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Jon Langford, americana a la galesa

Jon Langford ante algunas de sus obras en La Fiambrera Art Gallery. Foto: Juan Pérez-Fajardo

A pesar de su origen británico, lleva años buceando en las raíces de la música norteamericana desde el grupo The Mekons y en otros proyectos como Waco Brothers y The Pine Valley Cosmonauts, donde ha conseguido mezclar su amor por el country, el punk y la política. Para celebrar su nacimiento tal día como hoy, repasamos algunos de sus mejores trabajos.

Nacido en Newport (Gales) el 11 de octubre de 1957, y establecido en Chicago desde hace décadas, Jon Langford es considerado por muchos como “el hombre del Renacimiento del indie rock”.

Su carrera musical empezó cuando fundó en Inglaterra el colectivo de art punk The Mekons –que convirtió a fans del punk-rock en apasionados del country con sus álbumes Fear And Whiskey (1985) y Honky Tonkin’ (1987)– y, más tarde, los pioneros del noise rock The Three Johns, sin contar sus colaboraciones con figuras de culto como Richard Buckner, Kevin Coyne y Katherina Bornefeld.

Cuando se instaló en Chicago a principios de los noventa, participó en la génesis del country insurgente con su asociación con el sello Bloodshot: además de sus contribuciones musicales –en solitario, en proyectos como Waco Brothers, The Pine Valley Cosmonauts y Skull Orchard, como productor y como guitarrista–, es el responsable en gran parte de la identidad visual del label, con sus maravillosas portadas.

Como me contó Nan Warshaw, cofundadora de la discográfica de Chicago, “Bloodshot no existiría si no fuera por Jon. Él establece el ejemplo perfecto con su increíble ética de trabajo, su generoso sentido de la inclusión y polinización cruzada, su franca honestidad, creatividad insana y humildad”.

A lo largo de su prolífica obra, Langford siempre ha tratado el punk-rock como folk y ha demostrado que el folk –cuando permanece fiel a sus raíces– también puede ser punk. Lo mismo piensa del country, el auténtico, el que cuenta una historia y deja al descubierto la verdad de la manera más honesta y directa.

En solitario o integrado en otras formaciones, representa una de las paradojas de ese género denominado americana: no hace falta haber nacido en los Estados Unidos para ser uno de sus más genuinos representantes.

Langford es un consumado artista, autor de retratos de figuras icónicas del country como Hank Williams y Johnny Cash y de otras menos conocidas –y también de músicos de otros estilos–, que ha expuesto en todo el mundo. En la galería de fotos superior podéis ver varias muestras de su obra, pertenecientes a su exposición American Icons In The Zombie State, celebradada en La Fiambrera Art Gallery de Madrid en 2017.

También ha presentado programas de radio –actualmente es uno de los DJs de Gimme Country–, ha participado en espectáculos teatrales basados en sus discos y es un infatigable activista en contra de la pena de muerte.

Es muy difícil escoger entre la amplia discografía de Langford, así que recordaremos uno de sus álbumes en solitario, otro con Waco Brothers y dos con The Pine Valley Cosmonauts.

Jon Langford – All The Fame Of Lofty Deeds (2004)

En su segundo álbum a su nombre, Langford puso su acento británico al servicio de country brioso (Last Fair Deal Gone Down, una perfecta combinación del sonido campestre del dobro con las guitarras eléctricas), polkas zydeco con acordeón (Constanz), hillbilly (Hard Times y el trotón Over The Cliff) y potente bluegrass (Living A Lie, con protagonismo de dobro y mandolina),

En All The Fame Of Lofty Deeds también encontramos baladas (The Country Is Young) y versiones insólitas (el Homburg de Procol Harum llevado al country acústico y el excelente Trouble In Mind, en directo con los Pine Valley Cosmonauts, siguiendo el modelo de Bob Wills, en una adaptación que le encantaría a Willie Nelson). Y también dedicó una canción a la Nashville Radio, con aires de tema tradicional, pero con un final más cercano al rockabilly.

Waco Brothers – New Deal (2002)

Considerados el grupo por excelencia del country insurgente por su tratamiento hardcore (con influencias punk) y sus consignas políticas, con New Deal los hermanos Waco grabaron uno de los discos más “ortodoxos” de su carrera: parecía concentrarse más en los sonidos tradicionales, algo que no les costaba demasiado, dada su habilidad con la mandolina, la pedal steel y el violín.

Aunque no faltaban los temas enérgicos de cowpunk con vocación de himno (No Heart, In The Honky Tonk Shadows o el acelerado AFC Song, con un estribillo memorable: “Alcohol, freedom and a country song, I’ve been waiting way too long”), el talento de Langford y compañía es demasiado grande para ceñirse a un solo corsé.

Por eso nos sorprendían con honky tonk ortodoxo (Johnson To Jones), country-blues con vocación de clásico (New Moon), western swing (Better Everyday), rock sureño (Just No Way) y roots rock (New Deal Blues).

Sin contar con el tremendo Poison, un claro ejemplo del sello de los Waco Brothers, tanto por el eclecticismo de su sonido (honky tonk mezclado con rock’n’roll con metales y coros femeninos) como por su mensaje reivindicativo (un canto contra los conservadores).

The Pine Valley Cosmonauts – Salute The Majesty Of Bob Wills. The King Of Western Swing (1998)

Los Pine Valley Cosmonauts se definen como “un grupo de amigos de finales del siglo XX dedicados a interpretar la música de los rebeldes del country, innovadores y supervivientes”. El primer santo de su devoción fue Johnny Cash, con Misery Loves Company… Explore The Dark And Lonely World Of Johnny Cash (1994) y en este segundo álbum le tocó a Bob Wills, el padre del western swing, al que describen como “tradicionalista, vanguardista, pionero y mago”.

Con el apoyo básico de los Pine Valley Cosmonauts aportando el sonido auténtico del western swing (metales jazzísticos, piano tabernario y pedal steel guitar para acentuar el toque country), entusiasta y respetuoso con la obra de Wills, el disco presentaba una sucesión de cantantes invitados para recrear el repertorio del legendario pionero.

Así, encontramos a leyendas de Texas como Jimmie Dale Gilmore (con su peculiar voz en una gran versión de Trouble In Mind) y Alejandro Escovedo (con Langford en San Antonio Rose); a colaboradores habituales procedentes de los Mekons o Waco como Dean Schlabowske (Brain Cloudy Blues), Sally Timms (la preciosa Right Or Wrong) y Rico Bell (con Jane Baxter-Miller y el veterano Brendan Croker en la balada Faded Love), y a estrellas de Bloodshot como Robbie Fulks (el trotón Across The Alley From The Alamo), Neko Case (con Bob Boyd en Stay A Little Longer, con un ritmo basado en un contrabajo jazzístico) y The Meat Purveyors (en la dulce versión two step de Take Me Back To Tulsa, con bellas armonías vocales)

También a cantautores de la escena del country alternativo como Chris Mills (Home In San Antone, con metales dixieland), Kelly Hogan (el arrabalero Drunkard’s Blues, con malabarismos vocales a lo Cab Calloway) y Edith Frost (My Window Faces The South), o procedentes de grupos como The Sundowners (Bob Boyd, con el melódico Hang Your Head In Shame) y The Handsome Family (Brett Sparks, con Roly Poly).

Los componentes de Pine Valley Cosmonauts también se reservaban sus momentos de gloria como cantantes, como Langford en la blues Sweet Kind Of Love, Jane Baxter-Miller en Time Changes Everything y Tracey Dear en Bubbles In My Beer, aunque donde se superaban era en los instrumentales Texas Playboy Rag, Steel Guitar Rag y Pan Handle Rag.

La hija de Bob Wills, Rosetta, declaró que este disco “era el mejor tributo a la música de mi padre que nunca he oído”. Todo un elogio para la escena del alt country.

The Pine Valley Cosmonauts – The Executioner’s Last Songs. Volume One (2002)

En un mundo en manos de dementes como Trump y Putin, el compromiso de los músicos debería ser algo normal, y no limitarse a fomentar el “buen rollito” (como los exponentes del mestizaje escuela Manu Chao), sino a atacar con dureza al sistema. Eso hicieron los Pine Valley Cosmonauts en The Executioner’s Last Songs. Volume One, con el loable propósito de ceder sus beneficios a ONGs que trabajan para abolir la pena de muerte. Y para luchar contra el homicidio institucionalizado, lo mejor es hacerlo con las mismas armas, con canciones “de asesinatos, la ley del hampa y castigos crueles”.

El repertorio era impresionante: versiones de The Louvin Brothers (Knoxville Girl, con Brett Sparks), Hank Williams (I’ll Never Get Out Of This World Alive, con Rosie Flores), Charley Pride (The Snakes Crawl At Night, con Janet Bean), The Kingston Trio (Tom Dooley, con Steve Earle), Johnny Paycheck (Pardon Me, con Lonesome Bob), Cole Porter (Miss Otis Regrets, con Jenny Toomey), Merle Haggard (Sing Me Back Home, con Edith Frost), Ralph Stanley (Oh Death, con Diane Izzo), Johnny Cash (25 Minutes To Go, con Frankie & Johnny Navin) y Bill Monroe (Walls Of Time, con Paul Burch).

Con igual crudeza destacaban canciones más recientes, como el Gary Gilmore’s Eyes de los punk Adverts, reconvertido al honky tonk por Dean Schlabowske, y el impresionante The Plans We Made de Lonesome Bob, en la voz de Langford y Sally Timms.

Lo insólito de este disco es que conseguía un sonido luminoso (gracias a la excelente instrumentación de los Cosmonauts) a pesar de la dureza de los temas tratados y demostraba que la política y la buena música podían mezclarse con resultados brillantes.

Un año después, Langford y su banda volvieron a reunir a un buen puñado de amigos con el doble The Executioner’s Last Songs. Volume 2 & 3, otra colección de canciones sobre “crímenes y castigos crueles”.

Nombres como Dave Alvin, Kurt Wagner, Otis Clay, Kelly Hogan, Rico Bell, Alejandro Escovedo, Rhett Miller, Rex Hobart, Mark Eitzel, Jon Rauhouse y Sally Timms unieron fuerzas e interpretaron versiones de gente tan dispar como Tom Waits, Billie Holiday, Roger Miller, J. D. Loudermilk, Charlie Rich, Mississippi John Hurt, Hank Williams y Tom Jones, además de temas tradicionales y otros compuestos para la ocasión.

Ya fuera a ritmo de folk, country-blues, soul, honky tonk, sabores irlandeses y rusos, hillbilly, bluegrass, blues, wéstern crepuscular o valses, la causa lo merecía.

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