discos, memorias

El día que conocí a Willy DeVille

Sí, todavía lo echo de menos. Aunque me queda el placer de haber charlado con él, de compartir su sabiduría musical y de asistir a su evolución hasta convertirse en un bluesmen como los que admiraba. Cuando se cumplen años de su desaparición, recuerdo mi primer encuentro con el cantante y también la crítica de su último y excelente álbum.

La foto nos la hizo el realizador de Sputnik en el Hotel Palace de Madrid en 1992, cuando Willy DeVille –nacido William Paul Borsey, Jr. el 25 de agosto de 1950 en Stamford (Connecticut)– vino a promocionar su álbum Backstreets Of Desire. ¡Atención! Que nadie piense que pierdo el culo para salir retratado junto a los famosos… Solo lo hago en ocasiones muy especiales. Aquí, además, el cantante estadounidense cogió su sombrero y me lo puso.

Sé que muchos creen que Willy era un fracasado, un perdedor y que musicalmente ya lo había dicho todo … ¡Qué equivocados están! Claro, lo atacaban por yonqui, por conducta desordenada y por no sé cuántas cosas más. El que esté libre de pecado que levante la mano…

A diferencia de otros artistas multimillonarios pero patéticos (sí, estoy hablando de The Rolling Stones), DeVille envejeció con dignidad: él mismo declaró que quería seguir el ejemplo de Muddy Waters y actuar en la tercera edad. Y seguro que no habría hecho el ridículo, porque su voz estaba mejor que nunca, su repertorio era más acertado que nunca (grandes versiones de blues) y, como los músicos de verdad (Prince era otro ejemplo), nunca interpretaba una canción del mismo modo, las reconstruía de mil y una maneras, con mil y un formatos musicales.

El autor de este artículo, con Willy en 1992. Foto: Àngel Leiro

La entrevista con Willy en Madrid fue de lo más amena: en esa época vivía en Nueva Orleans, y hablar con él fue un placer, ya que sus respuestas eran torrenciales explicaciones sobre la historia de la música. Por poner un símil, era como intentar entrevistar a Pepe Rubianes: el cuestionario no servía de nada porque te hablaba de cualquier otra cosa; eso sí, siempre con mucho sentido.

Sí señor, porque Willy era un músico que sabía de música: solo por escuchar su demoledora crítica de The Beatles y el pop inglés de los sesenta y cómo acabaron con los estudios de Nueva Orleans y llevaron a los músicos negros al paro y al rhythm’n’blues al olvido, valió la pena.

La experiencia tuvo un aliciente especial: yo estaba (y estoy) fascinado por la música y la cultura de Nueva Orleans, y pude compartir mi pasión con alguien que vivía allí. De hecho, cuando fui a esa ciudad me hice una foto delante del bar Lafitte’s Blacksmith Shop que aparece en la portada de su disco Loup Garou (1995).

Recuerdo que, como solía hacer en las entrevistas especiales con personajes a los que admiro, le llevé un obsequio: un vinilo de un mariachi llamado Las Águilas de Chapala (él acababa de grabar su versión de Hey Joe). En anteriores ocasiones, regalé un single de Nat King Cole “canta en español” a su hija Natalie Cole, y un CD de Negu Gorriak a Public Enemy.

Podéis leer la entrevista con Willy DeVille en esta página.

El último (y muy certero) disparo

Es todo un misterio por qué Willy DeVille no consiguió el éxito que se merecía en Estados Unidos y, en cambio, se convirtió en una figura de culto en Europa. Ellos se lo perdieron. Y eso que no dejó de hacerle guiños a su país natal.

Por ejemplo, su último disco, Pistola (2008), el primero en estudio desde Crow Jane Alley (2004), se editó en el viejo continente el 4 de febrero, el día que empezaban los festejos de Mardi Gras en Nueva Orleans ese año.

Coproducido como en anteriores ocasiones por John Philip Shenale, y con las colaboraciones, entre otros, de Davey Faragher (bajo) y Pete Thomas (batería) de The Imposters de Elvis Costello, y The Valentine Brothers a los coros, Pistola puso en evidencia, una vez más, que Willy estaba en mejor forma artística que nunca.

El influjo de Nueva Orleans estaba más que claro en el brillante y sensual funk a lo Meters de Been There Done That, en la letanía de brass band de funeral de The Band Played On y en el pantanoso You Got The World In Your Hands, evocador del Dr. John más vudú.

En el arrastrado y pendenciero blues-rock So So Real resonaban los ritmos stonianos, mientras que la melodramática balada I Remember The First Time, con su toque hispano de guitarra y castañuelas, recordaba el sonido del Spanish Harlem de Phil Spector y Jerry Leiber.

La nota curiosa la ponían dos temas recitados: uno, The Mountains Of Manhattan, con un fondo de folklore indio americano con flauta y tambores; el otro, Stars That Speak, con efectos de sonido de pasos y guitarras fronterizas, y su voz grave declamando “hay un parque en algún lugar, quizá en New York, quizá en Barcelona…”. Al parecer, compuso este tema en 1980, cuando estaba en París para grabar Le chat bleu con su grupo Mink DeVille. La única versión era el Louise de Paul Siebel, un two step country muy ortodoxo, con la pedal steel a sus anchas.

Pese a los escépticos que auguraban el declive artístico de Willy, los disparos de Pistola fueron más que certeros, y probaron que su puntería artística no solo permanecía inalterable, sino que mejoraba con el tiempo. Por desgracia, fue su último disco: el 6 de agosto de 2009 dejaba este mundo.

2 comentarios en “El día que conocí a Willy DeVille”

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