artículos, memorias

Tab Benoit, la voz de los pantanos

Benoit, entre humedales, en 2006. Foto: Philip Gould

La devastación provocada por el Katrina en 2005 originó toda una serie de iniciativas para paliar sus efectos, como discos y conciertos benéficos. Años antes de que se produjera la tragedia, el guitarrista y activista fundó una organización para preservar los humedales de su Louisiana natal y utilizó el blues para transmitir su mensaje.

A menudo se habla de los artistas concienciados que apoyan todo tipo de causas. ¿Alguien no conoce a Bono, por ejemplo? Pero, como es habitual, la versión que nos dan los medios de comunicación no siempre es la completa, y es normal que muchas iniciativas que también merecen interés no se mencionen porque sus protagonistas no son suficientemente famosos.

Es el caso del cantante y guitarrista de blues Tab Benoit: “No soy un músico que hace su concierto y se va. Utilizo mis actuaciones para abrir la puerta al diálogo. Al acabar, siempre hablo con diez o veinte personas sobre lo que está ocurriendo. Creo que la mayoría sabe que su voto no importa. Buscan una forma de cambiar esto, de involucrarse. Se preguntan: ‘¿Qué podemos hacer?’. Saben que algo no funciona”.

Lo delata su apellido de origen francés: Benoit, nacido el 17 de noviembre de 1967, solo podía ser de Louisiana, en concreto de la ciudad de Houma, y en su blues se mezcla la potencia de la escuela texana (con Stevie Ray Vaughan y Albert Collins en el punto de mira), la influencia de Buddy Guy y Albert King y los ritmos cajun y zydeco.

Curtido en bodas y banquetes, evolucionó del rock’n’roll al rhythm’n’blues de los años setenta, hasta forjar el cajun-rock’n’blues que lo caracteriza. Su suerte cambió al conocer a la mánager de Dr. John; ella lo recomendó para participar en el álbum colectivo Strike A Deep Chord. Blues Guitars For The Homeless (1992), editado por Justice Records. Su aportación gustó tanto que fue fichado por el sello.

Portada del álbum que lo cambió todo

Benoit debutó en 1992 con Nice And Warm, seguido de What I Live For (1994), Standing On The Bank (1995), Live: Swampland Jazz (1997) y These Blues Are All Mine (1999), hasta llegar al álbum Wetlands (2002), un punto de partida en su carrera que marcó su progresión estilística y el inicio de su activismo.

En Wetlands volvía a sus raíces de Louisiana, al porche de la cabaña de madera frente al bayou, para empaparse de los sonidos pantanosos, del blues de sabor rural, del zydeco, del swamp pop, de los ritmos second line de Nueva Orleans y de los baladones soul.

Su voz negroide y su estilo percusivo como guitarrista le permitían acercarse con naturalidad a canciones de Otis Redding (These Arms Of Mine), Boozoo Chavis (Dog Hill), Professor Longhair (Her Mind Is Gone), Anders Osborne (Georgia) y Peppermint Harris (el I Got Loaded popularizado por Los Lobos).

Fue a partir de la publicación de Wetlands cuando Benoit decidió fundar en 2003 Voice of the Wetlands (VOW), una ONG dedicada a preservar el delta del Mississippi y sus humedales de todos los predadores, en especial de los corporativos (las empresas), y empezó a usar su música para transmitir el mensaje.

La superbanda de Benoit (primero a la derecha)

Uno de sus logros fue juntar una banda de estrellas, Voice of the Wetlands All-Stars, que al principio incluía a leyendas de Louisiana como Dr. John (teclados y voz), Cyril Neville (percusión y voz), Anders Osborne (guitarra y voz), George Porter, Jr. (bajo y voz), Big Chief Monk Boudreaux (percusión y voz), Waylon Thibodeaux (violín), Jumpin’ Johnny Sansone (armónica y acordeón) y Johnny Vidacovich (batería y voz).

El supergrupo grabó dos álbumes en estudio –VOW. Voice Of The Wetlands (2005) y Box Of Pictures (2011), este con las colaboraciones de los pianistas Allen Toussaint y Mitch Woods– y varios directos, y también hizo alguna gira. Este mismo año, el pasado 1 de mayo, actuó en el New Orleans Jazz & Heritage Festival con una formación que, por razones obvias, ya no cuenta con Dr. John.

Benoit también es el promotor del Voice of the Wetlands Festival, un evento musical, cultural y gastronómico de tres días celebrado en octubre en su ciudad natal, Houma. Su última edición fue en 2019, y este año debía volver tras el parón del COVID, pero en marzo se anunció su cancelación.

A través de su organización, el guitarrista reivindica el papel ecológico de Louisiana: “Entiendo su importancia para la supervivencia de los Estados Unidos y del mundo. Todos saben que estos exuberantes bosques de pantanos y árboles son como filtros naturales y fábricas de oxígeno. Y nos hemos cargado una gran cantidad de ellos. Hemos matado al delta del tercer río más grande del planeta, el Mississippi. No hace falta ser un genio para imaginar que quizá deberíamos prestarle más atención”.

El primer álbum de Voice of the Wetlands All-Stars

Más allá de motivaciones ecológicas, Benoit destaca también la problemática cultural del pueblo cajun, una comunidad con su propia lengua y costumbres (música, gastronomía, etc.) dentro del gigante estadounidense: “Si vas a Lafayette y a esa zona del oeste, aún se habla francés y lo mantienen vivo. Hace años, aquí era igual: mis abuelos no aprendieron inglés en la escuela, lo aprendieron de Texaco. Esta compañía compró el 70 % del distrito de Terrebonne. De alguna forma, la gente fue obligada a aprender inglés y a cambiar su estilo de vida. En mi opinión, en ese momento la cultura empezó a morir. Fue arrancada por propósitos industriales”.

Huelga decir que Voice of the Wetlands tuvo mucho trabajo a raíz de los efectos provocados por el huracán Katrina en 2005, y que tanto Voice of the Wetlands All-Stars como Benoit no pararon de dar conciertos benéficos.

Sus logros como músico solo se comparan con su devoción por la salud ambiental de la zona donde nació. En 2010, Tab recibió el Premio del Gobernador al Conservacionista del Año, otorgado por la Federación de Vida Silvestre de Louisiana. También fue uno de los protagonistas de Hurricane on the Bayou (2006), un documental sobre los efectos del Katrina y un llamamiento para proteger y restaurar los humedales.

Sus últimos álbumes hasta el momento son Medicine (2011), grabado en estudio, y los directos Recorded Live at 2016 New Orleans Jazz & Heritage Festival (2016) y Recorded Live at 2017 New Orleans Jazz & Heritage Festival (2017). En 2019 lanzó su propio sello, Whiskey Bayou Records.

Mi visita al territorio cajun

Un servidor en agosto de 1992 junto a Wild Bill, the gator man

Mi viaje a Nueva Orleans en 1992 no hubiera sido completo sin un recorrido por el pantano o bayou. Así que, a través de una agencia local llamada Macchu Picchu Tours (básicamente porque el guía era peruano), me fui con un grupo de turistas en una excursión que incluyó una visita a un minizoo con cocodrilos y tortugas gigantes, y un paseo por lancha para ver a los alligators y otra fauna, cerca del pueblo de Kraemer.

Me sorprendió cómo alucinaban los turistas yanquis al ver pájaros… En sus ciudades no deben sufrir la superpoblación de las palomas, las cotorras argentinas y otras especies. Solo hubo una situación tensa cuando se acercó una libélula king size (de unos diez centímetros), y una familia de afroamericanos –también king size, digna de sitcom– empezó a correr por la barca. Por un momento, ya la veía volcada, con todos en el agua rodeados por los cocodrilos.

El grupo Frisson: cajun para la turistada

El recorrido terminó cuando atracamos en Zam’s Swamp, una especie de supermercado, restaurante y sala de conciertos cutre, todo en uno. Un chiringuito de madera en los pantanos, vaya. Allí, después de probar la célebre hamburguesa cocinada al estilo cajun y el alligator en salsa (¡sabía a pollo!), salimos al patio, donde una orquesta llamada Frisson empezó a tocar canciones cajun.

Los personajes locales eran de lo más pintorescos, con su cerveza Miller en la mano, tambaleándose, y chapurreaban un francés ininteligible. Me llamó la atención un cartel en el que se podía leer: “Sois bienvenidos al patio con traje de baño. Si entráis al restaurante, por favor poneos una camiseta. Gracias, Mr. Zam”.

La experiencia en swampland me inspiró para escribir un relato basado en hechos reales, que podéis leer a continuación… si os apetece.

Madame Sosthene

1 Nunca me habría imaginado que, indirectamente, sería el instigador, la causa o el desencadenante de una canción: bien, yo mismo exactamente no, sino más bien una amiga.

Tras los días que pasamos en Nueva Orleans, me entró una comprensiva y a la vez obsesiva fiebre por la música que tenía que ver con aquella ciudad, y el cajun era uno de mis intereses. Por eso, cuando después encontré en Londres Snake Bite Love (1992), el nuevo álbum de Zachary Richard, fue un motivo de satisfacción.

Mi sorpresa vino más tarde, al volver a Barcelona y estudiar detenidamente el disco. Y una cosa me llamó la atención especialmente: la canción número 8. Su título era Sunset On Louisianne, y la pieza incluía un interludio llamado My French Blues (Madame Sosthene).

¿Quién era esta Madame Sosthene? Aunque no lo tenía claro, pensé que “sosthene” podía referirse a sostén o sujetador. Ya sé que en un francés correcto sería “soutien”, pero como los cajun adulteran esa lengua, sería probable que fuera una mutación de la palabra original.

La incógnita continuaba: ¿quién era la Señora Sostén? La respuesta se encontraba en un recóndito local llamado Zam’s Swamp, en los pantanos de Louisiana, cerca del pueblo de Kraemer.

2 Claude Thibodeaux se lo pasaba bastante bien, aun cuando su vida no era, precisamente, excitante. Su actividad se limitaba a pescar cuatro crawfish, o más bien ècrevisses, que después vendía a los restaurantes de Nueva Orleans. Su mundo se reducía al bayou, las ècrevisses y los alligators, y poco más.

A pesar de estar muy cerca, no le gustaba demasiado ir a N’awleans: demasiada gente, demasiado jazz y demasiados edificios. Además, se añadía un problema práctico: su inglés no era precisamente aquello que se dice correcto… aunque su francés tampoco.

Por eso, prefería la vida tranquila del bayou y, entre pesca y pesca, tenía tiempo para ir a beber cerveza con sus amigos. Su punto de reunión habitual era Zam’s Swamp, una especie de bar-restaurante-almacén-tienda de souvenirs, situado junto al muelle de donde salían las barcas que recorrían el pantano.

El interés principal de Zam’s Swamp eran los turistas. El local acogía su llegada y les ofrecía comida y una pequeña muestra de música cajun. A Claude le gustaba ver llegar a los visitantes, y entre Miller y Miller no se cansaba nunca de escuchar las viejas canciones interpretadas por la orquesta Frisson.

Thibodeaux ya no era un hombre joven: la vida había sido dura con él, o quizá era él quien la había maltratado. Cuando se miraba al espejo –un trozo de cristal roto en la pared de su cabaña–, veía a una especie de vagabundo como aquellos que, según decía la tele, viven en las calles de Nueva York y Los Ángeles entre cartones. Pero no le importaba: en el bayou no necesitaba nada más. Y si le faltaban varios dientes, si lucía una larga barba mal arreglada y vestía unos tejanos medio rotos y una gastada camisa de cuadros, no pasaba nada.

3 Aquel pegajoso día de agosto, y tras su rutina diaria de pescar cuatro ècrevisses, se arrastró hacia Zam’s Swamp. Bajo un sol justiciero que había atraído a todos los mosquitos tamaño familiar del bayou, contemplaba los autocares aparcados: buena señal, había turistas.

Atravesó la puerta del local y vio a algunos de sus amigos, alrededor de una mesa llena de cervezas vacías. Después, hizo un gesto para saludar a Zam y, al mismo tiempo, pedirle otra ronda de Miller para todos. Una vez con las botellas en la mano, Claude y sus colegas salieron por la puerta trasera, la que daba a la terraza con vistas al bayou.

Había bastante gente, la mayoría turistas, cómo no. Era la hora del baile: el grupo Frisson, en un extremo de la terraza y en un improvisado escenario, estaba a punto de empezar a tocar. Claude había escuchado miles de veces aquellas canciones de amores perdidos y corazones rotos, pero todavía le emocionaban. Así, se sentó con sus compañeros en un banco delante de la banda.

La verdad es que la curiosa mezcla de valses two step y country invitaba al baile, y aunque él se consideraba demasiado viejo, le gustaba ver a la gente cimbrearse al ritmo de la música. Pero aquel día, durante las dos primeras piezas, nadie salió. Hasta que el guía de un reducido grupo de visitantes, un tipo con cara de indio que Claude había visto alguna vez, empezó a animar a su rebaño.

Y sacó a bailar a su compañera de la agencia de viajes, para dar ejemplo a sus apáticos clientes. Mientras seguía con los ojos la evolución de la pareja, Claude se fijó de pronto en una de las turistas, una rubia, una jolie blonde, como diría la canción, y pensó que le gustaría verla moverse.

Su deseo se cumplió cuando el guía la invitó a bailar. Y en aquel momento, Claude empezó a pensar que aquel día sería inolvidable.

La rubia, una petite fille estilizada y simpática, se movía con la sensualidad de un gato. Una cinta negra retenía sus preciosos cabellos rubios. Pero lo que más le llamó la atención fue cómo iba vestida: unos pantalones cortos ceñidos que le llegaban por encima de las rodillas –sus amigos más avispados le explicarían que eran como los que llevan los ciclistas– y, aunque no se lo acababa de creer, solo llevaba un sujetador de color morado –más tarde, los mismos amigos le aclararían que también era una prenda deportiva–.

En la terraza de Zam’s Swamp podía leerse un cartel que no daba lugar a ningún tipo de confusiones: “Podéis acceder al patio con bañador. Si entráis al restaurante, por favor poneos una camiseta. Gracias. Mr. Zam”. Pero la rubia había ido mucho más lejos: no es que llevara un bañador, no… ¡es que solo llevaba un sujetador!

Claude empezó a hacer comentarios con sus colegas. ¿Quién era aquella chica? ¿De dónde vendría? ¿De una ciudad moderna como Nueva York o Los Ángeles? ¿O sería alemana? O quizá francesa: ¿no decían que allí las mujeres eran muy atrevidas? Pero, además, bailaba muy bien, como si hubiera pasado toda su vida en el bayou y el cajun corriese por su sangre.

El ambiente era cada vez más tórrido. Los turistas seguían la música con atención, y los Frisson se animaban. La terraza estaba llena de clientes habituales, botella en mano, observando cómo danzaba la rubia del sujetador.

Al final, Claude no pudo resistirse y, tras tomar un trago de cerveza, fue a buscar a la chica para sacarla a bailar una lenta. De cerca todavía era más guapa: cuando la estrechó entre sus brazos, sintió su olor, una curiosa mezcla de perfume y tabaco que le daba un atractivo muy especial y que no olvidaría mientras viviera.

Y después estaba su sonrisa, y sus ojos de color indefinido, y su cuerpo, y lo que escondía aquel sujetador… Claude se decidió y, al oído, le preguntó en un inglés mal pronunciado aquello típico de do-you-speak-english?, en un intento de entablar conversación. Ella respondió que no demasiado, y él, con la boca sin dientes, replicó que tampoco. Y la conversación, como el baile, se acabó aquí.

4 Thibodeaux era un hombre feliz: había encontrado a la mítica jolie blonde de sus sueños. El grupo de turistas se preparaba para marchar, y la rubia también, y entonces Claude se dio cuenta de que iba acompañada de un tipo tímido con gafas: “Demasiada mujer para un espantapájaros como este”, pensó. Pero ahora ya estaba claro: era como si la letra de Jolie blonde la hubieran escrito expresamente para él, y esto le hizo sentirse muy bien.

Mientras bebía un trago de cerveza, recordaba los versos de la canción, y la tarareaba mentalmente:

“Oh, jolie blonde
oh, chère bébé
Tu m’as quitté pour t’en aller
avec un autre,
quel espoir et quel avenir
que moi je peut avoir?

Eh, ha, ha
Oh, chère bébé
S’en aller aussi loin aussi longtemps.
Comme tu connais ça me fait du mal
Juste à jongler.

Oh, jolie blonde,
C’est mourir mais c’est pas rien.
S’en aller dans la terre aussi longtemps.
Tant que c’est dans la belle Louisianne
ça me fait rien”.

5 En el fondo, Claude estaba satisfecho. Se sentía el rey del bayou: había conocido a su jolie blonde, había bailado con ella, la había tenido entre sus brazos, le había hablado y había vivido la canción en su propia carne. Aquella noche, cuando volvió a su cabaña, lo recordó todo y se durmió pensando en la rubia. Al día siguiente volvería a su vida rutinaria.

Semanas después, recibió la visita de su primo lejano Rufus, un músico que se había ido a vivir a la gran ciudad. Bueno, tampoco es que renegara de sus raíces, porque tocaba el violín con Zachary Richard, un cajun que se había hecho famoso en todo el mundo con su acordeón de la Acadia.

Entre cerveza y cerveza, y ante la luz de la luna reflejada en el bayou, Claude le contó emocionado a Rufus la historia de Madame Sosthene, la jolie blonde del sujetador.

EPÍLOGO: Muchos años después, descubrí que Sosthene es un nombre de pila tanto masculino (por ejemplo, el arquitecto y pintor luxemburgués Sosthène Weis) como femenino (el caso de la atleta alemana Sosthene Taroum Moguenara), con lo que toda la teoría en torno al origen de la canción de Zachary Richard y su relación con mi viaje a territorio cajun se desmoronó.

Pero, bueno ¿y lo bien que me lo pasé con mis elucubraciones?

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s