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Madeleine Peyroux, miedo escénico

La cantautora atípica. Foto: Yann Orhan

Es imprevisible y esquiva, tímida y vulnerable, pero su voz es tremendamente cálida y seductora. De gran adaptadora de temas ajenos enriquecidos por su sello personal pasó a componer sus propias canciones. Echamos una ojeada a su carrera en el día de su cumpleaños.

Madeleine Peyroux –nacida el 18 de abril de 1974 en Athens (Georgia), pero criada en Francia– surgió como una intérprete cuyo –enorme– talento consistía en convertir a un sonido empañado de blues, country y ramalazos sinfónicos –y sí, también jazz– algunas de las canciones de los mejores compositores.

Más jazzística que Norah Jones y más cálida que Diana Krall, seducía con una voz vulnerable y cautivadora, tímida y sensual. Si las cantantes más legendarias triunfaron con sus versiones de estándares o canciones populares del momento, ¿por qué no podía hacerlo ella?

“Lo único que importa es la canción”, aseguraba. Esta convicción, junto con su inigualable voz, la llevaron de tocar por unas monedas cuando era adolescente en las calles del Barrio Latino de París a actuar en escenarios de todo el mundo.

En 1996 debutó con Dreamland, un álbum que le valió el mote de “Billie Holiday para los noventa”. El repertorio, inmejorable: adaptaciones de canciones popularizadas por Patsy Cline, Fats Waller, Billie Holiday, Édith Piaf y Bessie Smith, con una banda integrada por jazzmen como Greg Cohen, Marc Ribot, James Carter, Cyrus Chestnut y Regina Carter, entre otros.

¿Se adelantó a su época? Quién sabe. Lo cierto es que tardó ocho años en sacar su segundo disco, y en ese tiempo aparecieron cantantes similares como Norah Jones y Dayna Kurtz. Antes, apareció en 2004 Got You On My Mind, grabado en 1999 junto al multinstrumentista William Galison (armónica, guitarra, dobro y percusión), con quien realizó giras durante años e incluso compartió la experiencia callejera parisina.

En el álbum predominaban las adaptaciones. Tres eran estándares popularizados por Billie Holiday: el delicioso jazz de sonido retro Back In Your Own Backyard, The Way You Look Tonight (con un enfoque bossa nova) y la tremenda balada Heaven To Me (en una versión acústica y desnuda).

Junto a ellas, el romántico J’ai deux amours de Joséphine Baker (con una nueva dimensión proporcionada por la armónica de Galison), el sensual blues Got You On My Mind de Big Joe Turner, la balada soul-góspel Heaven Help Us All de Stevie Wonder y dos instrumentales: el maravilloso Flambée montalbanese de Gus Viseur, evocador de las calles parisinas, y el Jealous Guy de John Lennon.

Comparado con estas magníficas recreaciones de los clásicos, el material propio de Galison y Peyroux no desmerecía: el ragtime instrumental Rag For Madi, la balada blues Playin’ y el rhythm’n’blues de sonido Nueva Orleans Shoulda Known (con la colaboración de la mismísima Carly Simon).

Ese mismo año llegó Careless Love, el segundo álbum acreditado solo a Madeleine, con varios alicientes que ponían en serios aprietos a Jones y Kurtz. Primero, la producción de un experto en voces femeninas, Larry Klein, habitual de Joni Mitchell. Y segundo, la capacidad de la norteamericana para apropiarse de canciones ajenas y embellecerlas con su timbre intemporal hasta transformarlas en clásicos retrofuturistas.

La bohemia cantante acentuaba su parecido con Billie Holiday cuando interpretaba versiones de temas de la difunta diva (las torch song No More, I’ll Look Around y This Is Heaven To Me, con fragmentos de Il Casanova de Nino Rota) y de Bessie Smith (Don’t Cry Baby, Careless Love). No eran las únicas referencias pretéritas: ahí estaban el desgarrador Weary Blues de Hank Williams y la espléndida J’ai deux amours de Joséphine Baker.

También recuperaba material más reciente y le daba una sensual pátina jazzística: el Dance Me To The End Of Love de Leonard Cohen, el You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go de Bob Dylan y el Between The Bars de Elliott Smith. Con este álbum, que consiguió vender medio millón de copias, empezó a ser reconocida por el gran público.

Pero a veces el talento –la genialidad, si se prefiere– va acompañado de un carácter imprevisible. La alarma saltó en 2005 cuando Madeleine desapareció de la faz de la tierra, y su discográfica empezó a preocuparse.

Es uno de los rasgos de la artista, reacia a aceptar la servidumbre de la fama y acostumbrada a las escapadas inesperadas, sin avisar a nadie. Se ha llegado a decir que sufre de miedo escénico y que no le gusta actuar en locales grandes. Las cosas se calmaron con la aparición de Half The Perfect World (2006), un disco excelente de principio a fin.

Aunque incluía cuatro temas coescritos con Walter Becker (Steely Dan), Jesse Harris (colaborador de Norah Jones) y Larry Klein (de nuevo productor), predominaban las versiones: el Everybody’s Talkin’ de Fred Neil popularizado por Harry Nilsson, el River de Joni Mitchell –a dúo con k.d. lang–, el (Looking For) The Heart Of Saturday Night de Tom Waits –teñido de country crepuscular–, el The Summer Wind de Johnny Mercer, el Smile de Charlie Chaplin y dos temas de Leonard Cohen, Half The Perfect World –en clave de suave bossa nova– y Blue Alert.

Una mención especial para La Javanaise de Serge Gainsbourg, o el cumplimiento de otras de las manías de Peyroux, el incluir una canción en francés, y una prueba de que pide a gritos un álbum entero en esa lengua.

Si a ello le añadimos una instrumentación austera, con la eficaz base rítmica del contrabajista David Piltch y el batería Jay Bellerose y la esporádica intervención de brillantes invitados como el saxo Gary Foster, el trompeta Till Brönner y el pedal steel Greg Leisz, podemos entender por qué Madeleine es una de las intérpretes femeninas más fascinantes de la actualidad.

Con su cuarto álbum, Bare Bones (2009), pareció (y recalco, pareció) haber entrado en una nueva etapa de su carrera. ¿Cuál era la principal novedad? Que no había versiones de clásicos y que ella participó en la composición de todos los temas junto a talentos como Walter Becker, Joe Henry y Larry Klein, también productor del disco.

Eso, como poco, demostraba que la norteamericana no solo destacaba por su voz, sino que se le intuía un talento creativo que hasta ese momento no había asomado. Pero, claro, si hablamos de sonido, era más de lo mismo: un acompañamiento cálido y confortable entre la elegancia del jazz, el susurro del blues y la eficacia del pop.

Desde el inicial Instead, una de esas joyas swing intemporales evocadoras de Billie Holiday, ya se preveía por dónde irían los tiros, apuntando por el ejercicio de estilo de unos Steely Dan (Bare Bones, coescrito por Becker), la solemnidad de Leonard Cohen (Love And Treachery), la sensualidad de Patsy Cline (To Love You All Over Again) y la exuberancia de Lyle Lovett (You Can’t Do Me).

Tras su estrecha colaboración con Larry Klein, en su siguiente álbum, Standing On The Rooftop (2011), Madeleine contó con un nuevo productor, Craig Street, y combinó temas propios –algunos coescritos con colaboradores como el bajista Bill Wyman de The Rolling Stones– con solo tres versiones: Martha My Dear (The Beatles), I Threw It All Away (Bob Dylan) y Love In Vain (Robert Johnson).

Tampoco escatimó en cuanto a colaboradores, al contar con Allen Toussaint (piano), Marc Ribot (guitarra), Meshell Ndegeocello (bajo), Patrick Warren (teclados) y Charley Drayton (batería).

Con The Blue Room (2013) retomó su colaboración con Klein a los mandos, quien concibió el álbum como una recreación de los dos míticos volúmenes del Modern Sounds In Country And Western Music (1962) de Ray Charles, “porque ella procede de los mismos lugares: el jazz, el country y el blues”, según el productor.

Aunque no trataba de replicar los arreglos ni la instrumentación de los discos originales, incluía algunas de sus canciones como Bye Bye Love (The Everly Brothers), I Can’t Stop Loving You (Don Gibson), You Don’t Know Me (Eddy Arnold) y Take These Chains From My Heart (Hank Williams).

Pero también incorporaba versiones de otros artistas como Buddy Holly (Changing All Those Changes), Randy Newman (Guilty), Leonard Cohen (Bird On The Wire), Warren Zevon (Desperadoes Under The Eaves), Floyd Tillman (I Love You So Much It Hurts) y John Hartford (Gentle On My Mind).

Peyroux debutó como productora en su siguiente álbum, la magnífica colección de versiones Secular Hymns (2016), grabada en directo sin público en una iglesia británica, con el escueto acompañamiento de Jon Herington (guitarra) y Barak Mori (contrabajo).

Entre esos “himnos seculares” se encontraban versiones de Tom Waits (Tango Till They’re Shore), Townes Van Zandt (The Highway Kind), Allen Toussaint –Everything I Do Gonh Be Funky (From Now On)–, Linton Kwesi Johnson (More Time), Willie Dixon (If The Sea Was Whiskey), Lil Green (Hello Babe) y Sister Rosetta Tharpe (Shout Sister Shout).

Su último trabajo hasta el momento es Anthem (2018), de nuevo con Larry Klein a la producción, con una decena de canciones coescritas por ella y varios autores, y solo dos versiones: la que da título al álbum, de Leonard Cohen, y Liberté, basada en un poema de Paul Éluard adaptado por Madeleine y Klein. Después, ha publicado los singles No Meanness en 2019 y American y Ha Ha Holiday en 2020.

Al margen de sus propios trabajos, ha colaborado en álbumes de Pinetop Perkins (Ladies Man, 2004), Toots Thielemans (One More For The Road, 2006), Larry Goldings (Quartet, 2006), Till Brönner (Oceana, 2006) y Duke Robillard (And His Dames Of Rhythm, 2017).

Además, ha participado en los tributos The Inner Flame. A Rainer Ptacek Tribute (1997), Things About Comin’ My Way. A Tribute To The Music Of The Mississippi Sheiks (2009), Best Is Yet to Come. The Songs Of Cy Coleman (2009), Note Of Hope. A Celebration Of Woodie Guthrie (2011) y The Passion Of Charlie Parker (2017).

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