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Fermin Muguruza: regreso a NOLA

Fermin Muguruza: aventura en Nueva Orleans. Foto: Jone Unanua
Fermin Muguruza: aventura en Nueva Orleans. Foto: Jone Unanua

Ha sido una de las grandes sorpresas de 2015: Fermin Muguruza no solo ha grabado un álbum en Nueva Orleans con músicos de la ciudad, sino que ha aprovechado para realizar allí un documental cuando se han cumplido diez años de la tragedia del Katrina. El polifacético artista de Irún nos cuenta la génesis de este doble proyecto y las similitudes entre Euskadi y The Big Easy.

Siendo honestos, tampoco deberíamos sorprendernos tanto. Hace nueve años, Fermin Muguruza publicó Euskal Herria Jamaika Clash (2006), grabado en Jamaica junto a leyendas del reggae como U-Roy. En ese momento, le comenté que tal vez su próximo paso debería ser colaborar con raperos como Chuck D o Michael Franti. Pero no, el objetivo era otro: Nueva Orleans.

El origen de todo este doble proyecto, un CD/DVD integrado por el álbum Irun Meets New Orleans y el documental NOLA?, se encuentra en el festival In-Edit de Barcelona. Allí el irundarra conoció a Aaron Walker –autor de Bury The Hatchet (2010), dedicada a los indios de Mardi Gras– y Lily Keber –responsable de Bayou Maharajah. The Tragic Genius Of James Booker (2013), sobre la figura del legendario pianista-.

“Es la primera vez que me ocurre: llegar a una ciudad de la mano de unos cineastas, con quienes surgió una amistad”, reconoce Fermin. “De hecho, siempre pensaba que algún día tendría que ir a Nueva Orleans porque todo lo que pasaba por allí me encantaba, pero fueron ellos los que me invitaron. Al ir presentándome a músicos y contándoles todo lo que he hecho, enseguida se interesaban, te integraban, y más si eres una persona como yo, que ha dirigido documentales, con un background muy exótico y, a la vez, con el que se identifican mucho, de censura, cantando música rebelde en un idioma tan extraño como el euskera… Me decían: ‘Vente mañana a tocar aquí’. Al final, organizamos un concierto en un bar de Frenchmen Street y George Ingmire, que es quien hace de hilo conductor en ‘NOLA?’, me entrevistó en la mítica emisora WWOZ”.

Portada de

¿Y cómo surgió la idea de grabar un disco en Nueva Orleans? Después de tocar allí, la gente me empezó a decir: “Tienes que hacer algo más”. Justo también en esas fechas, me encontré a mi colega Jello Biafra: “Vente, voy a actuar en un bar rockero, pero con una brass band”. Fui y vi aquello, a Jello interpretando “House Of The Rising Sun”, pero también “Holiday In Cambodia” con una sección de vientos, y pensé que era algo increíble y que debería hacer algo así. Pasó el tiempo y me seguía escribiendo con Aaron y Lily. Hasta que este año volví a ir en mayo, para ver si podía armar algo, y enseguida estuve otra vez con todos los músicos. Entonces decidí hacer el disco y el documental, porque me parecía muy interesante todo lo que me estaban contando, y quería dar conocer esa realidad. Y en septiembre me planté allí.

¿Cómo escogiste a los músicos? ¿Lo dejaste todo en manos del productor, Jonathan Freilich? No quería que fuera un disco de grandes estrellas, sino con los músicos que había ido conociendo. Teníamos dos formatos: uno, más rhythm’n’blues y el otro, de second line. Al llegar en septiembre todo el mundo sabía que estábamos preparando este follón. Es una maravilla poder hacer algo así y ver que todos los músicos están tan implicados. A muchos los había conocido antes y de los otros Jonathan me iba enviando vídeos. Luego piensas “joder, hubiera podido conocer a Allen Toussaint”. Pero no era mi intención hacer un disco de grandes estrellas, sino grabar en Nueva Orleans con músicos de la ciudad. Así como en Jamaica tenía muchas ganas de estar con U-Roy o Toots y fui al estudio de Bob Marley, en este caso se trataba más de meterme en el ambiente de músicos que igual no tienen tanto nombre, pero que si la gente profundiza, se da cuenta de que son cracks, números uno. Es interesante contar en cuántos grupos están. Dan Oestreicher, el saxo barítono, por ejemplo, forma parte de Orleans Avenue, la banda de Trombone Shorty.

Fermin, grabando con la legendaria Preservation Hall Jazz Band

Hablemos de algunos de esos artistas que han colaborado en el disco. Empecemos por la Preservation Hall Jazz Band. Fue una idea de Jonathan. Estuve con ellos, son muy amigos de Aaron Walker… La verdad es que allí todos en el mundillo se conocen. Es una escena donde todos están codo con codo. Conocí a la gente de Preservation y estuve en ese lugar maravilloso donde también he grabado.

La rapera Katey Red. Sugerí que me gustaría meter a un rapero o una rapera y me preguntaron: “¿Qué te parecería algo de bounce?”. Me enviaron vídeos con todo esto del twerking. No conocía el estilo. Me contaron que, antes del Katrina, era muy denostado por todo el mundo y, sin embargo, después era algo que identificaba a la gente, con esa idea de comunidad, de defenderse los unos a los otros, incluso dentro de los movimientos feministas y transexuales… Estuve en una fiesta de bounce y es supercurioso, porque ves a los raperos, los más malos malotes, con esa historia tan homófoba, y están todos ahí con los gays bailando, está muy mezclado; es una lección, como decir: “Dejaros de tonterías, de pistolas y de bling-bling”.

La cantante Erica Falls. La había visto en un concierto de Galactic y me había quedado petrificado. No entendía cómo no era más famosa que ninguna otra, me dejó impactado. Tiene su propia banda.

El acordeonista Sunpie Barnes. Pertenece a la cultura cajun, hace vudú y mete frases en francés que no se entienden.

¿Destacarías a algún otro? Doug Belote, el batería, es un monstruo. Toca muchas cosas comerciales para sobrevivir, y luego participa en un montón de bandas sonoras: “Treme”, “True Blood”… Es un músico de estudio, pero creo que es el mejor que he visto nunca: es espectacular, impresionante. Le encantaba la idea de meter el groove de Nueva Orleans a esa actitud punk-rock, más fuerte.

¿Cómo seleccionaste los temas de tu repertorio para adaptarlos al sonido neorleano? Por un lado, mantengo un secretismo respecto a mis proyectos, y no explico nada hasta que lo tengo todo hecho. Pero, claro, también cuento con mi círculo de confidentes y lo comento con ellos. Uno de ellos es Txap (Karlos Osinaga), el técnico de sonido y bajista de Lisabö. De hecho, él se ha encargado de las últimas mezclas. Me dijo que tenían que ser diez canciones. Además, coincidía con el décimo aniversario del Katrina. Pero tenían que ser diez: dos versiones (Mess Around, When I Die), dos de Kortatu (Etxerat!, After-boltxebike), dos de Negu Gorriak (Kolore bizia, Gora Herria), dos de mi propia carrera (In-komunikazioa, Dub Manifest) y las dos últimas que he hecho estos años (Zugarramurdin akelarrea, Black Is Beltza). Me decidí por estas porque quería mostrar toda la variedad musical de Nueva Orleans, y no quedarme solo en la marching band y que todas las canciones fueran de ese estilo. Algo que, por otra parte, me encanta: recuperar la idea de las charangas. En el País Vasco hay cientos de ellas. Con “Gora Herria” introduje el cajun y el bluegrass, y luego el funk soulero para “Black Is Beltza”. Quería las second lines para “Dub Manifest” y “After-boltxebike”… Otro de mis confidentes, Joseba Ponce, que fue el bajista de Dut y me hace la maquetación y el diseño, me dijo que tenía que pillar las canciones que se pudieran amoldar más fácilmente.

¿Y entre las miles de canciones asociadas a Nueva Orleans, como escogiste Mess Around y When I Die? Esto fue muy difícil. Pero una la tenía clara: la que quería dedicarle a Amaia –Amaia Apaolaza, su mánager, fallecida el pasado mes de julio-. “When I Die”, de Kermit Ruffins, fue la última que elegí, cuando ella murió. Era también una forma de contar cómo me gustaría que fueran las despedidas a las personas que queremos. Estoy harto de los funerales católicos, ir a la iglesia y no saber qué tenemos que hacer… Era eso, montar un homenaje, una despedida y celebrar lo que hizo esa persona durante su vida. Al final de la canción digo lo que quiero que se haga cuando me muera: que mi banda venga a la primera línea, la línea del frente, que todo el mundo se una a la segunda línea a bailar y celebrarlo, y que repartan mis cenizas por los bares. La primera parte está dedicada a Amaia; además, es un tema que resume todo el funeral en Nueva Orleans: el momento en que se acompaña el cuerpo hasta el cementerio, que es mucho más ceremonioso, y la fiesta y la celebración. Tener esto en la misma canción me parecía perfecto.

¿Y el Mess Around? La escogí por varios motivos: el primero es que, cuando salió el biopic de Ray Charles, lo veía con mis hijos. Si a los niños les gusta una película, la tienes que repetir una y otra vez. Yo me lo pasaba fenomenal con ellos y, cada vez que llegaba esa canción, me ponía a cantar como un loco y les contagiaba. Era una especie de celebración de la vida, que se transmite entre generaciones. Cuando mis hijos la escuchen pensarán “mi viejo se ponía loco con esta canción”, así como yo tengo el recuerdo de mi padre con Peret. Por otro lado, está el hecho de reivindicar “Mess Around” como un tema de Nueva Orleans. Mark Bingham -el ingeniero de sonido- me dijo que Ahmet Ertegun la había firmado, pero que allí había mucho robo. De hecho, Dr. John cuenta en un documental que era un boogie woogie instrumental de Cow Cow Davenport, y que lo escucharon y le pusieron letra y se convirtió en un gran éxito. Se la apropiaron, como hizo Elvis Presley con un montón de canciones.

Hablemos de NOLA?, el documental. El hecho de que el hilo conductor sea un locutor de radio ¿es un guiño al principio del videoclip de Radio Rahim que, a su vez, era un guiño a Do The Right Thing (Spike Lee, 1989)? Por un lado, soy un fan total de Lee y, en relación con Nueva Orleans, para mí el gran documento de todo lo que ocurrido en torno al Katrina es su película “When The Levees Broke” (2006). Por otra parte, soy un loco de la radio. En 1988, cuando dejé Kortatu, me metí en Radio Egin para encargarme de los musicales y de la discoteca, y después hice un magazine todas las noches de diez a doce, el primer programa en euskera con todo tipo de música. Allí grabé el vídeo de “Radio Rahim”, que es un guiño a “Do The Right Thing”, por supuesto. Ahora vuelve a ser un guiño a Lee de nuevo, pero también a la radio. Puedes decir que hay una crisis en los medios de comunicación, que el papel se pasa a digital o lo que sea, pero creo que la radio va a estar siempre allí. La WWOZ la puedes escuchar a través de internet en todo el mundo. Esa emisora es importantísima. Es una universidad de la música.

George Ingmire, el locutor de la WWOZ que sirve de hilo conductor de

Me parece que la serie Treme ha tenido una gran influencia en el documental. ¿Es cierto? Las fotos e imágenes de archivo de los créditos, por ejemplo. Bueno, “Treme” rinde un homenaje a “When The Levees Broke”, porque también empieza así. Y, de hecho, muchos de los actores salían en su documental y muchos de los temas tratados aparecían allí. Es un guiño al inicio de “Treme” y, a la vez, a la película de Lee.

También me refiero a la manera como las canciones están integradas en la narración en tu documental… Por un lado, ha habido mucho trabajo de escritura previa, de relacionar lo que quería contar con las canciones. En ese sentido, una de las referencias más grandes es “Treme”, eso está clarísimo. Además, cuando te refieres a “Treme” no estás hablando de una hora, de un episodio…estamos hablando de cuatro temporadas… Eso es una enciclopedia. Queríamos hacer un documental donde la música se integrara tan bien como lo hizo esta gente, y eso fue una idea de escritura, al principio. Pero luego, te encuentras con cosas tan importantes como una de las claves de este trabajo, que probablemente se haya explicado antes, pero no lo había escuchado: después del Katrina, y eso lo cuenta Charlie Gabriel, el más veterano de la Preservation, necesitaban que volvieran los músicos. Esa frase es la clave. Cuando una ciudad no tiene música, ya no es la misma ciudad; ya no es ciudad, incluso. A mí eso me impactó muchísimo. Gabriel también explica: “Nos pidieron que volviéramos a casa, y cuando llegamos estaba todo destrozado, pero vimos que, de repente, estaban esperándonos para que tocáramos, y volvimos a estar vivos a través de la música”. Es otro detalle que aparece en la película de Lee: en el momento más crítico de todos, cuando la gente está desesperada y no sabe qué hacer en el Superdome, de repente un grupo se pone a cantar “We Shall Overcome”, canciones de los derechos civiles, del Mardi Gras… y empiezan a moverse y a unirse, y salen del Superdome y cantan todos fuera y después deciden organizarse. La música es el motor que hace que se organicen ante ese caos y decidan que, como nadie les está ayudando, se van a ayudar ellos mismos. Eso, para mí, es la enseñanza más grande que me he podido traer de allí.

¿A través de este proyecto, has establecido nexos de unión entre Euskadi y Nueva Orleans? Intentaba hacer un hilo conductor con mis canciones, interpretadas en euskera,  y todo lo que íbamos contando en el documental. Esa relación de pueblos originarios y ancestrales: por ejemplo, los aquelarres de Zugarramurdi, el vudú procedente de Haití y la santería de Cuba. Contar esa idea de estar fuera de la religión, de haber sido muy machacados: nosotros, por la inquisición, y ellos, por herejes. Y luego está el tema de la comunidad, de la cultura, de las raíces. Hay paralelismos, encuentras una cercanía. Hay una cosa muy graciosa: la salsa más famosa de allí se llama Zatarain, y es de un vasco que llegó a vivir en el siglo XIX.

Y parece ser que el legendario Jean Lafitte era de origen vasco… Empiezas a investigar y sale toda esa idea de los piratas del País Vasco Norte. Leí en muchos sitios que era de Biarritz y me apetecía contarlo. Él era un pirata, esclavista, controlaba el contrabando, pero luego es una figura superromántica, un héroe… ni Juana de Arco ni hostias. Es Jean Lafitte, el pirata. Cuando quiso asentarse en una zona donde vivía su hermano y mucha más gente, a pesar de que luchó en la batalla de Nueva Orleans, le dijeron que no. Entonces se hizo comunista, y de ahí surgió la leyenda de que puso pasta para editar el Manifiesto Comunista de Marx. No porque fuera realmente comunista, sino por despecho.

Un cartel contra la construccción de grandes edificios en el barrio de The Marigny

¿Has encontrado algún otro paralelismo? Quizá la defensa de la cultura propia que tiene esa ciudad. Por eso hablamos mucho del tema de la gentrificación, de cómo llega la gente que tiene pasta a comprarse casas en Treme, el lugar donde nació el jazz y, de repente, quieren eliminar las second lines. Vi una manifestación donde gritaban “no music pollution” y afirmaban que los trombones y trompetas, cuando se ponían a tocar todos a la vez, podían dañar los cimientos de las viviendas. Y lo último era una declaración de una de estas asociaciones de vecinos que decía que las second lines impiden que los policías escuchen las llamadas a las radios de los coches. Eso es kafkiano, te morías de la risa, pero es que luego tienen mucho poder. Toda esta idea de preservar las tradiciones, de sentirse orgullosos de su cultura… Es lo que cuenta el trompetista Scott Frock: es una anomalía intentar esconder o disipar la influencia africana y, sin embargo, para ellos es un orgullo. Es muy interesante que se defienda esa multiculturalidad y, en ese sentido, los músicos son la vanguardia, y eso es lo más potente. La Preservation Hall, por ejemplo, a la vez que mantiene vivo el repertorio de las primeras canciones, se mezcla con otros artistas y está conectada con la comunidad internacional y con ideas nuevas: incluso han colaborado con grupos de electrónica, como los Beats Antique de Oakland, y también les han llamado un montón de gente, como R.E.M. Y luego está lo que nos cuenta su director, Ben Jaffe, esa conciencia de decir “yo, si estoy aquí, es por todo lo que sufrieron otras generaciones”. Es algo que yo también puedo afirmar, y me acuerdo de los abuelos en la Guerra Civil, y de la presión que ha habido, de la prohibición de la lengua… Este tipo de cosas conectan con lo que nos están contando.

No olvidemos a la comunidad cajun, que defienden su cultura francófona… Sí. Siguen manteniendo sus tradiciones: incluso su Mardi Gras es distinto y, a la vez, es muy parecido al que celebramos nosotros en el País Vasco en Lantz, en las zonas del Baztan, por la manera de vestirse, con esos colores, esos gorros… También es similar a lo que llevaban los zapatistas, con las cintas de tela de colores colgadas. Es precioso, todo eso; no se puede perder. Esa defensa y ese orgullo es algo con lo que yo conecté de inmediato.

¿Qué otras historias descubriste que te sorprendieron o merecían ser contadas en el documental? Uno de los hechos más importantes para Nueva Orleans fue la revolución haitiana, entre 1791 y 1804, porque los esclavos se liberaron y un montón de haitianos decidieron ir a esa ciudad. Por otro lado, estaban los indios nativos americanos que daban refugio a todos los negros que escapaban de las plantaciones. Cuando fui por primera vez con Aaron Walker conocí a algunos de los jefes indios. Me pareció algo impresionante que debía contarse. Es la gente que más se sale de las normas.

Por lo que has podido hablar con los músicos, ¿existen diferencias en la escena antes y después del Katrina? Sí. El Katrina hizo que estén más unidos. Hay otra manera de tocar, otra actitud. Ahora, diez años después, es un momento en que tienen un montón de retos, y sobre todo esos retos están relacionados con el tema de la gente con pasta que compra casas, hace que el nivel de vida suba, que las tiendas cambien, que los lugares a los que van tengan otro color. Pero, aunque lo intentan, es muy difícil que desaparezca algo tan arraigado como las second lines. También dicen que van a controlar el tema de la bebida, porque es la única ciudad en Estados Unidos donde puedes beber en la calle. Estos detalles pueden cambiar. Pero el sentido de comunidad, el apoyo de unos a otros, eso es muy poderoso. Su espíritu de resistencia y solidaridad es impresionante. Como dicen los músicos, la comunidad se ha hecho más fuerte. Sobreviven y se buscan la vida, pero están tocando todos los días en los bares.

Muguruza, en un momento de la grabación de

¿Has pensado en llevar al directo este proyecto? Es muy difícil. Además, ahora no tengo la idea de hacer ninguna gira. Pero sí me gustaría, en algún momento del año que viene, montar un encuentro con músicos míos y de Nueva Orleans, juntarnos y hacer un repertorio y dar unos pocos conciertos. Después de la energía y el giro de guion musical que ha supuesto, me encantaría.

Por el momento, Fermin ha organizado con la Filmoteca Vasca el ciclo Diez años después del Katrina, que desde el 3 de diciembre hasta el 18 del mismo mes proyecta en Donostia y Bilbao su documental NOLA?, junto a Trouble The Water, Bury The Hatchet y When The Levees Broke.

Y, ya de cara al año próximo, desde el 20 de junio hasta el 31 de julio, traerá la exposición Black Is Beltza al Arts Santa Mònica de Barcelona. “Es una expo que monté alrededor del cómic del mismo título en la Alhóndiga de Bilbao. Intenta documentar los países por los que pasa el protagonista del relato en esa época, del 65 al 67, a través de reportajes, carteles, fotos… Es una especie de recorrido en el que se contextualiza esa historia. Además, organizaremos actividades paralelas y alguna sorpresa. Estaré tres semanas armando jaleo y celebrando la vida”.

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