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Steve Earle, el trovador más activista

Hardcore troubadour

El 2 de junio inició en París su Alone Again Tour: Solo + Acoustic, con una mísera única fecha en el estado español: el próximo 15 de junio en el Azkena Rock Festival de Vitoria-Gasteiz. Aprovechamos para recordar algunos de los momentos cumbre de su extensa discografía.

Junto con Dwight Yoakam, Lyle Lovett, Randy Travis y otros ilustres nombres, Steve Earle formó parte del movimiento de los nuevos tradicionalistas surgidos a mediados de los ochenta para recuperar la esencia original del country.

Su debut, el aclamado Guitar Town (1986), hacía prever los mejores presagios, con esa combinación de sonidos tradicionales y rock’n’roll y un puñado de himnos con el potencial de dejar en evidencia al mismísimo Bruce Springsteen.

Le seguirían discos como Exit 0 (1987) –el primero firmado con The Dukes–, Copperhead Road (1988) y The Hard Way (1990), entre otros, con canciones honestas sobre trabajadores, y en los que demostraba su enorme talento como compositor.

Cartel de la actual gira acústica y en solitario de Earle

Aunque, como reflejaba su contestador –“Soy Steve. Estoy fuera buscando heroína, persiguiendo a chicas de 13 años y pegando a polis. Pero estoy viejo y me canso fácilmente, así que deja tu mensaje y te llamaré”–, vivía un infierno que interrumpió su prometedora carrera.

Su carácter inconformista –propenso a la violencia–, sus continuos matrimonios y sus dependencias etílicas y narcóticas finalmente lo enviaron a la cárcel. Fue allí donde Earle le prometió a un colega que, al salir, grabaría un buen disco.

Y así, totalmente rehabilitado, volvió a lo grande con lo que podríamos llamar su trilogía del retorno, integrada por los álbumes Train A Comin’ (1995), I Feel Alright (1996) y El Corazón (1997).

Tres capítulos de resurrección y redención

El inicio del triunfal regreso

Una vez liberado de sus demonios personales, Steve Earle editó Train A Comin’, un disco a su gusto, totalmente personal, que marcó su declaración final de independencia de la factoría de Nashville, y que mostró a un artista que regresaba a sus raíces y volvía a comenzar.

Con exquisitos arreglos acústicos, un plantel de virtuosos de las cuerdas (Peter Rowan, Norman Blake y Roy Huskey Jr.) y la gran Emmylou Harris a las armonías vocales, recuperó canciones compuestas antes de los ochenta.

Su genio narrativo brillaba en tremendas baladas como la emotiva Goodbye y Sometimes She Forgets, en el country-blues irónico de Hometown Blues, en la épica fronteriza de Mercenary Song, en las story songs Tom Ames’ Prayer y Ben McCulloch y en el hillbilly retro de Mystery Train Part II y Angel Is The Devil, compuesta “durante mis vacaciones en el gueto”.

Y junto a sus magníficas composiciones, bordaba versiones de Townes Van Zandt (Tecumseh Valley), de ¡The Beatles! (I’m Looking Through You) y hasta del famoso The Rivers Of Babylon de The Melodians. Por si alguien lo dudaba, dejaba claro que “este no es mi disco unplugged… Dios, ¡odio a la MTV!”.

Tras Train A Comin’ llegó I Feel Alright, uno de los discos más personales del country moderno. Más allá del análisis de estilos, su nuevo trabajo merecía lecturas más apasionadas, para entender las íntimas confesiones de un Earle felizmente recuperado y sorprendentemente lúcido.

I Feel Alright: el título lo dice todo

Lejos de parecer un exyonqui balbuciente, regresaba a la energía de sus primeros álbumes, cuando instauró ese estilo de country-rock con trazos de Springsteen, Neil Young y Bob Dylan, en canciones como Hard-Core Troubadour y You’re Still Standin’ There (junto a Lucinda Williams).

Y no renunciaba ni a los estribillos a lo The Beatles (More Than I Can Do), ni al honky tonk (Poor Boy) ni al blues rural acústico (South Nashville Blues). La sinceridad de sus palabras se hacía más creíble en las baladas, como Hurtin’ Me, Hurtin’ You o la descarnada Valentine’s Day, casi a lo Tom Waits.

En una ocasión, Earle describió a uno de sus personajes, The Beast, como “esa fuerza inexplicable que te hace estar deprimido; mientras La Bestia esté aquí, sé que siempre escribiré”. El alcohol y las drogas tal vez habían quedado atrás, pero La Bestia aún vivía.

El Corazón fue el tercer capítulo de su triunfal regreso: “Los griegos tenían razón. Es el corazón lo que importa. No intentes decirme que todo está en mi cabeza, porque pensar demasiado solo me produce jaqueca, y sé dónde me duele cuando las promesas se rompen y los sueños mueren”.

Como era habitual, Earle volvía a sorprender y viajaba de un extremo a otro, sin bajar la guardia: de la melancólica balada acústica Christmas In Washington (“una canción sobre el estado de la nación, pero también sobre mí y algunas de las cosas que he perdido en el camino”) a los aires épicos de Taneytown (con Emmylou Harris).

Estética de lotería mexicana para el tercer eslabón de la redención

El péndulo también oscilaba entre el rock con raíces deudor del Boss (If You Fall, sobre los consejos que da un amigo a otro sobre los peligros de enamorarse) y el bluegrass más ortodoxo (I Still Carry You Around, con la virtuosa The Del McCoury Band).

Seguían los contrastes: del country-blues (You Know The Rest) al ruidismo de Seattle (N.Y.C., con Supersuckers); del influjo soul y góspel (Telephone Road, con los coros de The Fairfield Four) al country añejo a lo Hank Williams (The Other Side Of Town, con ruido de vinilo gastado de fondo).

Y pasaba de la arrogancia (Here I Am, donde proclamaba que “tengo cicatrices por cada milla que he recorrido tan lejos, y algo de sangre en mis manos; aquí estoy con una canción en mi corazón”) al homenaje más sentido (Ft. Worth Blues, dedicada a Van Zandt) o a la canción en pareja (Poison Lovers, a dúo con Siobhan Kennedy).

Tal vez no fue “el mejor álbum de su carrera”, como algunos se apresuraron a decir, pero El Corazón de Earle seguía latiendo muy fuerte.

Canciones para el cine y algunas versiones

Buceando entre las rarezas

Con una honestidad que desconocen la mayoría de artistas que triunfan en las listas, Steve Earle siempre ha evitado el concepto de canciones de relleno para alcanzar la duración habitual de un álbum.

Y por eso Sidetracks (2002) no debía verse como un disco de descartes al uso, sino como un trabajo a la altura de sus obras anteriores. Si fuéramos rigurosos, diríamos que había dos outtakes no incluidos en Trascendental Blues (2000): los instrumentales Dominick St. (de raíces celtas, grabado en Dublín con la banda de la acordeonista Sharon Shannon) y el luminoso bluegrass Sara’s Angel.

Sidetracks reunía algunas de las canciones que Earle compuso para el cine: el melancólico Open Your Window –de Cadena de favores (Mimi Leder, 2000)–, el precioso vals folk Me And The Eagle –de El hombre que susurraba a los caballos (Robert Redford, 1998)–, la lánguida balada Ellis Unit One –de Pena de muerte (Tim Robbins, 1995), en una versión diferente con los magníficos coros góspel de The Fairfield Four–, y Some Dreams –de El novato (John Lee Hancock, 2002)–.

Sean Penn y Susan Sarandon en Pena de muerte

A lo largo de su carrera, el cantante y compositor ha colaborado con gente de todo tipo, y Sidetracks recogía algunas de estas inspiradas aventuras periféricas, como el country-rock Creepy Jackalope Eye con los Supersuckers.

Y no faltaba un puñado de apasionadas versiones: el reggae Johnny Too Bad de The Slicker; el rabioso Breed de Nirvana; la balada My Back Pages de Dylan; el Willin’ de Little Feat (con sonoridad bluegrass y brillantes armonías vocales); el My Uncle de The Flying Burrito Brothers (grabado en directo en Fargo), y el enérgico Time Has Come Today de The Chambers Brothers, a dúo con Sheryl Crow.

Sidetracks documentaba la personalidad atípica de Earle, alejada de la etiqueta de nuevo tradicionalista, y explicaba por qué es uno de los cantautores norteamericanos más admirados, algo que Ryan Adams nunca conseguirá ni por asomo.

El compromiso político y la democracia

Canciones y reflexiones de un autor concienciado

Aunque siempre se ha caracterizado por su carácter reivindicativo y su lucha contra el poder establecido, la carrera de Steve Earle ha adquirido tintes cada vez más políticos en sus grabaciones.

En 2003 publicó el doble en directo Just An American Boy, un trabajo que incluía algunas de sus canciones preferidas junto a otras nuevas, y algunas reflexiones del artista sobre la democracia y la pena de muerte. De hecho, era el complemento del documental del mismo título, un retrato del cantautor dirigido por Amos Poe.

El filme recogía momentos como la edición de su single John Walker’s Blues –dedicado al talibán norteamericano detenido en Afganistán, de su anterior disco, Jerusalem (2002)– y la controversia que originó –fue acusado de antipatriota–, su participación en la serie The Wire y un concierto en una cárcel emitido por MTV.

El documental abarcaba el período desde octubre de 2002 hasta mediados de febrero de 2003, e incluía una representativa mezcla de rock, bluegrass, éxitos y rarezas con canciones que repasaban la carrera de Earle, como The Mountain, Guitar Town, Copperhead Road, Jerusalem, The Unrepentant y Christmas In Washington.

Con su siguiente álbum, The Revolution Starts Now (2004), acabó por dar la razón a quienes ya lo describían como “el Michael Moore de la música”: con ese trabajo cargó de forma directa y contundente contra el presidente George W. Bush y su política.

El ataque contra Bush

Cuando se publicó en Estados Unidos, debutó en el número 1 de los álbumes de country en iTunes. La revista Rolling Stone calificó el disco con cuatro estrellas y Billboard dijo de él que “sería considerado como la declaración política esencial de 2004”.

La mayoría de canciones de The Revolution Starts Now tenía una importante carga política, como Rich Man’s War, F The CC, Condi, Condi (dedicada a Condoleeza Rice) o la que titulaba el álbum. Earle también interpretaba un dúo con Emmylou Harris en Comin’ Around.

Poco antes de lanzar The Revolution Starts Now, escribió una carta donde, entre otras cosas, afirmaba que “la democracia americana requiere una vigilancia constante para sobrevivir y un compromiso fuera de toda duda. El uso del voto es vital, pero en estos tiempos no basta con solo votar. Cuando algunos de vosotros escuchéis estas canciones, posiblemente las elecciones ya se habrán celebrado. Aquí es donde empieza la verdadera lucha”.

Por declaraciones como estas, fue considerado como uno de los músicos estadounidenses más comprometidos políticamente y más perseguidos por el gabinete del presidente Bush, que para atacarlo recordó sus problemas con las drogas, sus numerosos divorcios y su estancia en chirona; hechos que, por otra parte, el cantante nunca ha escondido.

Lejos de amilanarse, ha seguido poniendo el dedo en la llaga en álbumes posteriores como Ghosts of West Virginia (2020), con The Dukes (aquí podéis leer sobre este trabajo).

El sincero homenaje a su amigo y mentor

Cuando el discípulo supera al maestro

Además de acercarse al bluegrass –The Mountain (1999), con The Del McCoury Band–, en varias ocasiones Steve Earle ha rendido tributo a sus héroes musicales: Guy Clark en Guy (2019), su propio hijo Justin Townes Earle en J.T. (2021) –ver crítica aquí– y Jerry Jeff Walker en Jerry Jeff (2022), todos ellos con The Dukes.

Esta serie de homenajes se inició con Townes (2009). Earle nunca ha ocultado su devoción por Townes Van Zandt (1944-1997). Se conocieron en Houston en 1972, cuando el desaparecido cantautor texano asistía a uno de sus conciertos; a partir de ese momento, se convirtió en su amigo, mentor y fuente de inspiración.

Desde un punto de vista discográfico, la relación entre los dos cantautores es bastante curiosa: existe, por ejemplo, el álbum Together At The Bluebird Café (2001), que recoge un concierto benéfico de 1995 con Earle, Van Zandt y Guy Clark, donde, a pesar del título, cada uno va a la suya, con alguna interacción ocasional.

Y también hay que recordar el magnífico documental Heartworn Highways (James Szalapski, 1976), imprescindible para conocer cómo se gestó la escena de los nuevos tradicionalistas del country, donde Earle y Van Zandt fueron figuras decisivas.

Dedicado íntegramente a la obra de Van Zandt, la selección de Townes incluía las canciones con las que Steve siente una especial conexión; así, no aparecían temas interpretados en álbumes anteriores, como Tecumseh Valley de Train A Comin’ y, de hecho, algunos los tuvo que aprender.

Townes Van Zandt, amigo y mentor

Sin quebrantar el espíritu de las composiciones originales, el autor de Guitar Town adornó de sonoridad bluegrass –con la colaboración de Dennis Crouch, Tim O’Brien, Darrell Scott y Shad Cobb–, preñada de violines, mandolinas y banjos, clásicos como White Freightliner Blues, Delta Momma Blues y el vals Don’t Take It Too Bad.

Pero también utilizó loops y programaciones en el country-blues Lungs –con voz de megáfono y la guitarra eléctrica de Tom Morello (Rage Against The Machine)– y Loretta –aquí junto a acústicas, violín y los coros de su entonces esposa Alison Moorer–, y se entregó al blues eléctrico más ortodoxo –armónica incluida– en Brand New Companion.

En Townes, sin embargo, abundaba la sensibilidad folk, desde la conocida balada Pancho And Lefty (uno de los clásicos de su repertorio en directo) hasta el cántico recitado de Mr. Mudd and Mr. Gold, a dúo con su hijo Justin Townes Earle.

El disco empezó como una colección de canciones grabadas solo con voz y guitarra en Nueva York, a las que después se añadieron otros instrumentos en Nashville y Los Ángeles. Por eso, la edición especial limitada incluía otro CD, The Basics, con once de las quince canciones en ese formato original.

Con Townes Earle consiguió lo que parecía imposible: una vez alcanzado el grado de maceración adecuado en su voz y con su turbulenta trayectoria vital, el discípulo superó al maestro y se permitía tutearlo en igualdad de condiciones.

El último (hasta ahora) sin los Duques

Con Hank Williams en el punto de mira

Sin The Dukes –su colaboración más reciente fue Jerry Jeff–, el último disco hasta el momento de Steve Earle a su nombre es I’ll Never Get Out Of This World Alive (2011), titulado como su primera novela, la historia de un médico acosado por el fantasma de Hank Williams (cuyo último single de 1952 también llevaba ese título), publicada en España como No saldré vivo de este mundo (2012).

Curiosamente, la brillante adaptación del tema de Williams –que cantaba en una escena de la serie Tremé, donde interpretaba al músico callejero Harley– no se incluía en I’ll Never Get Out Of This World Alive: apareció en un single limitado a 2.600 copias y también podía descargarse como bonus track de la versión digital del disco.

Producido por T Bone Burnett, en este primer álbum con nuevas canciones desde Washington Square Serenade (2007) Earle incorporaba material de diferentes fuentes: por una parte, estaban God Is God y I Am A Wanderer, compuestas para el Day After Tomorrow (2008) de Joan Baez.

Luego estaba el bloque influido por la cultura de Nueva Orleans: el melancólico canto con ecos irlandeses y quejosa pedal steel de The Gulf Of Mexico, la waitsiana Meet Me At The Alleyway (marcada por la percusión, una armónica y la voz filtrada, con referencias a los espíritus y al Mardi Gras) y, por supuesto, la magnífica balada This City (un himno a la fortaleza de la ciudad devastada por el Katrina, escrito para Tremé, con metales arreglados por Allen Toussaint y citas a la letra de Iko Iko).

El homenaje a Woody Guthrie

El disco se completaba con murder ballads de sabor tradicional (Molly-O), sinceras declaraciones de amor (Every Part Of Me) y brillantes cánticos hillbilly-bluegrass (Waitin’ On The Sky, Little Emperor).

La producción de Burnett, impecable como siempre, aportaba a colaboradores habituales como Dennis Crouch y Jay Bellerose, a los que se sumaban Greg Leisz, la violinista Sara Watkins, el actor Tim Robbins, el guitarrista Jackson Smith (hijo de Patti) y, last but not least, Allison Moorer.

La reinvención de Earle como trovador contemporáneo fue todo un éxito: se le notaba cómodo recogiendo la antorcha de Woody Guthrie, y aunque en su guitarra se leyera “this machine floats” (la misma que lucía en Tremé) en lugar del combativo “this machine kills fascists”, su música era altamente inspiradora.

Recordad que podréis ver a Steve Earle el próximo 15 de junio en el Azkena Rock Festival de Vitoria-Gasteiz, por desgracia su única fecha en el estado español. Eso sí, no es la primera vez que actúa por nuestros escenarios con un formato acústico en solitario, como conté aquí.

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