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un despido con Etta James duele menos

Hace pocos meses hice un visionado intensivo de la cuarta temporada de Mad Men, y como siempre (aparte de sus virtudes evidentes, que no voy a glosar aquí), me quedé con la magnífica selección musical, con las canciones que cierran cada episodio cuando la imagen funde a negro y aparecen los créditos. Pero hubo uno que me llamó especialmente la atención, el titulado Blowing Smoke, tras la escena final en la que Don Draper recibe en su despacho a los empleados que va a despedir. Y tras ese momento, sonó la canción. Para qué engañarnos, no soy una enciclopedia ambulante y como quería saber quién era la intérprete y qué tema cantaba, eché manó del mejor amigo del melómano despistado, el Shazam. Y la respuesta no podía ser más evidente: Etta James y Trust In Me.

Todo esto viene a cuento de la reciente muerte de esa gran cantante. Me habría gustado tener tiempo para escribir algo en condiciones (como me hubiera gustado hacer también con el hombre que la descubrió, Johnny Otis, fallecido justo tres días antes), pero finalmente no he podido.

Así que rescataré de mis archivos la crítica del disco Matriarch Of The Blues (2000) que escribí para la revista de la desgraciadamente fenecida tienda Discos Del Sur (esta sí, una tienda que contribuyó a la educación musical de muchos en lo que a estilos de raíces se refiere). Sirva como humilde tributo a esa gran dama que siempre me emocionó con su voz y sus canciones, del At Last al I Just Wanna Make Love To You.

La magia de las grandes cantantes consiste en su habilidad de convertir una canción insignificante en una obra maestra emocional. Pero aún es más sublime cuando abordan temas que ya de por sí son magníficos: es lo que hace Etta James en Matriarch Of The Blues.

Descubierta por Johnny Otis, Etta se erigió hace décadas como una de las mejores intérpretes femeninas de blues, pero sus problemas con las drogas le mantuvieron apartada del espectáculo durante algunos años. Hasta que a finales de los ochenta, la veterana cantante vivió su regreso fulgurante.

Matriarch Of The Blues es otra pieza más de este retorno triunfal de Etta, quien en esta ocasión se enfrenta a una colección de canciones con una peculiaridad: han sido popularizadas por otros artistas, desde los Rolling Stones hasta Otis Redding.

Con su vozarrón en plena forma, la cantante consigue llevar a su terreno de rhythm & blues musculoso con metales soul el material más diverso, y no escatima esfuerzos ni recursos para ello: ruge, ronronea, suplica, gime, grita, gruñe y aúlla.

En el álbum abundan las versiones de artistas procedentes del soul y la música negra: O.V.Wright (el sensual rhythm & blues funk Don’t Let My Baby Ride), Al Green (el soulero Rhymes), Little Milton (la tremenda balada soul You’re Gonna Make Me Cry, a dúo con Mike Finnigan), Ray Charles (Come Back Baby), Koko Taylor (el slow Walking The Back Streets, con guitarra de rompe y rasga), Latimore (el funk pausado Let’s Straighten It Out) y Otis Redding (la balada soul Try A Little Tenderness, con la base rítmica algo más acelerada, algo menos dramática y más sensual, y el slow Hawg For Ya, con una poderosa armónica).

Etta también aborda con acierto las canciones procedentes del rock: el Gotta Serve Somebody de Bob Dylan (un rotundo rhythm & blues), el Miss You de los Rolling Stones, y el Born On The Bayou de John Fogerty (más acelerado y funky que el original). Mención especial merece la versión del célebre Hound Dog (compuesto por Willie Mae Thornton pero popularizado por Elvis), que Etta devuelve a sus orígenes
rurales, al alejarlo del rock & roll y ralentizarlo en una versión desnuda asentada sobre ritmos de New Orleans.

Sin invitados de postín (a excepción del excelente guitarrista Leo Nocentelli), Etta James demuestra que, con más de cuarenta años de carrera, aún puede ostentar con todo orgullo el título de matriarca del blues.

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solo es la oferta y la demanda, nada más

A propósito del cierre de la tienda CD.Drome, los apocalípticos de siempre se han llevado las manos a la cabeza y han enarbolado una nueva bandera: culpar de todos los males habidos y por haber a la (supuesta) gratuidad de internet y a la tendencia de la gente de no valorar los productos culturales. Una manera más eufemística y “fina” de decir que, como siempre, la culpa es de la piratería, de los peligrosos delincuentes que se descargan discos desde sus guaridas.

No nos equivoquemos: el cierre de esta y otras tiendas se debe a algo tan simple como la ley de la oferta y la demanda, así de claro. Para que mi argumentación se entienda mejor recurriré a mi experiencia personal, narrando mis vivencias como aficionado a la música a lo largo de varias décadas. Y aunque parezca un dinosaurio, me remontaré a la época anterior al euro.

Para muchos tal vez supondrá una exageración, pero debo confesar que en esos años yo podía gastarme tranquilamente, y sin ningún remordimiento, un mínimo de cincuenta mil pesetas del ala al mes en CDs (algunas veces, incluso podía invertir esa cantidad en un mismo día). Naturalmente, acudía a las tiendas del ramo (de importación, básicamente) para agenciarme con ese material. En esa era pre-internet, muchos se preguntarán cómo descubría a los artistas: muy sencillo, a través de la radio (Radio 3, por supuesto), de publicaciones nacionales (Ruta 66, Rock Espezial, Rockdelux) e internacionales (New Musical Express, Melody Maker, Vibe…) y, por supuesto, muchas veces apostando por valores desconocidos, guiándome únicamente por mi sexto sentido para encontrar talentos escondidos.

Con la implantación de la moneda única, mi poder adquisitivo (y el de todos los españoles) bajó considerablemente. Si a esto le añadimos el aumento de los precios en general y el descenso de los sueldos, se hizo evidente que no podía seguir con el mismo ritmo de compra de CDs, y que se imponía un criterio más racional y selectivo. Seguía acudiendo a las mismas tiendas y, pese a la supuesta globalización de los mercados, me encontraba con la misma dificultad que años atrás a la hora de encontrar determinadas referencias (de importación). No entendía ese desfase entre las tiendas del ramo y la actualidad imperante.

Pero llegó internet, y ahí cambió mi vida… y la de toda la gente que sabe utilizarlo correctamente, como una herramienta y no como un cagadero donde vomitar sus miserias. Y empecé a descubrir tiendas como Amazon. En esos momentos en que, por encima de todo, primaba mi economía, la solución era evidente. Además, estaba harto de que se repitiera la misma escena cuando iba a cualquier tienda de discos: yo acudía todo ilusionado con mi pequeña lista de CDs escrita en un papel doblado, pongamos unos diez, y después de pasarme tranquilamente una hora en la tienda, solo encontraba dos de esos discos, y a unos precios desorbitados. Claro está, siempre te ofrecían la posibilidad de pedirte los que faltaban… para traértelos diez días después, y a precios igualmente desorbitados.

Y así fue cómo empecé a dejar de pisar las tiendas físicas y me hice asiduo de las digitales. Pero no solo eso: también descubrí que podía comprar directamente a los sellos o a los propios artistas, a precios considerablemente más bajos, y con un plazo de entrega más corto. ¿Por qué pagar 18 o 20 euros por un disco en una tienda si lo puedes conseguir por 10 o 12 en internet (y en algunos casos, incluso sin gastos de envío, como en Play.com)? Creo que hacer lo contrario sería de tontos. Y por cierto, ¿dónde está la supuesta gratuidad en ese hecho? Nadie me está regalando nada. Yo solo veo la simple ley de la oferta y la demanda, la ley del mercado pura y dura, el no saber adaptarse a los tiempos.

Claro, siempre saldrán los nostálgicos que te dirán que echan de menos ir a una tienda, hablar con el dependiente, dejar que te aconseje, etc. etc. Todo eso está muy bien, pero solo para la gente con poco criterio o que prefiere que sean otros los que dicten sus gustos. Esto es lo que eleva a simples tiendas en templos de la modernidad (mal entendida), en forjadores de (efímeras) modas, en creadores de hypes sin fundamento. Pondré un ejemplo para que se entienda: me gusta el vino, pero no soy un experto. Por eso, nunca se me ocurrirá comprar vino por internet, sino que iré a mi bodega de siempre para que me aconsejen. Pero si hablamos de música, tengo muy claro lo que quiero y no necesito un intermediario que solo encarece el producto.

Estamos de acuerdo en que el sector cultural pasa por malos momentos, pero no son muy distintos a los que puede pasar el sector hostelero, por ejemplo. Porque ¿cuántos bares y restaurantes han tenido que cerrar o han visto mermadas sus ganancias desde que la gente ha descubierto que le resulta más barato traerse la comida de casa en una fiambrera que ir a comer de menú cada día, o desde que ha optado por comprarse su alcohol en el súper para consumirlo en su casa o directamente en la calle? Pero el sector cultural siempre adolece de victimismo, y por eso cuando se cierra una tienda de discos o una librería la repercusión es más sonada.

Pero no nos engañemos: lo que está pasando es normal, y es un síntoma más de la pobreza cultural de la sociedad española en particular y mundial en general. Es decir, en tiempos de recesión económica, en los que la gente mira con lupa su dinero, ¿de qué prescinde antes? De lo que considera superfluo: la cultura en todas sus acepciones, porque el consumo cultural aquí siempre ha sido y será algo de segunda categoría. Así, deja de comprar discos, libros y periódicos, porque prefiere gastar su dinero en ropa, vacaciones, coches o entradas de fútbol. En definitiva, busca la evasión fácil. Desde que oigo la palabra crisis, no he visto a los operadores de agencias de viajes quejarse por un descenso en los ingresos: en las fechas señaladas, los aeropuertos siguen estando llenos.

Volviendo a la música, además se produce el fenómeno de lo que yo llamaría “come todo lo que quieras”, como esos restaurantes en los que por un mismo precio puedes probarlo todo y repetir cuantas veces quieras. Esa banalización del consumo musical la han originado los grandes festivales, que te permiten verlo todo y no quedarte con nada, eso sí, siempre con una selección mediatizada para que te lo tragues sin rechistar: otra forma de imponerte tus gustos, de decirte lo que debes escuchar… aunque tenga una fecha de caducidad escasa. Los “aficionados” a la música que quedan prefieren gastarse su dinero en un abono para uno de esos festivales que en comprar discos. Repito otra vez: ¿dónde está aquí la gratuidad de la cultura como causante del cierre de tiendas?

Me permito acabar de nuevo contando mi experiencia: desde hace tres o cuatro años, ya ni siquiera compro por internet, porque mi única lucha (como la de otros muchos) es llegar a fin de mes. Cuando miro hacia atrás y pienso el dinero que me he llegado a gastar en CDs, pagados muy por encima de su precio real, me siento absolutamente legitimado para descargarme gratis lo que quiera en lo que me queda de vida… pero eso ya es otra historia.

Muchos se preguntarán si lamento el cierre de CD.Drome… bueno, sí, pero de la misma manera que lamentaría el cierre del bar de la esquina o del quiosco de enfrente. No le doy más importancia de la que tiene, simplemente.

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Recordando a Gram Parsons

Tal día como hoy nacía Gram Parsons. Para recordar al padre del country-rock, nada mejor que la crítica de uno de los mejores discos de tributo que se le dedicaron, Return Of The Grievous Angel. A Tribute To Gram Parsons, editado en 1999 por el sello Almo.

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la muerte al detalle y las iCosas

Steve Jobs, el genio detrás de Apple.

Ayer y hoy (y supongo que durante muchos más días), todo el mundo habla de Steve Jobs. Algunos incluso reflexionan sobre si no nos estamos pasando con el temita. Asunto peliagudo, el de la información post-mórtem. Ya se sabe aquello típico, que se produce en cualquier funeral (y todos lo hemos experimentado), cuando el sacerdote alaba las virtudes de una persona a quien no conocía, en una muestra de hipocresía galopante. Y tú estás allí, escuchando, y piensas: «¡Pero si era un hijoputa que puteó a todo el mundo mientras vivió!«. Pero mientras estemos en una sociedad políticamente correcta de «tragar y callar«, estoy seguro de que nadie tendrá los arrestos para levantarse en un funeral y exclamar: «¡Todo eso es mentira!«.
En la prensa (general o especializada, da igual) el género de las necrológicas (aparte de reflejar también esa tendencia a alabar todo lo bueno –sea cierto o no– y a omitir lo malo), ha caído en la decadencia. Dicen que hace años, en los periódicos norteamericanos, el tema se cuidaba especialmente y existían verdaderos expertos a la hora de escribir hagiografías. Pero en este país, la situación es otra. Yo tengo muy claro qué debe ser una necrológica, qué debe contar y quién debe escribirla.
Con la increíble fuente de saber (muchas veces erróneo) que supone internet, cualquiera puede glosar la vida y los milagros de cualquiera, sea un escritor, un músico, un científico o un deportista, aunque no haya leído sus libros, oído sus discos, estudiado sus teorías o presenciado sus marcas. A golpe de Wikipedia (o copiando los obituarios de Associated Press o cualquier otra agencia de noticias) de repente, y como por ciencia infusa, cualquiera se convierte en el mayor experto del fiambre.
Esto lleva a un replanteamiento del género de la necrológica: más allá de saber dónde nació el personaje, de qué ha muerto, en qué mes y año ha conseguido sus logros y otros detalles que, por abrumadores, acaban por aburrir, y que, encima, puede encontrar cualquiera, hay que aportar datos que nadie conozca o profundizar en lo que significó.
Según esto, solo podría escribir una necrológica alguien que conociera personalmente al difunto, el único capaz de aportar datos que no aparecen en la Wikipedia. Eso, a veces, es posible, pero no siempre. ¿Cuál es entonces la opción? Buscar a alguien que, aunque no fuera íntimo del personaje, sí conociera su obra, y pudiera explicar subjetivamente (y esa es la gran diferencia respecto a las necrológicas actuales, perdidas en fechas y números inútiles pero, eso sí, muuuuy objetivos) lo que significó para él y cómo afectó a su vida.
Lo mejor será poner un ejemplo. Si muere, por decir algo, un pianista de blues de Nueva Orleans, no le encargues el obituario a un periodista todo terreno que te escribiría sobre cualquiera y te reproducirá los mismos detalles que aparecerán en todas partes, porque eso será un artículo frío, sin vida: eso sí, con muchas fechas, títulos de canciones y de álbumes e infinidad de detalles que a pocos interesan (solo a quienes padezcan un TOC) y que pronto se olvidan (a veces tengo la sensación de que de algunos personajes se escribe más cuando han muerto que cuando están vivos; qué raro, ¿no?). En ese caso, tienes dos opciones (descartamos ya la de alguien que le conoció personalmente): o le encargas la necrológica a un periodista que conoce la obra del finado (vamos, que seguía toda su discografía, por rara que fuera), o a un músico que se vio muy influido por el personaje. En ambos casos, contarán cómo les afectó personalmente la música del homenajeado, con lo que sus artículos serán más apasionados. ¿Que les faltan fechas? ¿Y qué? El día que muera Clint Eastwood, a un fan de sus películas lo que realmente le interesará es que alguien le cuente cosas que no sabía o qué sentimientos le provocaba; le importará un comino qué año dirigió «Sin perdón» o si «Los puentes de Madison» se basaba en una novela. A eso deberían tender las necrológicas.

Volvamos al caso de Steve Jobs. Por desgracia, yo no lo conocí personalmente (ni tampoco a Bill Gates, cosa que también me encantaría), pero –y supongo que como miles, millones de personas en el mundo– sí he disfrutado de sus creaciones. Esa simple experiencia (la mía y, repito, la de los miles de usuarios de Apple) me permite (nos permite) hablar de Jobs con más propiedad que el típico redactorcillo que se limita a copiar fechas y datos y a escupirlos de forma mecánica.

He contado en anteriores ocasiones que mi «ingreso» en la informática fue tardío, tras malas experiencias previas con inventos diabólicos como el Amstrad (supuestamente un ordenador; en la realidad, una máquina de escribir que te quemaba la vista con sus letras verde fosforito). Mi primer contacto con un Mac (en aquella época los llamábamos con el nombre completo, Macintosh) fue cuando trabajé como becario en el diario Avui, allá por 1985. Recuerdo que era uno de esos modelos primitivos, con pantalla cuadrada y pequeña.
No volvería a ver otro hasta 1990, cuando empecé a trabajar en otro periódico, el desaparecido ‘Las Noticias, y allí mi relación con el Mac fue más estrecha, ya que gracias a un (en ese momento) avanzado sistema los redactores podíamos escribir y maquetar el texto. Llegados a este punto, supongo que muchos pensarán que me convertí en un loco de Apple. Pues no, ya que, por el contrario, caí en las redes de la competencia y me convertí en un pecero irreductible, otro esclavo más de la secta Windows. Esto tiene una explicación técnica: en esa época, tener un Mac a nivel de usuario doméstico era poco más o menos una proeza, por las dificultades añadidas que tenía: se encontraban pocos programas, las conexiones a internet no estaban preparadas para su configuración, no abundaban las tiendas
Naturalmente, Apple no solo es Mac, y tendríamos que hablar del iPod, el iPhone, el iPad El primero nunca llegué a tenerlo: nunca he sido de llevar música encima (ni en la época de los horribles walkman, ni de los pesados discman). Pienso que, como se dice vulgarmente, hay que salir de casa meado; dicho de otro modo, la música es para escuchar en casa, no en el metro ni corriendo, por mucho que quieras ir de místico a lo Murakami.
En cambio, hace poco más de un año caí en la tentación del iPhone. Yo, que era un usuario a muerte de los Motorola (y, atención, siempre de los modelos de concha o tapa, un recuerdo subliminal de los intercomunicadores de «Star Trek«)  y renegaba de las pantallas táctiles y todo eso, ahora no podría vivir sin mi iPhone. Es mi sueño hecho realidad, con todas las aplicaciones que siempre he deseado, por tontas que parezcan: ¿Cuántas veces has estado en un bar y has oído una canción y venderías a tu madre por saber el título? ¿Cuántas veces te has encontrado perdido en una calle de otra ciudad preguntándote dónde puedes encontrar una farmacia? Ahora tienes todas esas respuestas, y muchas más.
¿Y el iPad? Bueno, eso, al igual que el iMac con pantallón para mi casa, tendrá que esperar a que me toque la lotería, porque de otro modo lo veo difícil. Y estoy seguro de que (lamentablemente ya sin Steve Jobs) Apple seguirá sacando iCosas de todo tipo, siempre útiles y estéticamente bellas (el diseño es una de las grandes bazas de la marca). Y uno, como si fuera Batman con sus bat-artilugios, se sentirá un superhéroe de la tecnología.

Todo eso, gracias a Steve.

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«Treme»: Tell It Like It Is (y 6)

“Inside Treme”: las interioridades de la serie

Como todas las series (de éxito masivo o de culto) que se precien, Treme cuenta en internet con una nutrida selección de páginas y blogs dedicadas, destripando y analizando sus capítulos y sus personajes y el realismo de su retrato del Nueva Orleans post-Katrina.

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