
El cantante californiano actuó en Barcelona el pasado 27 de junio, un día después de cumplir los 70 años. ¿Ofreció un espectáculo perfecto? Por supuesto, eso nadie lo cuestiona. Pero ¿podría considerarlo como lo que yo hubiera soñado y deseado en un mundo ideal? No del todo. Te explico por qué en esta inusual crítica que tal vez no esperabas leer.
Que sí, que no hay ninguna duda: Chris Isaak es un jefazo, una leyenda y todos los adjetivos elogiosos que le quieras dar. Pocos artistas vivos representan tan bien el espíritu inmortal del rock’n’roll clásico, el de Elvis Presley, Roy Orbison, Ricky Nelson, Duane Eddy y un largo etcétera, encarnado en un personaje que sabe lo que es entretener, el showman total. Nadie lo niega.
¿Nadie? Bueno, tal vez él mismo, al menos en la primera entrevista que le hice en 1991: “Si me comparan a ellos es realmente duro para mí, porque esos tipos son muy buenos, son leyendas. No creo que pueda estar entre ese grupo: no canto tan bien como Roy o Elvis, y mi música tampoco es como lo suya. Para mí el símil es agradable, pero también es ridículo”.
Con todo, ha conseguido crear un sonido característico, sobre todo gracias a contar en gran parte de sus álbumes con el mismo batería (Kenney Dale Johnson), el mismo bajista (Rowland Salley), el mismo guitarrista (el fallecido Jimmy Wilsey, después sustituido por Hershel Yatovitz), y posteriormente, el mismo teclista (Scott Plunkett), además del mismo productor (Erik Jacobsen) en siete de ellos.
El tema de la edad ya empieza a cansarme: ¿por qué no decimos lo mismo al hablar de Bruce Springsteen (76 tacos, y cada vez más parecido a Woody Allen)? Que Chris tiene arrugas, vale, lo compro. Pero su estado físico a los 70 es excepcional y, lo que más importa, su voz sigue incólume, capaz de alargar las notas de manera imposible y de jugar con esos agudos tan característicos.
Luego está el asunto de las versiones: si repasamos su discografía comprobamos que en la mayoría de sus discos es autor o coautor de todas las composiciones. Hay excepciones, pero son pocas: el Heart Full of Soul (Yardbirds) en Chris Isaak (1987), el Diddley Daddy (Bo Diddley) en la edición CD de Heart Shaped World (1989) y el Solitary Man (Neil Diamond) en San Francisco Days (1993).

Solo en álbumes especiales encontramos un repertorio plagado de adaptaciones: en Baja Sessions (1996), en los navideños Christmas (2004) y Everybody Knows It’s Christmas (2022) y, sobre todo, en Beyond the Sun (2011), una colección de covers de artistas de Sun Records como Elvis, Johnny Cash, Orbison, Carl Perkins, Howlin’ Wolf y Jerry Lee Lewis.
En esa primera entrevista, le pregunté al de Stockton por qué no incluía más versiones en sus álbumes. Su respuesta, clara y diáfana: “Dejadme que os lo cuente, estoy aquí para hacerlo. La razón por la cual no las incluyo en mis discos es porque no me pagan por ellas, solo me pagan por las que yo compongo. ¿Qué os parece?”.
¿Por qué te cuento todo esto? Porque el californiano tiene tantas canciones excelentes que ya pueden considerarse clásicas: por ejemplo, y por citar solo dos, Forever Blue suena más Elvis que el propio Elvis, y la cinematográfica Wicked Game ha sido objeto de acertadas reinterpretaciones (entre ellas, la del grupo barcelonés Blueroomess o la reciente de Social Distortion).
Eso significa que Chris podría llenar un concierto solo con sus propias composiciones, esas que lo convirtieron en el crooner de las baladas tristes. Pero, claro, él es mucho más que eso, como me explicó en nuestro segundo encuentro en 1993: “Mi música es bastante seria, y no puedes hacer todo un show así, no sería divertido. Así que hay algunas baladas y también canciones para bailar”.
No seas impaciente: ahora llegamos a su reciente concierto del 27 de junio en Paral·lel 62, el cuarto ofrecido en Barcelona. Su impresionante debut en la Ciudad Condal fue el 18 de septiembre de 1995 en Chic Studio (en el mismo espacio que hoy ocupa Paral·lel 62). No volvería hasta el 30 de junio de 2010 en L’Auditori, y después el 12 de julio de 2023 en el Poble Español.
De sus cuatro conciertos, he visto el primero (explosivo, como contaré después), el segundo (del que guardo muy buenos recuerdos… ¿tal vez por el featuring final de Flowers?) y este cuarto. Me negué a asistir al tercero, porque los precios eran abusivos y no quería verme rodeado de un montón de pijos que van a aparentar (lo programaba el festival Alma, los mismos del de Jardins de Pedralbes).

Si comparamos los conciertos de 2010 y 2026, a pesar de los dieciséis años transcurridos, vemos que no hay grandes cambios. Así, no faltan las piedras angulares de su repertorio: Blue Hotel, Somebody’s Cryin’, Speak of the Devil, Two Hearts, San Francisco Days, Big Wide Wonderful World, Baby Did A Bad Bad Thing, Wicked Game, Dancin’, Forever Blue, Blue Spanish Sky y muchas muchas más.
Los artistas homenajeados son los mismos: Elvis Presley, cómo no (aunque ha pasado de Love Me Tender a Can’t Help Fallin’ In Love), Roy Orbison (Oh Pretty Woman, para mí la peor), James Brown (espléndida I’ll Go Crazy) y Flaco Jiménez (en el escenario tenía la letra de La tumba será el final, aunque no llegó a interpretarla).
También encontramos la misma rutina de las bromas con la banda, las coreografías con las guitarras al estilo de Los Straitjackets, los paseos entre el público micro en mano y el cambio de trajes (con el ya famoso forrado con cristales a lo bola de discoteca). Vamos, lo que decía antes, un maestro del entertainment que domina las tablas a la perfección.
¿Y la banda? De los Silvertone originales solo queda el bajista, Rowland Salley —¡más de cuarenta años juntos, lo que se nota en su complicidad!—, quien tiene su merecido momento de gloria al interpretar su tema Killin’ the Blues —del álbum del mismo título de 2005—, versionado entre otros por Robert Plant & Alison Krauss, John Prine y Shawn Colvin; ahí es nada.
El batería Chris Powell, conocido en la escena country y americana de Nashville, ha participado en grabaciones de Shooter Jennings, Sturgill Simpson, Lukas Nelson, Kristin Diable y The War and Treaty. Es un músico muy efectivo, aunque se echa de menos la simpatía de Kenney Dale Johnson, un Moranco con botas de piel de serpiente que ahora lucha contra el cáncer.
Mención especial para JD Simo, un guitarrista de Nashville (nacido en Chicago) descrito así en su Bandcamp: “Es como una cruzada de un solo hombre dedicada a mantener la música auténtica, cruda y honesta”. Colaborador de Luther Dickinson —con él tiene un LP conjunto, Do The Rump! (2024)—, ha grabado varios discos. Su versatilidad —toca slide— lo convierte en un gran activo.

Siento decirlo, pero el que me parece más flojo es Mike Webb (teclados y acordeón), componente del grupo de Nashville Cimarron 615 (escisión de Poco, banda de la que formó parte). Aunque en temas como Wicked Game cumple muy bien con ese colchón atmosférico, en otros le falta chicha, y como acordeonista no es Flaco Jiménez. Eso sí, en I’ll Go Crazy se sale con el solo de órgano.
¿Mis momentos preferidos? Wicked Game —inevitable en un fan de Lynch como yo—, el elvisiano Forever Blue, el intenso Speak of the Devil, el trepidante I Want Your Love (con la danza de Simo y Salley), el clásico Blue Hotel, el blues Big Wide Wonderful World y el turbio Baby Did A Bad Bad Thing (con ese símil de la casita de Bad Bunny con cuerpos de todo tipo y edad y el guiño a James Bond).
Entre las versiones, sin duda escojo I’ll Go Crazy (a pesar de las irónicas palabras de Chris: “Alguno pensará que voy a arruinarla”). Y si hablamos de adaptaciones, una de las cosas que más me frustró del concierto son esos coitus interruptus al empezar una estrofa de una canción, dejarla porque “es demasiado triste” y seguir con otra.
Esto pasó, por ejemplo, con That Old Lucky Sun (popularizada por, entre otros, Jerry Lee Lewis), para interpretar a continuación la propia The Way Things Really Are, un tremendo baladón country de manual que exigía a gritos el acompañamiento lánguido de una pedal steel.
Llegados a este punto te preguntarás si el bolo me gustó. Sí, sin duda. Volví a salir con la impresión de que si Elvis estuviera vivo y no se hubiera convertido en un pelele, ofrecería shows como este. Pero, como decía al principio, no fue mi concierto soñado de Chris Isaak. Entonces ¿cómo lo mejoraría? Y aquí empieza la ciencia ficción…
En primer lugar, haría algunos retoques en la banda: sustituiría al teclista por uno que sonara más a rock’n’roll, a boogie-woogie si me apuras, tipo Jerry Dale McFadden (The Mavericks). Incorporaría a un pedal steel y, sobre todo, a un saxofonista salvaje. Eso supondría cambios en los arreglos para que las canciones no sonaran tan iguales como en los discos, algo que odio bastante.

Además de algunos (no todos) de los hits que interpreta en la actualidad (y desde hace lustros), recuperaría otras canciones menos conocidas de su repertorio, pero con más enjundia, como Voodoo, Gone Ridin’, In the Heat of the Jungle, Tears, Wild Love o la mismísima Western Stars.
En cuanto a las versiones, también haría bastantes cambios. Siento decirlo, pero el público siempre tiene la puta manía de querer escuchar hits, de esos que te sangran los oídos después de oírlos un millón de veces en películas y anuncios (sí, estoy hablando de Oh Pretty Woman, por ejemplo).
En cambio, yo optaría por canciones algo menos conocidas, pero no por ello peores. Solo con que recurriera al repertorio de Beyond the Sun (sobre todo de la Deluxe Edition con un disco extra) ya tendría suficiente: Love Me (Elvis), Everybody’s in the Mood (Howlin’ Wolf), Dixie Fried (Carl Perkins), Ring of Fire (Johnny Cash), Crazy Arms (Jerry Lee Lewis)…
Aún hay más: ¿por qué Chris ha erradicado de sus directos las adaptaciones salvajes de Caldonia (Louis Jordan), Bonnie B (Jerry Lee Lewis), Pablo Picasso (The Modern Lovers), Diddley Daddy, Wild Thing (The Troggs), Baby, Please Don’t Go (Them) e incluso Misty (Erroll Garner)? Es curioso recuperar bootlegs de finales de los ochenta y primeros noventa donde incluía estas y otras versiones.
El culmen de sus covers en directo era un mash up, Jack the Ripper and Co., en el que incluía fragmentos de Jack the Ripper (Link Wray), California Sun (Joe Jones), Delilah (Tom Jones), Spinning Wheel (Blood, Sweet & Tears) y Wooly Bully (Sam the Sham & the Pharaohs), entre otras, para contar en poco más de diez minutos la historia del rock’n’roll.
Otra idea que me encantaría es que, de la misma manera que hace un set más o menos unplugged con taburetes y acústica, dedicara otro a su mentor cinematográfico David Lynch. En él incluiría no solo canciones propias como Wicked Game, sino versiones de otras melodías del universo sonoro del malogrado director norteamericano que le pegarían como anillo al dedo.

Así, sería un placer escuchar sus adaptaciones de Blue Velvet (Bobby Vinton), In Dreams (Roy Orbison), Love Letters (Ketty Lester), Be-Bop A Lula (Gene Vincent), Love Me, I Put A Spell In You (Screamin’ Jay Hawkins), Viva Las Vegas (Elvis), Baby Please Don’t Go e incluso, si me apuras, In Heaven (Laurel Near), Llorando (Orbison vía Rebekah Del Río) y Mississippi (The Cactus Blossoms).
Claro, después de leer todo esto me doy cuenta de que, tal vez, lo que se acerca más a mi concierto ideal de Chris Isaak fue su debut en Barcelona en 1995. A saber: cien minutos sin tregua, con una banda integrada por el excelente Hershel Yatovitz a la guitarra —tanto en pasajes lánguidos como en rhythm’n’blues, twang, country o rock’n’roll descarrilado— y los habituales Salley y Johnson.
Pero el rey de la función era sin duda el incendiario saxofonista (y también teclista) Johnny Reno, con quien Isaak bromeaba continuamente, y al que sus compañeros de banda presentaban con ráfagas instrumentales de funk y rhythm’n’blues. En los bises, el enérgico músico de Texas acabó tocando entre el público.
En el setlist alternaron canciones antiguas (Western Stars) con hits (Wicked Game), temas de su recién editado álbum —Forever Blue (1995)— como el brillante Baby Did A Bad Bad Thing y, claro está, versiones (Diddley Daddy y La tumba será el final, entre otras). El californiano también tuvo sus momentos acústicos cercanos al country solo con su guitarra.
Con ese concierto —el mejor del género desde el de los Blasters de 1987— quedó claro: Chris Isaak podía limitarse a interpretar sus melodías lánguidas y funcionaría a la perfección. Pero, además, sobre el escenario se desdoblaba como una bestia del rock’n’roll de los cincuenta más descarnado y con tintes afroamericanos no apto para remilgados, una faceta difícil de atisbar en sus grabaciones.
¿Podría volver a ofrecer espectáculos de ese tipo? Supongo que sí; la energía la tiene. Pero tal vez su público, el que lo descubrió a finales de los ochenta y principios de los noventa, ya no está para tantos trotes y prefiere los hits interpretados de forma inmaculada como suenan en los discos, y le disgusta escuchar canciones menos conocidas, aunque formen parte de la historia más rica del rock’n’roll.
(Gracias a Marina Tomàs por sus excelentes fotos y a Jorge Ortega de Ruta 66)
