
Alguien publica un libro sobre un grupo —y, además, presume de ser el único existente— y toda la prensa especializada a aplaudir. Señores, queda feo decirlo, pero fui uno de los primeros en escribir un completo y psicotrónico artículo sobre Southern Culture On The Skids en mi desaparecida web Yi-haa!! en 1999. Así que considero que es un buen momento para actualizarlo y, por qué no, reivindicarlo.
“¡Rockeros y luchadores! ¡Bienvenidos muchachos al gran baile de los Monstruos! El Santo — luchador legendario, heroico actor y cantante de música ‘soul!’. Después de un día duro luchando contra monstruos para la producción de la película Venganza de las mujeres vampiras, nuestro ídolo le gusta relajarse con una cerveza fría y una chica apasionante. El famoso grupo mundial Southern Culture On The Skids surministrará el ritmo vibrante. Poco después cuando se acerca al micrófono nuestro héroe empieza a sentir agotas de sudor debajo de su máscara. Siente el ardor cuando — Santo swings!”.
¿Demencial? Este texto en peculiar —e incorrecto— castellano, incluido en las notas interiores de su EP Santo Swings (1996) —ampliación de otro EP anterior, Santo! Sings (1992), con dos temas más: el Double Shot de Dick Holler & The Holidays y el Scratch My Back de Slim Harpo—, es solo una minucia que retrata a la perfección el mundo bizarro de Southern Culture On The Skids, SCOTS para los amigos.

Retrocedamos a los primeros ochenta: Rick Miller, un guitarrista y cantante con aspecto de garrulo de campo recién salido del casting de Deliverance (John Boorman, 1972), estaba grabando una cinta con canciones de Johnny Burnette, Panther Burns y Elvis Presley; durante una pausa, conectó la radio, justo cuando sonaban los R.E.M. Entonces pensó: “Chico, esto no encaja. Me gusta la cultura sureña, en decadencia”. Su misión en la vida estaba clara: volver a lo básico.
Dicho y hecho. Junto al vocalista Stan Lewis, la bajista Leslie Land y el batería Chip Shelby, en 1983 Miller creó el grupo en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Todos ellos compartían su afición por la música con raíces, pero querían “joderla” un poco. Tras grabar el EP Voodoo Beach Party (1984), y un largo homónimo en 1985 (también conocido como First Album), Lewis abandonó la formación.
En 1987, Mary Huff, una chica de Virginia que empezó a tocar a los 15 años en varios combos de rockabilly, conoció a Rick. Poco después, enterada de que SCOTS necesitaba bajista, lo llamó y se unió a la banda. Finalmente, Shelby fue substituido por un amigo de Mary, Dave Hartman, con pinta de turista cocido por la paella, el sol y la sangría, que golpea su instrumento de pie desde que le robaron la banqueta.

Los tres se trasladaron a una casa situada en un bosque de pinos, el Kudzu Ranch, donde idearon el look y el sonido de SCOTS, al que llamaron “sur-ruralismo”. Fruto de esa experiencia, grabaron Too Much Pork For Just One Fork (1991). Más tarde, se instalaron en un viejo garaje, donde construyeron un estudio de ocho pistas.
El resultado fue For Lovers Only (1992) —con un cover de Daddy Was A Preacher But Mama Was A Go-Go Girl de Betty Jo Bangs— al que siguieron los EPs Peckin’ Party (con el Run Chicken Run de Link Wray) y Girlfight (con el Wheels de The String-A-Longs) en 1993, y el álbum Ditch Diggin’ (1994) —que incluía versiones de The Great Atomic Power de The Louvin Brothers y de Jack The Ripper, Parts 1 & 2 de Link Wray—, regrabado en 2013 como Dig This. Ditch Diggin’ V. 2 con algunos cambios.
Su salida del status de grupo de culto empezó cuando ficharon por el sello Geffen y lanzaron Dirt Track Date (1995). Las ventas conseguidas por este trabajo —unas doscientas cincuenta mil copias—, sorprendieron a la compañía y a la propia banda. Esto permitió a SCOTS incluir en su contrato con la multinacional cláusulas como la que les autorizaba a editar singles en sellos independientes, y les dio pie a editar otro álbum, Plastic Seat Sweat (1997).
Después publicarían varios LP más: entre ellos, Zombified (1988) —con canciones de temática terrorífica y adaptaciones de She’s My Witch de Kip Tyler, de Sinister Purpose de Creedence Clearwater Revival y de Torture de Kris Jensen—y Liquored Up And Lacquered Down (2000), donde versionaban el Hittin’ On Nothing de Irma Thomas y el Pass the Hatchet de Roger & The Gypsies.
También los directos Live At El Sol (2002), registrado en la sala madrileña el 6 de diciembre de 1997 con la formación de cuarteto que incluía a Chris Bess; DoubleWide And Live (2006), grabado en la ciudad que los vio nacer, Chapel Hill, en Carolina del Norte, en noviembre de 2004, y el más reciente Live at Yep Roc 15, Southern Culture On The Skids (2020).
Y aún hay más: Mojo Box (2004), el monográfico de versiones Countrypolitan Favorites (2007), The Kudzu Ranch (2010) —donde atacaban el Are You Ready For The Country de Neil Young y un medley con Come As You Are de Nirvana y Lucifer Sam de Pink Floyd—, Mondo Zombie Boogaloo (2013) —compartido con The Fleshtones y Los Straitjackets, y en el que reinterpretaban Goo Goo Muck de Ronnie Cook and The Gaylads y Que monstruos son de Bobby (Boris) Pickett and The Crypt-Kickers— y el antes citado Dig This. Ditch Diggin’ V. 2 (2013).
Les seguirían The Electric Pinecones (2016) —un guiño a su antigua banda paralela The Pinecones— y el grandes éxitos Bootleggers Choice (2018), en el que regrababan dieciséis de sus canciones más requeridas por el público de sus discos para Geffen Dirt Track Date y Plastic Seat Sweat, además de una remasterización del Camel Walk del EP Santo! Sings.
En 2018 llegó Kudzu Records Presents, reedición expandida de la caja de tres singles de 2004 del mismo título, con covers del One night of Sin y el Lost Weekend de Smiley Lewis, el himno Jesus Took My Burden, el Is Anybody Going To San Antone popularizado por Texas Tornados, el Buzz The Jerk y el Midnight To Six de The Pretty Things, el Devil With The Blue Dress On de Shorty Long, el Whip It On Me de Jessie Hill, el Certain Girl de Ernie K-Doe y el Just Like I Treat You de Howlin’ Wolf.
Su álbum más reciente es At Home With Southern Culture On The Skids (2021), grabado en la sala de estar del Kudzu Ranch y concebido durante la pandemia, y en el que el trío adapta el Sugar Town de Nancy Sinatra y el Dear Mr. Fantasy de Traffic junto a sus temas propios.
Con la sana intención de divertirse con la rica cultura sureña, SCOTS ilustrarían perfectamente esas producciones de serie B de Roger Corman con turbadoras adolescentes de jerséis apretados, coches rápidos y rock’n’roll, e incluso encajarían en las alucinaciones de Troma. Su fórmula: pervertir los estilos característicos del sur que originaron el rhythm’n’blues y el rock’n’roll, y mezclarlos con otros como el surf, para producir lo que ellos denominan “mutaciones culturales”.
(Por cierto, ese concepto de mutación cultural siempre me ha fascinado, y por eso se convirtió en una pregunta recurrente que incluyo en algunas de mis entrevistas a artistas de americana, raíces o como quieras llamarlos: así lo hice en el caso de, por ejemplo, The Raveonettes y Jim White).
Como explica Miller, “todos hemos crecido en el sur, así que jugamos con esos estereotipos. Pero hay un sentido de ironía en lo que hacemos y en la forma en que abordamos el material”. A pesar de su afición por grabar con micros antiguos, no les gusta ser tildados como freaks nostálgicos. Tampoco se consideran rockabillys: “Hay más de Tony Joe White y Link Wray y todo el rock’n’roll y rhythm’n’blues sureño, no solo rockabilly. También nos influyeron muchos artistas negros, como Slim Harpo”.

Para entender mejor la peculiaridad de SCOTS es necesario volver a mencionar a Santo, el enmascarado de plata, el superhéroe idolatrado por el grupo. En 1972, en la revista Terror Fantastic, en un artículo sobre Santo, Luis Gasca decía: “Es el más humilde de los héroes latinos, su talón de Aquiles es la celulitis y lucha en todos los frentes, porque así se lo ordenan los señores guionistas. Santo, el enmascarado de plata, es un héroe de mesa-camilla para ser degustado en los cuadernos semanales o en reportajes de la TV mexicana”.
La similitud es obvia: como el luchador disfrazado, SCOTS también combaten en todos los frentes: el country, el blues, el funk, el soul, el rockabilly, el surf, el rock’n’roll, los guiños a The B-52’s, y los homenajes más que explícitos a sus héroes: Link Wray (con quien han compartido escenario; también participaron en el colectivo Guitar Ace. Link Wray Tribute en 2003) en Link’s Lung (una referencia al pulmón que extirparon a Wray), Chuck Berry (Hey Chuck Berry), Dick Dale (Rumours Of Surf) y, cómo no, Santo (Viva Del Santo!).
Y, como el enmascarado de plata, el trío de Chapel Hill demuestra no temer a los riesgos del colesterol. “Nuestra música se basa en todo lo que representa la buena vida: comer pollo frito y toda clase de sexo: humano, animal, todo. Somos hillbillys cachondos”, confiesa Mary.

Se podría decir que la filosofía de SCOTS se fundamenta en las tres F: “fun, food and foolin’ around” (diversión, comida y tontear), aunque habría que añadir una cuarta, “fuck”. Profundizando en el símil gastronómico, Miller explica que “nuestra música es como un menú sureño. Cada plato ha sido cocinado un rato y tiene su propio sabor, pero todos funcionan cuando los juntas”. Esto explica la afición del grupo a las canciones con títulos sobre comida, como Biscuit Eater o Banana Puddin’.
Las comparaciones de SCOTS con Santo no acaban ahí. En el artículo anteriormente citado de Luis Gasca, este afirma del superhéroe latino que “seguir su rastro cinematográfico es más difícil que localizar en los puestos de reventa mexicanos sus cuadernos, algunos de ellos totalmente agotados”. Algo parecido ocurre con la discografía del grupo, repleta de numerosos singles en sellos independientes y temas inéditos incluidos en recopilatorios.
Y ya que hablamos de cine, SCOTS han aportado sus canciones a películas como Flirteando con el desastre (David O. Russell, 1996), Beavis And Butt-Head recorren América (Mike Judge, 1996), Perdita Durango (Álex de la Iglesia, 1997; aunque sonaron en el filme porque son uno de los grupos preferidos del director, no aparecieron en el disco de su banda sonora) y Sé lo que hicisteis el último verano (Jim Gillespie, 1997), y a series como la tremenda True Blood (2008-2014).
Sin duda, uno de los platos fuertes de SCOTS es su presencia escénica, algo que no es de extrañar si se tiene en cuenta que en su primer concierto precedieron la proyección de una película porno, y que desde entonces se han curtido en centenares de escenarios, desde prisiones hasta bares de striptease y fiestas universitarias. Sin contar, además, con que pasan unos doscientos cincuenta días al año de gira.
En sus conciertos, reparten pollo frito cuando interpretan Eight Piece Box (especifican en su contrato que “si no hay pollo, no hay show”), interpretan versiones de, entre otros, Link Wray (Run Chicken Run, Jack The Ripper), de The Louvin Brothers (The Great Atomic Power) y de Slim Harpo (Shake Your Hips), y buscan al más gordo del público para quitarle la camiseta y calzarle la máscara de su admirado Santo.
Para afrontar tal experiencia, Miller aconseja lo siguiente: “Bébete un ‘pack’ de seis cervezas de camino al concierto, participa en el show y pásatelo bien. De vuelta a casa, recoge seis botellas de licor de malta, ve al motel más cercano y practica el sexo. SCOTS no hace conciertos. ¡Montamos fiestas!”.

En diciembre de 1997 ofrecieron una primera gira española que incluía Valencia, Barcelona, Bilbao, Madrid y Tomelloso. Un servidor tenía una entrevista concertada con ellos en Bikini, tras la prueba de sonido, hacia las ocho de la tarde, pero a esa hora el grupo ni siquiera había llegado, porque se encontraba en Zaragoza atrapado por un temporal de nieve.
El día anterior habían actuado en Peligrosamente juntos de Radio 3. Al final, tocaron en la capital catalana a la una o las dos de la madrugada. Después volvieron en diciembre de 1998, en agosto-septiembre de 2002, en abril de 2009 y en octubre de 2017, esta vez para presentar The Electric Pinecones.
Quien creía que la cultura sureña en decadencia era la descrita por Clint Eastwood en Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997), o estaba convencido de que Ramoncín era el Rey del pollo frito, es que no conocía a Southern Culture On The Skids.
Cuatro fiestas de grasa, pollo y alcohol…

DIRT TRACK DATE (1995)
Retrato del grupo típicamente yanqui: una bajista (Mary Huff) con un gran moño y medias de rejilla, un batería (David Hartman) con sombrero a lo Bing Crosby y pinta de turista sonrosado, y un cantante y guitarrista (Rick Miller) con peto texano, perilla montañesa y aspecto redneck. Increíble pero cierto: son Southern Culture On The Skids, el mejor grupo de arqueología norteamericana desde los Blasters.
Con un estilo autodefinido como “surf de los Apalaches”, capitaneado por la guitarra Danelectro de Miller, en su debut para la multinacional Geffen el insólito trío aficionado a las citas en las pistas de carreras (el condón pisoteado de la portada lo decía todo) nos ofrecía rock’n’roll de carretera (Voodoo Cadillac), funk-soul (Soul City y el Nitty Gritty de Gladys Knight), rockabilly sucio (Greenback Fly), instrumentales a lo Link Wray (Skullbucket), tex-mex hawaiano (Make Mayan A Hawaiian), surf (Galley Slave) y ritmos a lo The B-52’s (Firefly).

PLASTIC SEAT SWEAT (1997)
En su segundo álbum para Geffen, el trío seguía fiel a sus principios, las mutaciones culturales. O lo que es lo mismo, deformaciones de los distintos estilos sureños con ganas de juerga. Plastic Seat Sweat incluía canciones con vocación de himno (Shotgun), soul desencajado (Banana Puddin’), poderosos rig rock para camioneros (40 Miles To Vegas), rockabilly frenético (el Love-A-Rama de Leon Bass and The Keytones), honky tonk sui generis (Earthmover y Country Funk), rock’n’roll salvaje (Strangest Ways) y lounge juguetón (el House Of Bamboo de Neville Taylor).
No faltaban los instrumentales imposibles, como Dance For Me, ideal para la danza del vientre, al unir orientalismos kitsch y ramalazos mexicanos; la fantasía surf Deja Varoom, con salpicaduras de Link Wray y Dick Dale; Theme From The Cheaters, la sintonía de un filme inexistente que conjugaba la atmósfera de Harlem Nocturne con las pesadillas de Screamin´ Jay Hawkins, o ese repetitivo tema final no acreditado, donde durante diez minutos mareaban la perdiz sin llegar a ningún lado.
Con la adición de nuevos instrumentos y la incorporación del guitarrista y teclista Chris Bess —que, además de conocer el repertorio íntegro de Booker T, pasaría por la versión palurda de John Belushi; actualmente ya no forma parte del grupo—, SCOTS hacían su sonido aún más ecléctico, pero mantenían sus temáticas preferidas: bodas con tiroteos, camioneros anfetamínicos que conducen con los codos y comida.

MOJO BOX (2004)
Grandes enigmas: ¿Qué había en el maletín de Pulp Fiction? ¿Qué abría la llave de Mulholland Drive? ¿Y qué contenía la caja que contemplaban los Southern Culture On The Skids en la portada de este disco? En este último caso, el misterio está desvelado: Mojo Box era una colección de canciones que funcionaban al igual que hechizos que te hipnotizan y te dan energía.
Tras volver al formato de trío de sus orígenes con la marcha del teclista Chris Bess como miembro fijo (aunque colaboraba en algún tema), en su octavo álbum los freakies de Carolina del Norte recuperaron su sonido garagero a medio camino entre los Cramps y la Credence Clearwater Revival, basado en la tremenda guitarra de Rick Miller y la juguetona voz de Mary Huff.
Todo cabía en su caja de hechizos: rock’n’roll bronco con vocación de road movie (’69 El Camino), intrigante (Mojo Box, con alaridos incluidos) o pantanoso (Swamp Fox); surf acelerado (Doublewide), mezclado con rockabilly (I Want A Love) o evocador de Dick Dale (el instrumental The Wet Spot, con una réplica lounge tropical en The Sweet Spot).
Pero aún había más: honky tonk arrollador (la versión de Biff Bang Pow del grupo sesentero británico The Creation) y spaghetti western polvoriento (el Fire Of Love de Jody Reynolds, también adaptado por The Gun Club y The Nomads), y los habituales himnos bailables (el irresistible Smiley Yeah Yeah Yeah y el soulero Soulful Garage).

COUNTRYPOLITAN FAVORITES (2007)
¿Quién mejor que un trío asilvestrado de la América profunda como Southern Culture On The Skids para enfrentarse a un repertorio de countrypolitan, el country más edulcorado? Tranquilos, porque Countrypolitan Favorites no se parecía en nada a un disco de Kenny Rogers. Y es que, en su primera colección de versiones, el grupo solo atacaba unas pocas canciones de ese nefasto movimiento, como los hits Rose Garden (popularizado por Lynn Anderson) y el Oh, Lonesome Me de Don Gibson.
El resto del álbum se completaba con versiones que raramente hubieran atraído al Nashville decadente: el Muswell Hillbilly de The Kinks (con arreglos a lo Sir Douglas Quintet), el Life’s A Gas de T. Rex, el Have You Seen Her Face de The Byrds, el Happy Jack de The Who (reconvertido en un festivo hillbilly con banjo enloquecido), el Tombstone Shadow de la Credence, o el Te Ni Nee Ni Nu de Slim Harpo.
El trío también reconstruía clásicos de George Jones (el honky tonk garagero Let’s Invite Them Over), Wanda Jackson (Funnel of Love), Roger Miller (Engine Engine #9) y John D. Loudermilk (Tobacco Road), en un recorrido por todos los estilos con raíces. Por eso, Countrypolitan Favorites era la mejor banda sonora para una fiesta, eso sí, con pollo frito y cerveza en abundancia.
El sello Yep Roc lanzó un bonus disc con cuatro versiones más: These Boots Were Made For Walkin’ de Nancy Sinatra, Mr. Spaceman de The Byrds, I’ll Be Your Mirror de The Velvet Underground and Nico, y Monkey See, Monkey Do de Sam the Sham & The Pharaohs.
… y un bonus track no tan inesperado

Descrito como “el hermano maníaco de Chris Isaak”, siempre al borde del filo, el desaparecido guitarrista y cantante Dexter Romweber (1966-2024) fue el líder de los Flat Duo Jets, y empezó a grabar en solitario en 1996.
En su tercer álbum, Blues That Defy My Soul (2004), su debut para el sello Yep Roc producido por Rick Miller —el guitarrista de Southern Culture On The Skids—, exhibía su estilo de tocar sucio y áspero, su voz chillona y poco agraciada y su sonido mezcla de rockabilly, blues y surf.
En formato de trío, y a veces con la colaboración esporádica de un saxo, Dexter atacaba con ferocidad el rock’n’roll (Rockin’ Dead Man o un Monster Blues cercano al estilo de SCOTS), el rockabilly más asilvestrado (The 309, el Come Back de Benny Joy), el blues (Blues That Defy My Soul, Man Walks In) y el surf instrumental (Nephretite, Nabonga).
Pero la bestia también se calmaba en baladas acústicas como Prison Called Life (únicamente con su voz y guitarra, como si se tratara de un Johnny Cash en las últimas) o la versión del I’ve Lost My Heart To You de Charlie Rich.

















