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A.J. Croce, más allá del legado obvio

Piano man ante todo. Foto: Joshua Black Wilkins

Los artistas hijos de músicos famosos despiertan a menudo (y con razón) algunas sospechas. Afortunadamente, este no es el caso de nuestro protagonista. Su padre, Jim Croce (1943-1973), fallecido en un accidente aéreo, basó su repertorio en dos categorías: las baladas sensibles de cantautor y el blues. Sin duda, A.J. se decanta por la segunda opción.

El legendario Willie Nelson ha dicho de él: “Tiene una sabiduría más allá de su edad. Con su música, representa a su generación con un profundo sentido de honestidad en sus letras y calidad en su interpretación. El futuro del entretenimiento está seguro en sus manos”.

Bendecido con una voz aguardentosa, perfecta para el blues de taberna, Adrian James Croce (Bryn Mawr, Pensilvania, 1971) se quedó ciego de ambos ojos a los 4 años a consecuencia del abuso físico infligido por el nuevo novio de su madre. En esa época comenzó a tocar el piano, inspirado por Ray Charles y Stevie Wonder. A los 10 años recuperó la vista en su ojo izquierdo y pasó su adolescencia actuando.

El prometedor debut del veintañero Adrian James

Tras haber compartido escenario con Willie Nelson, Béla Fleck, B.B. King, Neville Brothers y Lyle Lovett, entre otros, en 1993 publicó su debut A.J. Croce, coproducido por T Bone Burnett, con músicos como Ron Carter (contrabajo), Robben Ford (guitarra), Benmont Tench (órgano) y Jim Keltner (batería).

En este primer álbum homónimo interpretaba versiones de Hank Thompson (la balada country He’s Got A Way With Women en clave de boogie-blues), Cecil Gant (el slow blues I Wonder), Memphis Minnie (el vodevilesco She Wouldn’t Give Me None), Arthur Conley (el pre rock’n’roll Stuff You Gotta Watch) y Eva Taylor (el oldie If I Could Be With You).

Además, nos ofrecía estupendas composiciones propias como las jazzísticas Which Way Stenway y I Know Better Now, las souleras Keep On Lookin’ y How’d We Get So Good At Sayin’ Good-bye y la rumba neorleana Smokin’ Good Time.

Esperando a Ry Cooder y a otros amigos en la barra

En 1995 le siguió That’s Me In The Bar, con Keltner a la producción y a la batería y la colaboración de Ry Cooder (slide guitar), David Hidalgo (acordeón), Stephen Bruton (guitarra) y Sir Harry Bowens y Sweet Pea Atkinson (coros), entre otros.

En este trabajo, sin ninguna versión –aunque la reedición de su vigésimo aniversario en 2015 incluía su adaptación inédita del If You Want Me To Stay de Sly & The Family Stone, con el bajista Flea–, afianzó un estilo elegante y dinámico que mezclaba blues, jazz, rock’n’roll, el croonerismo y la tradición de Nueva Orleans, centrado en su piano y en su voz apasionada, en canciones como la titular, Sign On The Line, Callin’ Home, I Meant What I Said y Music Box.

En Fit To Serve (1998), grabado en Memphis y producido por Jim Gaines (Stevie Ray Vaughan, Albert Collins, Luther Allison…), A.J. fue algo más lejos al ampliar el catálogo de sus referencias y anticipar su evolución: el intenso tema titular, aunque tenía en esencia la estructura de rhythm’n’blues, estaba aderezado con otros elementos, que iban del rock a la psicodelia, y lo situaban cerca de Dr. John; Lover’s Serenade podría caer en el AOR, pero lejos de eso tenía una factura impecable, y el melancólico Uncommon Sense evocaba los mejores momentos de Tom Waits.

El menú más abundante, variado y explosivo

Por su parte, Too Late era un acerado rhythm’n’blues a lo The Rolling Stones donde el piano substituía los riffs de Richards y compañía; el poderoso I Don’t Mind acentuaba con sus metales y sus coros femeninos los elementos funk, con reminiscencias de Stevie Wonder, al igual que So In Love, con la vista puesta en Eric Burdon; y Nobody Else era una balada que se diría firmada por el mismísimo Elvis Costello (incluso parecía imitarlo en su forma de cantar), con esa mezcla de candidez y tristeza.

Al margen de estas innovaciones, donde A.J. brillaba era en la recreación de los sonidos propios de Nueva Orleans: en la rumba I’ll Get Through (construida como una canción pop, como si Costello cantara sobre un ritmo de Professor Longhair), y en ese genial Texas Ruby coescrito con Gary Nicholson (la divertida historia de un chaval de 17 años que llega a la ciudad en pleno agosto y conoce a una chica explosiva), donde confluía toda la tradición festiva y arrabalera de Crescent City, con un apoteósico final dixieland.

Un temazo, incluso sin los metales de la grabación original

De igual modo, Croce desplegaba su talento al enfrentarse a los clásicos: el tremendo estándar Trouble In Mind –que tras comenzar tímidamente se transformaba en un arrollador boogie–, el sensual Cry To Me de Solomon Burke, a ritmo de rumba, y el tribal Judgement Day de Robert Johnson vía Skip James.

Sus siguientes discos supusieron un cambio de sonido, más orientado al pop-rock (entendido en el buen sentido de la palabra, el representado por Costello, por poner un ejemplo ilustre) y lejos de las raíces. De hecho, incluso cambió su forma de cantar, dejando atrás su voz cazallera. Él declaró que “estuve tocando música basada en el blues durante mucho tiempo, y estaba listo para intentar algo nuevo”.

En esa nueva etapa se enmarcan álbumes como Transit (2000), Adrian James Croce (2004, en el que empezó a tocar la guitarra acústica), Cantos (2006, con featuring de Ben Harper) y Cages Of Muses (2008). A pesar de languidecer al lado de sus tres primeras obras –como demostraba el recopilatorio Early On. The American Recordings 1993–1998 (2005)–, este período creativo lo confirmó como un gran compositor, comparado por algunos a Costello, Bob Dylan y Van Morrison.

En 2014 volvió a asomar su amor por las raíces en Twelve Tales, un ambicioso álbum grabado en cinco ciudades norteamericanas con seis productores diferentes: entre ellos, Cowboy Jack Clement, famoso por sus trabajos con Elvis Presley y Johnny Cash; Allen Toussaint, leyenda de Nueva Orleans; Mitchell Froom, a los mandos de discos de Los Lobos, Bonnie Raitt, Sheryl Crow y muchos más, y Greg Cohen, fiel escudero de Tom Waits.

Después, publicó el soulero Just Like Medicine (2017), producido por el mítico Dan Penn y con músicos como Steve Cropper, Colin Linden, The Muscle Shoals Horns y The McCrary Sisters, en el que adaptaba una canción inédita de su padre Jim, Name Of The Game (con Vince Gill), además de contar con temas coescritos con Leon Russell (The Heart That Makes Me Whole) y Penn (The Other Side Of Love).

Su trabajo más reciente es By Request (2021), una colección de versiones de lo más variado: Neil Young, Randy Newman, Sam Cooke, Sonny Terry & Brownie McGhee, Allen Toussaint, Tom Waits, Solomon Burke, Shorty Long, The Beach Boys… “Es mi forma de invitaros a una reunión privada en mi casa. Escuchamos buena música, reímos, preparamos buena comida y después de unos tragos terminamos en mi sala de música y empiezo a aceptar solicitudes de todos los géneros y épocas”, explicaba.

Foto promocional del show «Croce Plays Croce»

Actualmente presenta el espectáculo Croce Plays Croce, en el que interpreta canciones de su famoso progenitor, otras propias y también versiones de blues y jazz. “El concierto establece conexiones entre la música de mi padre, la mía y la que nos influyó a ambos”. Hace años, A.J. encontró una vieja cinta de Jim en la que cantaba temas poco conocidos de Fats Waller, Mississippi John Hurt, Sonny Terry & Brownie McGhee y Bessie Smith, entre otros.

En Croce Plays Croce A.J. también toca la guitarra. “Soy un pianista, ante todo. Mi madre me había regalado una guitarra que mi padre le dio y con la que había escrito sus dos primeros álbumes. Sentí la obligación de aprender el instrumento. Es especial para mí y también es una increíble Gibson de los años treinta”, declara.

Documento histórico… a pesar de la pésima imagen y sonido

Cuando en 1996 A.J. Croce actuó en el Festival de Blues de Cerdanyola como telonero de la Mick Taylor Allstars Blues Band, muchos fundamentalistas del género se preguntaban qué hacía un pianista en ese escenario. “Lástima que toque el piano”, llegó a decir uno de esos ignorantes. La respuesta era obvia: conseguía lo que muchos guitarristas no han logrado, un blues energético, plagado de influencias, progresivo y no estancado en los mismos tópicos de siempre.

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