón especial? A mí me gusta, y sí hemos hecho algunos temas que han sido un poco más electrónicos, como “La bamba”, por ejemplo. No me molesta, al contrario. Pero no me convence lo que es demasiado fácil, y por eso siempre estoy buscando otras cosas que hacer, me motiva mucho el reto.

José Alfredo Jiménez, autor de varios temas de “La cantina”

Cuando te enfrentaste a rancheras y corridos clásicos en La cantina, ¿cómo reaccionaron los sectores más puristas? Hubo críticas, especialmente en los Estados Unidos. Unos que son muy tradicionales decían que cómo se estaría revolcando en su tumba José Alfredo Jiménez al saber que una mujer estaba cantando sus temas (se ríe a carcajadas). Algún machito típico mexicano… Pero, en general, fue todo lo contrario de lo que esperaba: pensé que iba a ser más rechazado y fue más aceptado de lo que creía. Incluso después de “La cantina” empezaron a invitarme al Encuentro Internacional del Mariachi y la Charrería que se celebra cada año en Guadalajara, Jalisco, adonde llegan grupos de Japón, Jamaica, Chile, Argentina, de todas partes del mundo. Y ya he ido varias veces.

¿Cuál es tu mayor influencia como cantante? Yo diría que Lola Beltrán y Mercedes Sosa, porque el timbre de la voz es parecido, tengo un timbre grave. Y creo que, en espíritu, Lucha Reyes, porque soy algo brava, no me dejo de tantas cosas (se ríe). Soy buena gente, puedo serlo, pero de pronto también me defiendo.

¿Crees que tienes sucesoras? Sí, ahora hay unas chicas en mi tierra, en Oaxaca, que están haciendo cosas parecidas a las que yo he hecho, y me da como vergüenza en cierta manera, pero también mucho orgullo y mucho gusto, porque demuestra que he aportado algo.

Desde el principio se te ha asociado con Frida Kahlo, no solo por la estética (los huipiles), sino por interpretar canciones asociadas a ella como La bruja (una de sus preferidas) o La llorona. Cuando oigo tus discos o veo tus conciertos, pienso que a Frida le encantarían. ¿Qué significó para ti? Me identifiqué con ella cuando estudiaba el simbolismo del textil indígena triqui para mi tesis de licenciatura. Entonces la descubrí, porque en mi niñez no me la enseñaron en la escuela; en esa época la situación era más machista, y en los libros de historia de México no se ha abordado a Frida hasta hace poco. De pronto, me di cuenta de que era una mujer que se veía muy europea en un contexto muy indígena y muy de mi región, porque yo soy de madre oaxaqueña, como ella. Y me identifiqué con su cosmovisión: esos cuadros con el bebé que ha perdido, la madre Tierra, la representación de la coyolxauhqui –la diosa de la Luna según la mitología azteca– y ese ciclo de la vida. Es muy indígena, muy próximo a mi niñez. Mi abuela contaba cómo la tierra se traga la sangre cuando morimos y luego da frutos de nuevo. Los campesinos hablan de ese ciclo de la vida. Me di cuenta de que Frida, aunque no era del todo indígena y su padre era alemán, podía sentirse muy mexicana. Aunque después de un rato, cargar con ese peso, de ser siempre comparada con ella, llegó a ser mucho para mí. También tuvo que ver con la depilación de la ceja: era necesario buscar mi lado femenino.

Bajo el influjo de Frida Kahlo

En Ojo de culebra hay muchos colaboradores. ¿Están todos los que querías, o alguno ha quedado fuera? Los Tigres del Norte. Queríamos invitarlos, tuve conversaciones con el señor Jorge –Hernández, líder y cantante de la formación–, pero nunca pudimos llegar a algo. Él quería que yo compusiera un tema que hablara sobre los incas, y me pareció increíble la idea, pero no pude hacerlo, tenía muchas otras cosas que coordinar. No me dio el riñón (se ríe). Espero que en el futuro pueda hacer algo con ellos.

¿Es este tu disco más ambicioso? Gracias a la producción y arreglos de Brian Lynch, es el más elaborado en cuanto a metales. Sí, tiene un sonido más urbano y más sofisticado. Y además se arriesga con el encuentro entre influencias del Norte y del Sur, de la frontera de Estados Unidos con México. Y eso siempre es muy difícil, porque lo que parte de la cultura anglófona es muy diferente al gusto latinoamericano en términos musicales, de búsqueda de expresiones de amor, etcétera. Por suerte encontré algunos temas que funcionan bien en ambos mundos, y eso me sorprende. Fueron unos tres años de trabajo.

¿Cómo escogiste las versiones de Black Magic Woman (popularizada por Santana) y I Envy The Wind (Lucinda Williams)? Fue poco a poco. Traduje la canción de Lucinda Williams, la probaba y no estaba segura… Había varios temas que estaban así, como cocinándose. Hasta que no la cante y vea que funciona en vivo, no decido grabar una canción, y es lo que hice con “Yo envidio el viento”. Y con “Black Magic Woman” tampoco estaba muy segura… En México es donde mejor se ha aceptado, y eso que está en inglés; bueno, es bilingüe. En Estados Unidos también, porque es una canción que todos conocen, pero depende de quién la está cantando, supongo.

Buscando las raíces indígenas

¿Se puede hablar de una apertura hacia nuevos sonidos? Me refiero, por ejemplo, a los Balcanes en Perro negro. Sí. Esa influencia fue muy fuerte para nosotros porque conocimos a Goran Bregović cuando tocamos en Hungría. Allí hubo un enamoramiento con esa música. Además, mi esposo Paul Cohen, que es judío, ha estado estudiando el klezmer, una tradición que se ha ido diseminando por diferentes partes de Europa. Creo que esas dos influencias están muy hermanadas. Y ahora tenemos la fortuna de tener a Dana Leong, un músico que formó parte de Balkan Beat Box y toca el trombón en esta gira.

Participaste en alguno de los shows acústicos de Los Lobos en Estados Unidos. ¿Te influyó de alguna forma? Lo digo por la canción Minimum Wage, que suena a su tipo de rock’n’roll. No fue intencional pensar en Los Lobos… Mira, qué bien, me gusta tu comparación. Aunque, para mí, la inspiración fue Johnny Cash, esa tradición de cantar una narración, un corrido básicamente, pero en inglés. Hay norteamericanos que opinan de distinta manera que muchos personajes de la era de Bush que estaban muy en contra de los inmigrantes ilegales. Y me parece que hay otro lado en el relato: en los Estados Unidos, la historia está muy arraigada, porque si lo pensamos todos tenemos algún ancestro, algún abuelo o abuela que fue inmigrante, y que trabajó de jornalero, de barrendero o de lavaplatos.

¿Crees que con Obama va a cambiar esa actitud hacia la inmigración? Espero que sí. Es un tema delicado porque la gente de derechas tiene una opinión muy errónea sobre otros seres humanos. Creo que la comodidad es la madre de la ingratitud. Tenemos mucho que reflexionar sobre esto, en especial educarnos un poco más sobre quiénes son los que están aportando los servicios básicos.

Interpretando La llorona en la película Frida

Eres una persona con preocupaciones políticas y sociales, y has participado en distintas campañas. ¿Crees que la música es una forma de preservar la herencia cultural? Podemos concienciar al público. Hay canciones que tienen narrativas que son importantes para la historia en un contexto, pero yo aspiro a buscar que funcionen en todos los niveles: musicalmente, pero también con la narrativa y con la conciencia. Y eso es difícil lograrlo.

En el cine has tenido experiencias de gran éxito, como la banda sonora de Frida (Julie Taymor, 2002), y tus canciones también suenan en Tortilla Soup (María Ripoll, 2001), Las mujeres de verdad tienen curvas (Patricia Cardoso, 2002) y Los tres entierros de Melquíades Estrada (Tommy Lee Jones, 2005). ¿Te gustaría explorar nuevos caminos, componiendo scores instrumentales? Me interesa más la parte visual del cine, y es lo que hacemos en los conciertos. Viajamos con artistas que filman tomas narrativas de diferentes temas que abordamos en las canciones. Me interesa más ese aspecto que crear la música para cine –algo que se aprecia sobre todo en el DVD Lotería cantada (2006), un magnífico trabajo incomprensiblemente inédito en España que, además de imágenes de directos, incluye obras de diversos videocreadores–.

Has participado en discos de Charanga Cakewalk (Chicano Zen, 2006), Brian Lynch & Eddie Palmieri (Simpático, 2006), Dan Zanes (¡Nueva York!, 2008) y en el colectivo Spain In My Heart. Songs Of The Spanish Civil War (2003). ¿Cuál ha sido tu última colaboración? He grabado la canción “Razón de vivir” con Mercedes Sosa para un disco que ha hecho con miles de personas (se ríe); eso fue muy emocionante –se refería al álbum en dos entregas Cantora (2009), donde participaron, entre otros, Calle 13, Charly García, Caetano Veloso y Daniela Mercury–. Y en el futuro, ojalá pueda hacer algo aquí en España con Javier Limón.

El día que me enamoré de Lila

Lila: pasión mexicana. Foto: Elena Pardo

Todo empezó cuando leí Bajo el volcán (1947) de Malcolm Lowry. Ese mundo decadente ahogado en mezcal, con un protagonista hecho polvo en un ambiente que no era el suyo me atrapó. En esa época, a mediados de los ochenta, abrió en el barrio de Gràcia, justo al lado de mi escuela, la primera Cantina, y me convertí en un asiduo; desde entonces la cocina mexicana se ha convertido en mi favorita.

La cultura de México siempre me ha atraído: su gastronomía, su música, su arte (sobre todo Frida Kahlo), sus luchadores enmascarados, su particular visión de la muerte (con una celebración que desdramatiza tanto el trance como el Día de los Muertos) y su costumbre de construir pequeños altares domésticos donde se mezcla el recuerdo de las personas queridas ya desaparecidas y las ofrendas más terrenales (yo mismo hice uno dedicado a mi padre, y tengo pendiente otro para mi madre).

Aunque, ahora que pienso en ello, mi relación con ese país se remonta todavía más atrás en el pasado, cuando era un niño e iba con mis abuelos al Balneario Prats de Caldes de Malavella. Allí conocí a mi primer amor, una niña mexicana que, me acordaré toda la vida, se llamaba Jasive Nicolau.

Por todo ello, no es de extrañar que esté completamente fascinado por una artista como Lila Downs. De entrada, por su estética que recuerda a una Frida más femenina (sin el bigote y las cejas juntas), con su recuperación de los vestidos tradicionales como el huipil y sus peinados: en definitiva, toda una belleza morena mexicana (y eso que su padre era estadounidense, pero su madre era una indígena oaxaqueña).

Espectacular en concierto

No recuerdo muy bien cómo y cuándo la descubrí. ¿Quizá fue una crítica o un artículo que leí? Lo que sí sé es que, cuando se estrenó la película Frida, donde ella aparecía como actriz, ya tenía alguno de sus discos e incluso la había visto en directo. Tras su participación en el biopic de la pintora, su popularidad empezó a subir.

Lila ha actuado en innumerables ocasiones en Barcelona: la primera, en la Plaça del Rei, el 21 y 22 de julio de 1999, cuando era una desconocida. La segunda, en L’Espai, el 21 de noviembre de 2001. La tercera, en Bikini, el 26 de noviembre de 2002. La cuarta, en el Fòrum, el 30 de junio de 2004. La quinta, en Apolo, el 1 de diciembre de 2004. La sexta, en el Teatre Grec, el 26 de julio de 2006. La séptima, en Razzmatazz, el 23 de noviembre de 2006… y desde entonces ha venido con frecuencia: la última, el pasado 1 de julio. De todas estas veces, la he visto la segunda, la cuarta, la sexta y alguna más recientemente.

Aunque sus primeras grabaciones fueron un casete autoeditado –Ofrenda (1994)– y un directo donde, incluso, interpretaba jazz en inglés –Azuláo. En vivo con Lila Downs (1996)–, se considera su debut internacional La sandunga, publicado en 1997 en un sello independiente mexicano y relanzado en 1999.

El debut internacional

En este álbum, incluía canciones muy conocidas, como los excelentes boleros Un poco más y Sabor a mí, la ranchera Pobre changuita, el vals La sandunga, y la Canción mixteca que canturreaba Harry Dean Stanton en Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), y que aquí se acompañaba con una brass band infantil.

Otras composiciones eran menos conocidas, como Naila y Pinotepa (de nuevo con el aire callejero y festivo de los metales), y el resto eran temas propios, como el bolero Tengo miedo de quererte, el corrido Ofrenda o la adaptación de un poema en lengua mixteca, Yunu yucu nicu.

Mención especial merecían dos temas tradicionales, relacionados con Frida Kahlo: La llorona (que volvió a interpretar en otra versión en el filme Frida), y el corrido El venadito (título de un cuadro de la pintora de 1946). Una reedición posterior de 2003 omitía un corte alternativo de Pinotepa, e incluía tres bonus tracks: las adaptaciones de Perfume de gardenias, La malagueña y Bésame mucho.

Ya en este debut, la mexicana lucía el poderío de su voz (de las notas más graves a las más agudas, de la fuerza a la sensualidad, del dramatismo a la caricatura), su capacidad para vivir con intensidad las letras de las canciones, y su habilidad para revivir los temas populares con arreglos jazzísticos y procedentes de otros estilos.

Una sangre, pero varias culturas

Tras La sandunga, Lila lanzó el más conceptual Tree Of Life / Árbol de la vida (1999), el autoeditado Trazos (2000) y Border / La línea (2001), hasta llegar hasta otra joya, One Blood / Una sangre (2004), donde contaba con un versátil grupo de multinstrumentistas de Estados Unidos, México, Cuba, Chile, Brasil y Japón.

En Viborita introducía ritmos africanos y un desarrollo instrumental jazz, y se atrevía con dos de los temas más caricaturizados del folclore mexicano: La bamba acentuaba las percusiones, y La cucaracha incorporaba críticas políticas, cadencia reggae y rapeado. También adaptaba dos estándares: Cielo rojo (con toques arabizantes) y la estremecedora Paloma negra.

En sus composiciones propias, pasaba de los sonidos tradicionales (la festiva Malinche) a las fusiones inesperadas (la inclusión de un fragmento de Morenita mía y el rezo de una curandera en la reivindicativa Dignificada, y la convivencia de blues del Delta y góspel en Mother Jones).

En su quinto trabajo, La cantina. Entre copa y copa… (2006), se adentró de forma casi monográfica en las rancheras, las baladas que hablan de rupturas amorosas, traiciones, alcohol y nostalgia, y que habitualmente se cantan en las cantinas, entre copa y copa de tequila.

La consagración

Sin embargo, tenía poco de disco ortodoxo. De acuerdo, Lila abordaba tremendas y desgarradoras rancheras clásicas compuestas por el maestro José Alfredo Jiménez como Tu recuerdo y yo, Pa’ todo el año, La noche de mi mal y Amarga Navidad, o popularizadas por grandes artistas de la canción mexicana como Lola Beltrán (La cama de piedra, La tequilera) y Pedro Infante (Entre copa y copa, rebautizada como Penas del alma).

Pero, aunque contaba con el acordeón de Flaco Jiménez y otros instrumentos tradicionales, aunque lucía una voz espectacular y un sentimiento a flor de piel, siempre introducía elementos que sorprendían agradablemente y ofrecían una nueva perspectiva de estilos tan trillados como la ranchera, el corrido o la cumbia. Así, se entrecruzaban programaciones, guitarras eléctricas estridentes, recitados poéticos, ritmos quebrados, efectos de sonido ambientales, voces manipuladas, metales atronadores y rap.

En esta evocación de canciones tradicionales, Lila no olvidaba el carácter reivindicativo de sus anteriores trabajos. Así, La cumbia del mole era un tributo a la magia de la cocina mexicana a través de la receta del mole; El corrido de Tacha “La teibolera”, la historia de una chica que deja su pueblo para triunfar en la gran ciudad; El relámpago, una celebración de la fertilidad de la tierra, y El centenario, un narcocorrido en toda regla. La cantina fue, sin duda, el disco que la consagró como la gran dama del folk mexicano del futuro.

Tras El alma de Lila Downs / The Very Best Of (2008), un disco de grandes éxitos editado solo en México que incluía un DVD con un concierto en Madrid, llegó Ojo de culebra (2008) –editado como Shake Away en los Estados Unidos, con cambios en el tracklist–, donde se puso en manos de curanderos para sacar adelante uno de sus álbumes más ambiciosos, lleno de sorpresas.

La versión norteamericana

En primer lugar, los invitados: Rubén Albarrán (Café Tacvba) en la circense Perro negro; la veterana Mercedes Sosa en el precioso bolero Tierra de luz; Gilberto Gutiérrez (Mono Blanco) en la folclórica Los pollos, y, qué le vamos a hacer, Bunbury en Justicia, con recitado previo, y La Mari (Chambao) en Ojo de culebra, en la que el flamenco-chill convivía con la cumbia.

En segundo lugar, las versiones: el excelente Black Magic Woman de Fleetwood Mac popularizado por Santana, a dúo con Raúl Midón, con acento en los metales latin jazz y fragmentos en castellano donde la cantante exhibía el poder de su voz al estilo de La Lupe o Yma Sumac; el I Would Never de The Blue Nile, una balada pop jazzística, y, sobre todo, el romántico Yo envidio el viento (el I Envy The Wind de Lucinda Williams), embellecido con el solo de trompeta de Brian Lynch.

Por último, el sonido: en lugar de quedarse estancada en su puesta al día del folclore mexicano, Lila abría vías inéditas. Solo así se explicaban la irresistible fanfarria del Este europeo en Perro negro, el rock’n’roll deudor de Los Lobos en Minimum Wage y en ese Skeleton con brass band al estilo de Nueva Orleans, y el funk mezlado con cantos tribales en Silent Thunder.

No es que dejara atrás su herencia, ni los ritmos ni las bellas leyendas que ilustran algunas de sus canciones –eso lo encontrábamos, por ejemplo, en Taco de palabras, una cumbia que jugaba con elementos gastronómicos–. Simplemente la enriquecía con la coproducción del jazzman Brian Lynch, autor de unos arreglos de metal más cuidados que nunca.

La prueba del directo

Y, tratándose de una artista total, que se defiende por igual en un disco o en vivo, era de cajón que tarde o temprano acabaría lanzando un álbum en directo como En Paris – Live à FIP (2010), grabado el 11 de mayo de 2009 en un estudio de Radio France en Paris junto a su banda La Misteriosa.

En su concierto parisino, la oaxaqueña repasaba toda su discografía hasta ese momento, de La sandunga a Ojo de culebra. Y así sonaba la estremecedora Paloma negra (un tour de force para exhibir su poderosa voz), el country trotón de Minimum Wage y la versión del I Envy The Wind de Lucinda Williams.

También incluía la revisión de La cucaracha (pasada por el tamiz del reggae y el rap) y ese Perro negro donde se cruzaban espectaculares aires klezmer con percusiones endiabladas, por citar solo algunos de los momentos más memorables, en una orgía de sonidos del mundo donde tenía cabida el folclore veracruzano, la cumbia, el bolero, los ritmos africanos, el jazz y el funk.

Sería injusto no valorar la aportación de La Misteriosa, en la que destacaba la creatividad de Celso Duarte con el arpa y la fuerza torrencial de Dana Leong con el trombón. El álbum se acompañaba de un DVD con el mismo concierto, excepto Yo envidio el viento.

Después, Lila ha publicado Pecados y milagros (2011) –con Totó la Momposina, Celso Piña e Illya Kuryaki & The Valderramas–, Balas y chocolate (2015) –con Juan Gabriel y Juanes–, Salón, lágrimas y deseo (2017) –con Andrés Calamaro, Diego el Cigala, Carla Morrison y Mon Laferte– y Al chile (2019) –con Norah Jones y Gepe–, varios de ellos reeditados solo en México con DVD con conciertos y documentales. Y no hay que olvidar Raíz (2014), su álbum conjunto con Niña Pastori y Soledad Pastorutti.

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