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Jose Ramirez, un chico con un sueño

De Costa Rica al mundo. Foto: Adam Kennedy

El blues no solo es universal, sino que sigue muy vigente, por mucho que algunos se empeñen en sepultarlo. Que se lo pregunten, si no, a nuestro protagonista: el joven guitarrista y cantante de Costa Rica, llamado a ser uno de los portadores de la llama del género, considera que “sigue habiendo razones para escribir un blues”. Esta es una apasionante historia de esfuerzo y sacrificio, contada con sus propias palabras. Descúbrela.

Si hay una portada icónica que representa muy bien los sueños cumplidos es la de Take It Home, el álbum de B.B. King de 1979. En ella, un niño –una versión infantil del bluesman– contempla extasiado el escaparate de una tienda de empeños en la que destaca una guitarra (su Lucille); en la contraportada, ya aparece llevándola colgada a su espalda.

Jose Ramirez también empezó así, como un niño con un sueño. Y su sueño era el blues. No solo lo ha alcanzado, erigido en una de las figuras más interesantes de la escena actual, sino que lo ha hecho a lo grande: tras lograr el segundo puesto en el International Blues Challenge de Memphis en 2020, ha sido nominado en la categoría de Mejor álbum de artista emergente de los Blues Music Awards –cuya ceremonia se celebrará el 6 de junio– y ha fichado por el mítico sello Delmark.

La mención a B.B. King no es casual: desde niño, Jose tiene su Top 3 de guitarristas de blues –“muy exclusivo y muy estricto”, según confiesa–. En ese podio se encuentra el dueño de Lucille, junto con Jimmie Vaughan y Anson Funderburgh.

¿Cómo comenzaste a interesarte por el blues? Empecé muy joven, cuando aún vivía en Costa Rica. Tenía 9 o 10 años y ya mostraba algún interés por tocar la guitarra. Mi padre me dijo: “Si realmente te lo quieres tomar en serio, lo mejor que puedes hacer es escuchar un tipo de música que se llama blues, porque ese es el género raíz, la madre de todos los otros estilos que tenemos hoy: el rock, el jazz, el soul, el rhythm’n’blues…”. Y añadió, muy sabiamente: “Primero tienes que escuchar mucho blues, y después ya puedes tomar la guitarra y empezar a descifrar el género como tal”. Creo que fue mi padre el que me inculcó y me guio por el camino del blues.

¿Hay una escena de blues en tu país natal? En Costa Rica no existe, no existió y creo que lamentablemente nunca va a existir una pasión por el blues. No hay un público que lo apoye, ni promotores que lo difundan ni bares o locales de conciertos que lo presenten. Siempre fue muy complicado y muy difícil para mí surgir como músico de blues en mi país. Lo intenté durante más de diez o doce años y no funcionó. De ahí la decisión de mudarme a los Estados Unidos y hacer vida y carrera allí. Todo ha empezado a mejorar y a dar buen fruto desde entonces. Mucha gente me lo dijo siempre: “Jose, tienes el talento para surgir en el mundo del blues, pero no en Costa Rica”. Porque allí uno muy rápido “toca con pared”, como decimos; se encuentra con muchas dificultades y límites y ya no se puede avanzar más.

Me imagino que en Costa Rica predominan los ritmos tropicales, incluso estilos infames como el reguetón… Sí, el reguetón, la salsa, el merengue, la cumbia… todo lo que la gente baila. Incluso el jazz tiene cierto auge, y también el rock. Pero el blues, no. En realidad, no lo entienden, no lo conocen, y lamentablemente lo confunden con el jazz y el rock’n’roll, a veces. Por ejemplo, consideran que Jimi Hendrix, los Doors, los Rolling Stones y Led Zeppelin son blues. Y siempre fue muy difícil para mí, porque yo trataba de tocar blues de verdad: de Anson Funderburgh, Lightnin’ Hopkins, Bobby Bland, Son House… ese tipo de blues más sincero, más orgánico. Y la gente no consideraba que eso fuera blues. Es un país con mucha dificultad en cuanto a conocimiento de los diferentes estilos musicales y desconocimiento de dónde viene en realidad todo lo que tenemos hoy en día.

Chepe Blues en 2010, en el Gran Teatro Nacional de Costa Rica

He leído que, con tu anterior grupo, Chepe Blues, querías promover el blues, pero no contaste con ningún apoyo. ¿Cómo recuerdas esa época? Intenté educar a la gente, enseñarle a diferenciar entre blues y rock, blues y rock’n’roll, blues y rhythm’n’blues, blues y jazz… Tuve dos o tres proyectos propios en diferentes épocas, y uno de ellos fue Chepe Blues, una banda con tres amigos, de una edad similar, aunque yo siempre fui el más joven: cantante, guitarrista y líder. Nos fue bien: tuvimos una época decente, en la que hacíamos shows casi todas las semanas, en algunos bares y clubes de jazz y de rock, donde nos contrataban para tocar blues. Nos hicimos populares por el simple hecho de ser cuatro jóvenes que estaban interpretando un género que se considera antiguo, raro y obsoleto, que suena como viejo, que ya no está de moda. Tal vez era como un shock visual. Creo que parte del éxito fue por eso.

Aun así, creo que fuisteis el primer grupo de blues que tocó en el Gran Teatro Nacional de Costa Rica, en 2010. Sí, fuimos la primera banda de blues tradicional, genuino, en presentarse allí. Años antes actuaron otras, pero no de blues. Eran formaciones de rock’n’roll que tocaban una o dos canciones de Eric Clapton o de los Rolling Stones. Pero, si nos ponemos específicos, nosotros fuimos los primeros.

¿Es cierto que Debbie Davies te aconsejó irte a los Estados Unidos para cumplir tu sueño? Lo de Debbie Davies es muy interesante y muy significativo, también. Al no poder surgir con el blues en Costa Rica como músico, empecé a montar festivales de blues, conciertos y jams. Uno de los eventos que organicé personalmente fue un par de bolos con Debbie Davies en 2015. Supuso un gran esfuerzo; era un proyecto que hice con un amigo: logramos contratar a Debbie para que viajara a Costa Rica, y mi banda la acompañó. En medio de una de estas actuaciones, ella me sugirió la posibilidad de irme a los Estados Unidos. Sus palabras textuales fueron: “Tienes el talento, una muy buena edad y una gran historia. Deberías considerar mudarte. Creo que te podría ir muy bien”. Y, desde ese momento, creo que lo pensé más seriamente. Pasaron unos seis meses desde que tuve esa conversación con Debbie y ya estaba viviendo en los Estados Unidos.

Entre otros, has tocado con Buddy Guy, Anson Funderburgh, Janiva Magness, Mark Hummel y Bryan Lee. ¿Qué te ha aportado esa experiencia? He tenido la suerte de compartir tarima con grandes ídolos para mí, grandes figuras del blues, norteamericanos y también europeos, tanto en España como en Inglaterra, en Holanda, en Bélgica… en muchos países. Hay muchos músicos muy talentosos en el continente europeo. En los Estados Unidos he tenido el placer de compartir el escenario con Buddy Guy, que fue algo impresionante, una noche que nunca se me va a olvidar, y con muchos otros. Son experiencias únicas que te marcan y te van moldeando, que forjan tu carácter y que te hacen madurar más rápido. Fueron oportunidades que suceden una vez en la vida, y cada vez que pienso en ellas se me forma una sonrisa gigante en la cara. Siempre es bonito recordar y ver un camino que ha sido largo y tedioso, con muchas dificultades; pero el blues siempre tiene recompensas.

¿Alguno de esos artistas en concreto te ha marcado más que otro? La noche con Buddy Guy fue mágica, pero, más allá de su fama y de poder compartir el escenario con él y conversar tanto dentro como fuera de la tarima, hay uno de esos personajes que me han influenciado muchísimo, como músico, como persona y como productor: el grandísimo Anson Funderburgh. Aparte de ser uno de los mejores guitarristas de la historia del blues, lo considero un amigo cercano, y he aprendido mucho de él en lo musical, pero también en lo humano. Es un tipo muy centrado, muy humilde, no tiene pretensiones de ningún tipo ni egocentrismos. Para mí, como artista joven que empieza a adentrarse en la industria, es fundamental ver esas actitudes en un músico tan famoso y tan alabado como él, porque te demuestra que la humildad es lo principal. Por muy grande que seas, eso no tiene por qué írsete a la cabeza, no tiene por qué afectar tu comportamiento y la forma en la que tratas a los demás. Y eso lo he aprendido mucho de Anson: su humildad, pies en la tierra y para adelante. Es un gran amigo y mi mentor más importante.

Has actuado varias veces en España. ¿Conociste a bluesmen de nuestro país? He tenido el placer de estar en dos ocasiones distintas, en 2018 y en 2019. En ambas visitas coincidí con varios músicos locales en Madrid, en Bilbao, en San Sebastián, en Gijón, en Tolosa… Pero siempre ha habido un personaje, un amigo, un mentor también para mí, una gran influencia, que me ha tratado de las mil maravillas, se ha preocupado por mí, de que siempre esté bien en España, donde sea que me encuentre, sobre todo si estoy en Madrid. Lo considero un hermano mayor en la música: te hablo del famosísimo Tonky de la Peña. Desde el primer día que puse un pie en Madrid, él fue quien me guio por la ciudad, fue a por mí al aeropuerto; siempre tuvo un trato muy fino conmigo y se portó como familia.

Creo que también conoces al tolosano Iker Piris… Sí. Hice algunos conciertos con él y con su banda. Es un guitarrista muy bravo, soberbio, de lujo; siempre se lo dije: “Si vivieras en los Estados Unidos, muchos ya no tendríamos trabajo”. Es un guitarrista de primer nivel, un gran amigo. Y como Tonky e Iker, tengo otros muchos amigos que también recuerdo con cariño. Se lo digo a todas las personas que me preguntan acerca de Europa: España es mi país preferido cuando he estado de gira, y Madrid es mi ciudad favorita de todas las que he conocido. Es raro, pero la extraño como extraño mi propio país. La comida, la gastronomía española en general, me encanta. Y la gente, muy amable, de corazón grande, preocupada por el bienestar de un turista o de personas que no viven allá. Tengo muchísimas ganas de que esta pandemia se acabe para poder regresar a España. Tengo muchos fans allí.

Por muy grande que seas, eso no tiene por qué írsete a la cabeza, no tiene por qué afectar tu comportamiento y la forma en la que tratas a los demás

Recientemente has hecho un recorrido por Memphis, Chicago y Mississippi, visitando lugares emblemáticos como el museo de B.B. King en Indianola y la tumba de Robert Johnson. ¿Habías estado antes en esos sitios o ha sido como un viaje “iniciático”? Ya he ido en varias ocasiones a estas ciudades. Fue la tercera vez que visité la tumba de Robert Johnson. Intento hacer un peregrinaje una vez al año porque siento que me conecta con esas raíces; de una u otra manera, noto que me influye mucho a varios niveles. Siempre es muy refrescante: se me llena el corazón y el alma de energía cuando voy a estos sitios. Esta última vez fue hace un mes, aproximadamente. Empezamos por Chicago y luego pasamos a Memphis, y de allí al Mississippi, y de allí de regreso a la Florida. Visitamos lugares emblemáticos: las tumbas de Muddy Waters y Howlin’ Wolf. Estuvimos en los estudios de Delmark y de Chess Records en Chicago; y en Beale Street, en Memphis, una ciudad con muchísima vida y que significa muchísimo para mí en lo personal y en lo profesional, porque allí fue donde se celebró la competición del International Blues Challenge. En el Mississippi estuvimos comiendo esa comida sureña que engorda tanto, pero que también engorda el corazón, lo hace grande y lo pone feliz.

Junto a la tumba de Robert Johnson en 2020

Has fichado por la compañía Delmark de Chicago, y eres el primer artista latinoamericano del sello. ¿Qué significa eso para ti? Es un honor gigante. No te puedo describir con palabras lo que significa conseguir algo así. De joven, a mis 22 años, ya era aficionado al sello Delmark y tenía sus discos: de Magic Sam, de Jimmy Dawkins, de Junior Wells… grandes biblias del blues que fueron grabadas por ellos. Me familiaricé mucho con ese sello disquero, fue muy importante para mí, y es un honor ser el primer artista latinoamericano en firmar un contrato con esta emblemática y legendaria compañía.

Creo que el primer single para Delmark, Whatever She Wants, saldrá en abril… Sí, aunque no tenemos una fecha confirmada. Te puedo adelantar un poco de la canción: es un tema original que escribí con una colega también cantante y compositora, y habla de una pasión, de un deseo carnal intenso, fuerte, de ese tipo de atracción fatal que tal vez todos, en algún momento, hemos sentido por alguien… tan peligrosa que estás dispuesto a dejarlo todo en la mesa, sin importar los riesgos ni el qué dirán, sin importar nada. Es ese tipo de pasión y atracción física y sexual que necesitas ayer, ya. No puedes esperar un segundo más. Es una canción muy intensa, un blues muy sexi, con mucho vapor, muy steamy. Y creo que le va a gustar mucho a la gente, como el disco completo.

¿Puedes adelantarnos algo del resto del álbum? Tampoco tenemos fecha para el lanzamiento, pero se están haciendo planes para que sea a finales de 2021 o a inicios de 2022. Va a ser un disco con mucha influencia de soul y rhythm’n’blues. Me considero fuertemente influido por esos estilos y no por el rock. Ahora existe mucho músico que se hace llamar bluesman, pero lo que hace es tocar rock. O toca blues, pero lo mezcla con el rock. En mi caso, no. No me considero un amante del rock, no lo escucho mucho, y cuando quiero mezclar mi blues con algo, prefiero hacerlo con soul o con rhythm’n’blues de la vieja escuela. Y este álbum va a tener una fusión importante: una parte va a sonar a eso, a cantantes como Johnny Taylor, Bobby Blue Bland o Bobby Womack, y la otra parte a Chicago blues. Faltan algunas canciones por grabarse y lo vamos a hacer en el estudio de Delmark, con músicos tradicionales de blues de Chicago.

Tu debut Here I Come (2020) fue registrado en Austin y producido por Anson Funderburgh. ¿Qué te pareció grabar en una de las cunas del blues? Fue una gran experiencia viajar allí, en diciembre de 2019, y un honor trabajar con Anson, contar con su guía, con su producción y con su equipo para grabar mi primer disco, que nos ha dado muchísimas alegrías y ha tenido mucho éxito, tanto en los Estados Unidos como en Europa, y en otros continentes: en Australia y en Latinoamérica. Anson se tomó el lujo de escoger un equipo de alto calibre. Tuvimos a Jim Pugh en los teclados; fue el pianista de Robert Cray durante más de veinte años, ha tocado para John Lee Hooker, B.B. King, Bobby Bland, Etta James… También a Wes Starr en la batería; estuvo con Anson, Sam Myers, Mark Hummel; es una leyenda de la batería blues norteamericana. Nate Rowe fue el bajista, excelente, con muchísimo soul y groove, tanto en el bajo eléctrico como en el contrabajo que utilizó en algunas canciones. Y contamos con The Texas Horns, los vientos de la banda de Jimmie Vaughan. Es un equipo de primera clase, de lujo. Acá lo llamamos un equipo allstar, y me sentí muy honrado de contar con semejante lista de músicos.

El blues es una extremidad de mi cuerpo, de mi corazón y de mi cerebro. Es una parte más de mi ser, de mi alma

Durante tu estancia allí pudiste conocer a Jimmie Vaughan. ¿Cómo fue? Sin palabras. Una experiencia religiosa. Fue un encuentro que planeó Anson. Él es de la misma generación de Jimmie y de Stevie Ray, y son amigos de la infancia. Estábamos en Austin y Anson sugirió ir a comer algo con Jimmie. Nos encontramos con él y nos llevó a su restaurante preferido, en una zona llamada Blanco, en Texas. Fue un intercambio y una retroalimentación muy importante para mí, estar en una mesa sentado con dos de mis tres guitarristas preferidos. Muy interesante, una conversación de casi dos horas. Yo traté de prestar muchísima atención a detalles, para aprender. Porque de estos tipos no solamente se aprende en el escenario, sino también fuera de él. Jimmie me preguntó acerca de mi país, del tipo de blues que interpretaba, qué clase de disco estábamos grabando… Nos deseó mucha suerte y después de comer nos llevó a su rancho, su residencia personal, en esta misma ciudad, Blanco. Estuvimos con él en su sala de estar, con sus sabuesos, tocando sus guitarras, escuchando música. Hubo un momento en que cada uno tenía una guitarra en sus manos y Jimmie nos estaba mostrando dos acordes de jazz que acababa de descubrir y de practicar. Estábamos tocando y compartiendo conocimiento. Fue muy enriquecedor y una experiencia que jamás se me va a olvidar, tampoco.

Con Jimmie Vaughan en Blanco, Texas, en 2019

Hablemos de algunas de las canciones del álbum: ¿puede definirse Here I Come como una declaración de principios donde cuentas tus luchas y sacrificios y citas a algunos músicos que te han influido? Sí, es la canción autobiográfica, se puede decir hasta cierto punto. Cuenta un poco la historia de cómo un niño de Latinoamérica, de Centroamérica, pudo apasionarse tanto por un género musical que no era suyo u original de su país, al punto de organizar su vida y hacer sacrificios con tal de perseguir ese sueño de tocar el blues. “Here I Come” es esa historia, esa pequeña reseña autobiográfica que habla de sacrificio, de penas, de dolor; pero al final siempre hay una recompensa en retorno. Nombro a B.B. King, a Buddy Guy y a Ray Charles, que obviamente no es guitarrista, pero es uno de mis artistas de blues preferidos de toda la historia que me ha influido muchísimo como cantante y como compositor, también.

Solo incluyes dos versiones, I Miss You Baby de T-Bone Walker y Traveling Riverside Blues de Robert Johnson. ¿Por qué esas en concreto y no otras? Además, me sorprende el toque funk que le das al tema de Johnson. La canción de Robert Johnson sí estaba planeada para salir en el disco porque es una de mis influencias más grandes del blues tradicional, del blues acústico, del Delta blues. Creo que fue y es todavía el artista que más me influye –prueba de ello es el tatuaje del bluesman que lleva en su brazo derecho–. Lo he estudiado muchísimo desde joven y lo sigo estudiando, y sigo aprendiendo. Quería tener una canción suya y se escogió “Traveling Riverside Blues”. Intenté impregnar en ella un poco de mi sonido personal y surgió algo muy curioso e interesante, entre un funk y un poco de reggae. Es inevitable al venir de un país que está en el trópico, en el Caribe. El reggae también es parte de nuestra cultura. Nunca lo interpreté como músico, pero lo escuché mucho y algunas fibras de reggae debieron haber quedado en mi ADN.

¿Y el tema de T-Bone Walker, I Miss You Baby? Más allá de querer una canción suya, quería esa en concreto, porque ha sido grabada por otros grandes del blues como Taj Mahal. Y precisamente su versión me gustó mucho siempre desde muy joven y quería hacerla a mi estilo, con un arreglo de vientos de los Texas Horns. Son dos covers que creo que valieron la pena. Había una tercera versión que se grabó, pero quedó fuera: era una canción de Ray Charles, “Drown In My Own Tears”. Por razones más que nada de mezcla no logró ser incluida, pero en algún momento podemos añadirla como sorpresa, como un bonus track.

Tres de las canciones –One Woman Man, Gasoline And Matches y Three Years– aparecían en el EP previo The UK Sessions (2019). ¿Cómo han cambiado? Las tres han evolucionado mucho, y quise regrabarlas con la nueva banda y con Anson como productor. Son tres canciones con sonidos distintos. “Three Years” es un Texas shuffle: tiene ese sonido pesado, con ese shuffle asincopado, lento, que casi tira todo hacia atrás. Es una canción en La menor, que le da un tono de tristeza y oscuridad. “One Woman Man” es más funk, dentro de la escala menor. Me ha gustado siempre mucho componer en tonos menores: siento que le da al blues un poco más de blues. Pero es un tema más activo, y que hace que la gente quiera bailar un poco más. Y “Gasoline And Matches” es una canción que en su concepción suponía ser funk, pero que logra evolucionar desde el EP hasta el álbum y se transforma en un blues tipo New Orleans; gracias al desempeño de Jim Pugh en el piano y en el órgano, logra que tenga un sonido muy a lo Dr. John o a lo Professor Longhair. Tiene mucho New Orleans en los arreglos de los vientos, también, que le dan esa connotación de jazz clásico, de jazz de fiesta. Es una canción muy intensa.

Por cierto, en One Woman Man me ha sorprendido el toque latino del piano de Jim Pugh. ¿Fue decisión suya o es un intento de introducir pinceladas latinas en tu sonido? Fue una idea mía. Quería que en algún punto del disco existiera una connotación latina, porque es inevitable. Soy latino y quería exponer eso también: quería ponerlo en evidencia un poco, para no distraer mucho al público, pero sí dar a entenderlo en unas pinceladas. Cuando me senté con Jim a planear esta canción, le dije: “Podemos introducir un piano latino. ¿Crees que podrás hacer eso?”. Y él me respondió: “Jose, no sé mucho de música latina, pero recibí clases con Chucho Valdés en Cuba”. Le repliqué: “Bueno, no hay nada más que decir. A tocar ese piano cubano”.

Con Anson Funderburgh en el estudio en Austin en 2019

Una de las cosas que me gusta de tu forma de tocar la guitarra es tu sonido elegante, intemporal y clásico, en el buen sentido de la palabra. ¿Cuál es tu mayor influencia como guitarrista? He tratado siempre, desde mis inicios, de escuchar guitarristas de blues muy simples. Nunca me han gustado los que tocan muchas notas por segundo o escalas un poco abstractas, que se salen del blues y se pasan al jazz, a la música fusión. No los sigo, no los he escuchado. Ya lo dice Anson: “El blues es una conversación, y a veces se puede expresar mucho más con menos palabras”. Y tocar la guitarra es igual: es poder entablar una conversación o hacer entender una idea sin tener que hablar mucho rato o pronunciar muchas palabras a la vez. Por eso, me han influenciado guitarristas como B.B. King, T-Bone Walker, Anson, Jimmie Vaughan… Para mí, Anson y Jimmie fueron más decisivos en lo personal que el mismísimo Stevie Ray. Como guitarrista de blues en mi crecimiento, Stevie nunca fue importante para mí. Sí lo fue muchísimo su hermano, Jimmie, y mucho más Anson. Siempre me gustaron guitarristas simples como Chris Cain o Chris Vachon de Roomful Of Blues. Guitarristas limpios, también, que no usan pedales, efectos, distorsión, sino que van directos a su amplificador y a tocar sea dicho.

Tocar la guitarra es poder entablar una conversación o hacer entender una idea sin tener que hablar mucho rato o sin pronunciar muchas palabras a la vez

Por otra parte, pienso que cuidas mucho tu faceta de vocalista, algo que queda claro, por ejemplo, en canciones como I Miss You Baby y en el soul luminoso de The Way You Make Me Feel. ¿Cuál es tu mayor referente en este sentido? Los vocalistas de soul y rhythm’n’blues me han influenciado muchísimo como cantante. De muy joven, recuerdo que mis padres escuchaban discos de Motown y de Stax: los Four Tops, Harold Melvin & The Blue Notes, Teddy Pendergrass, Johnny Taylor, Sam Cooke, Al Green, Marvin Gaye, Luther Vandross… la lista es interminable. Los escuché mucho de joven y lo sigo haciendo. Hay un cantante actual al cual estudio muchísimo ahora, Gregory Porter, un intérprete de soul con una voz tremenda, con un registro muy amplio, aunque su fuerte son los tonos bajos, las escalas bajas. Pero, por supuesto, es importante mencionar a Ray Charles; siempre fue uno de mis preferidos. Y un tema que la gente a veces no piensa o tal vez no considera mucho es que B.B. King fue un grandísimo cantante. Todo el mundo lo conoce por su guitarra Lucille, pero la voz que él tenía no la tiene ni la va a tener nadie. Una voz con mucha presencia, con mucha fuerza y con mucha expresión. Entonces, como cantante, me han influenciado B.B. King, Ray Charles y también Robert Cray; es un tipo especial.

Ray Charles, una gran influencia como cantante

Reconoces que tu blues bebe del soul y el rhythm’n’blues clásico. ¿Qué te aportan esas fuentes a la hora de componer o de interpretar? Soy de los músicos de blues a los que les gusta mezclar con parientes directos como el soul y el rhythm’n’blues. El rock’n’roll ya se diluye un poco, y el rock actual se diluye aún más. Creo que es más fácil y más natural mezclar el blues con soul que con rock, y es más sentido, más orgánico y más crudo, y mucho más sentimental, también. Me parece importante recalcar y valorar lo característico que fue el blues en géneros que lo siguieron después, como el jazz, el soul y el funk. El blues es la raíz madre de todo. Se escucha blues en el jazz, en el soul… siempre está ahí. Esa retroalimentación es más natural.

En la funda del disco dices que “es el resultado de muchos años de trabajo duro y sacrificio” y que “cuenta la historia de alguien que nació en un pequeño país, pero que tenía grandes sueños”. Tras tus recientes logros –el Blues Challenge de Memphis, la nominación en los Blues Music Awards, el fichar por Delmark–, ¿has alcanzado ya esos sueños? Esos son sueños que siempre tuve de niño, y han llegado rápido, pero no significa que haya sido fácil. Estas tres cosas sucedieron casi en cuestión de un año, pero no llevo solamente uno trabajando en el blues, sino casi ya quince, en un país que no tenía ninguna influencia o ningún apoyo en el blues. De pronto se torna más complicado que para mucha gente que trata de hacer carrera en los Estados Unidos o en Europa, donde hay una infraestructura de cultura importantísima y muy fuerte para cualquier género, no solo para el blues. No tuve la dicha de tener esa herramienta, y tuve que luchar con las uñas, con todas mis fuerzas, para lograr surgir en Costa Rica y demostrarle a la gente que yo era un buen producto dentro del blues para ser el mejor en lo que hacía en mi país y lo suficientemente bueno para salir de allí y para competir en los Estados Unidos, y en Europa, también.

¿Pero aún te quedan sueños por cumplir? Siempre hay sueños, y se sigue trabajando en ellos. No acaban ahora que están pasando tantas cosas buenas, los sueños siguen. Y hay nuevos planes que vienen. Uno de los más destacados y que me gustaría conseguir próximamente sería que la pandemia ceda y se vaya y poder empezar a salir de gira por el mundo de una manera fuerte y constante. Ser parte importante de los festivales más grandes de blues en el mundo, eso es una meta todavía que quiero alcanzar. Ya he tenido el placer de estar de gira por Europa, Latinoamérica y los Estados Unidos, pero el circuito de los grandes festivales, de los grandes escenarios del blues, de los grandes teatros, esa es la próxima meta y estamos preparándonos.

Jose con su banda, con su premio del Blues Challenge en Memphis en 2020

¿Con qué bluesman, vivo o muerto, te gustaría poder colaborar? De los que están vivos, creo que ya cumplí mis deseos. He tenido la oportunidad de actuar con Buddy Guy, y con Anson hemos hecho muchos conciertos juntos. Otro con el que me gustaría tocar, y esto nadie lo sabe, tienes la primicia, es Luis Salinas, un guitarrista argentino, que no es de blues precisamente, pero que puede tocarlo. Es uno de mis preferidos: instrumentista, compositor, cantante, un mago de la guitarra a quien escucho y sigo mucho. Me gustaría poder trabajar con él en algún momento. Sé que él no sabe quién soy yo, pero sigo su carrera desde hace muchos años. Y de los tipos que ya no están con nosotros, hubiera sido un sueño compartir escenario con B.B. King y también con Ray Charles.

Para acabar, ¿qué significa para ti el blues? Se puede tornar un poco cliché que yo te diga que el blues es un estilo de vida. Algunos lo sienten, otros solamente lo dicen. Algunos lo viven, otros solamente lo copian, o lo emulan. En mi caso, el blues es una extremidad de mi cuerpo, de mi corazón y de mi cerebro. Es una parte más de mi ser, de mi alma. No pasa un día desde que descubrí el blues a los 9 o 10 años que no piense en cosas relacionadas con el blues, en escribir una canción, en tomar mi guitarra, en poner un vinilo de B.B. King en el tocadiscos… El blues lo es todo para mí. Hizo que me mudara a otro país, que dejara a mi familia atrás en Costa Rica, que abandonara a personas importantes para mí, que cambiara mi norte. El blues hace que yo siga sacrificando muchas cosas, y la gente tal vez no las sabe: familia, amigos… En las redes sociales solamente ven el éxito que uno consigue, pero desconocen qué hay detrás de ese éxito, cómo se logró. Y, como dijo B.B. King, “voy a tocar blues hasta mi último día en este planeta”. Creo que en mi caso va a ser igual. El blues es mi vida completa, y mi vida la llevo por y para el blues.

¿Crees que en el siglo XXI es aún un estilo vivo, con futuro? El blues es importante para la historia del ser humano en muchos niveles, y lo sigue siendo. También es contemporáneo. Tal vez ya no tenemos el sufrimiento que la humanidad tenía en los años 1800, cuando existía la esclavitud en los Estados Unidos y en otros países de América. Pero los tiempos pasan y el sufrimiento evoluciona hacia otras situaciones que siguen afectando a la humanidad. El racismo no muere, los despechos no mueren, el amor y el desamor no mueren. Los sacrificios, la tristeza, las lágrimas, el dolor, perder a alguien de manera física o sentimental, todo eso no muere, sigue, y por tanto sigue habiendo razones para escribir un blues.

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